SuprAdalid 42 . Encuentros
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42 . Encuentros

Encuentros

Mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Había pasado de ser el ahijado de la doctora Christelle Vega a convertirme en su némesis, por lo menos, desde su perspectiva.

No parecía posible volver a lo de antes.

Y, en cierto modo, mi vida anterior me gustaba.

Con los doctores Vega podía implicarme en proyectos impensables y hacer avanzar la ciencia.

Mantenía mi cerebro artificial ocupado con desafíos científicos de primer nivel y había un componente de riesgo que le otorgaba a todo cierto aire de aventura.

Sí, me gustaba esa vida. Ahora ya no tenía sentido.

La doctora Vega no volvería a confiar en mí.

Lo bueno era que sólo necesitaba que se fiara de mí una última vez.

Después de haberla encerrado en el gimnasio de los laboratorios (con el mocoso de su padre y el becario más soso del sistema solar), haberme convertido en Shuriken sin habérselo consultado y, para colmo, asociarme con el Prelado (nada menos), no ayudaba haberla mantenido encerrada hasta encontrar las palabras oportunas que nos permitieran alcanzar alguna suerte de acuerdo.

No las hallé, porque estoy más cerca de ser una máquina que un ser vivo y, por ello, los doctores Vega habían estado meses encerrados.

Los atendí con gusto, tal y como haría un mayordomo inglés de la anterior realidad, avalonés en la nueva.

Incluso me las ingenié para ampliar sus estancias-prisión mediante el uso de tarjetas de acceso.

Salvo en el laboratorio principal, donde estaba el portal-A, y en las salas médicas, en una de las cuales descansaba mi cuerpo original, podían hacer vida por el resto de las instalaciones.

No me lo agradecieron.

Cada vez que me personaba en el gimnasio para convencer a mi creadora de que aún podíamos obtener beneficios mutuos colaborando entre nosotros, me resultaba imposible empezar siquiera a hablar. Y cada día era más difícil que el anterior.

Entonces, se me presentó otro momento ideal. Otra ventana de oportunidad que no podía dejar pasar. Y volví a intentarlo.

—Cuéntame tu plan, tostadora traidora. —El tono de mi creadora seguía siendo tan propio de una arpía furiosa y resentida como cabía esperar.

Se lo resumí.

En esos días se había estrenado en una de las plataformas de streaming un documental increíblemente sensacionalista (por raro que parezca, no subvencionado por el Ministerio de Arte y Educación) titulado Decurión, un nuevo poder revelado al mundo , dirigido por un realizador de efectistas películas supermillonarias llamado Cody Riggs, donde se hablaba del líder de Facción Zero y de su misión como si de la venida del segundo hijo de Dios se tratara.

Este documental era tan complaciente que parecía escrito y producido por el propio Decurión, pero, al parecer, no era así. Ante esto, Julek Diamandis respondió ofreciéndose a aportar una verdadera visión de sí mismo y del mundo que nos rodeaba, contada con absoluta franqueza.

Su proyecto no era otro que el de conceder una serie de entrevistas a un único periodista, perteneciente a un medio independiente (nada de radio pública ni de televisión), que se encargaría de ofrecer las que se habían dado en llamar reinas madres de todas las entrevistas.

En ellas, Diamandis estaba dispuesto a quitarse no sólo la máscara de Decurión, sino todas las que pudiera llevar una persona a lo largo de su vida.

Pretendía contar hasta el último de sus secretos inconfesables y hacer revelaciones tan epatantes que cambiarían la concepción del mundo y lo que sabíamos sobre él.

Había prometido todo eso y más. Según se estaba promocionando en los canales oficiales del Supragobierno, el mandatario prometía ir más allá de las teorías de la conspiración y descubrir verdades impactantes que sólo él podía hacer oficiales.

Y, cuando todo el mundo conociera esas oscuras verdades, se iniciaría una nueva era de honestidad y franqueza, la unión, según sus propias palabras, del gobernante y el gobernado. Todos juntitos de la mano y tralarí y tralará, hacia un mundo mejor.

Los humanos y sus excentricidades.

De hecho, el propio Decurión había condenado públicamente el documental con terminología que incluía «basura» y «pretenciosa» como palabras más remarcables, ya que la visión exageradamente prodigiosa que se mostraba de él, según su opinión, era menos importante que la cara que ahora tenía la oportunidad de mostrar en público: la del hombre, Julek Diamandis, no la del suprAdalid ni la del presidente.

Todavía no se había elegido el canal donde se publicarían las grabaciones de las entrevistas, pero se había extendido el rumor de que no se escogería a un cloudtuber , tal y como se estaba presuponiendo en todas partes, sino a un podcaster .

Según parecía, imperaba el mensaje, no el envoltorio del mismo, y no había nada más auténtico que el formato audio, donde un rostro bello y unos músculos hiperdesarrollados no podían maquillar en modo alguno las declaraciones expresadas delante del micrófono.

Y ese podcaster debía ser uno de nosotros.

El propio Zephros aplaudió la idea. Nuestro nuevo y sorprendente aliado, el doctor Ottosson, resultaba vital para los planes que teníamos.

La anterior personalidad pusilánime del psiquiatra había quedado apartada para que el arcaico Enlil-Karesh se enseñorease con todo su esplendor de aquel cuerpo, dándole a su aspecto un aire mucho más carismático, con mejores elecciones de atuendo y nuevo peinado.

La idea era que Ottosson se sirviera de los quinientos mil durmientes para inducir en la población mundial la idea de que un joven generador de contenido llevaba varios años ofreciendo los mejores pódcasts de entrevistas.

La ligerísima sobrescritura de la realidad aplicaría un efecto de retroacción añadiendo un lustro de experiencia en la podcastfera internacional.

Además, podía ser un canal especializado en noticias de suprAdalides.

Así que lo ideamos todo para que así fuera.

Era el medio idóneo para esas entrevistas que el presidente Diamandis pretendía regalar al mundo.

La mejor opción. Y, por si el Supragobierno valoraba otras ideas, el doctor Ulf Ottosson, por seguir llamándole así, podría ingresar en la mente de la persona de la administración encargada de seleccionar el canal para obligarla psíquicamente a que eligiera nuestro medio.

Sólo nos hacía falta un chico joven y de buen aspecto, un tanto alocado y con cierta chispa.

Y, en los meses que llevaba encerrado, el cuerpo infantil del doctor Lornias Vega, que crecía a pasos agigantados, había alcanzado el aspecto de un muchacho de doce años.

Así que, si calculábamos bien los días que serían necesarios para tratar con los miembros del departamento gubernamental de relaciones públicas y negociar el cómo, el cuándo y el porqué de las entrevistas, iríamos dando tiempo al cuerpo clonado del doctor Vega para que alcanzara la edad razonable.

Al paso que llevaba, para cuando se efectuaran las entrevistas aparentaría unos diecinueve o veinte años, edad más que suficiente para haberse convertido en un influencer juvenil con un puñado de millones de seguidores.

La ciencia y la telepatía combinadas obrarían milagros.

—¿Y por qué iba yo a prestarme a ser vuestro podcaster famoso? —preguntó el doctor Vega, con su actual aspecto de doceañero, una vez escuchó mi resumen del plan.

No teníamos ropa para un crío de su edad, así que había pasado de andar por ahí desnudo a ponerse la ropa que le sobraba a su hija y arremangársela o ajustársela con cinta americana.

Podía diseñar un carricoche con motores antigravitatorios, pero no sabía ni coserse un jersey.

Y su hija, tampoco. Lo que nos obligaba a contemplarle con su aspecto de mamarracho preadolescente.

Por supuesto, tanto Ottosson como yo podíamos salir de las instalaciones (sitas en el distrito Jade de Odeon, antaño la ciudad de Chandelys, antes de que la inmensa capital de Eurotania la asumiera como un virus) y hacer compras.

Acordamos adquirir lo justo para vivir y los materiales necesarios para nuestros gadgets y diferentes ingenios tecnológicos, así como ropa para el chico, pero no íbamos a salir al exterior expresamente para eso, de manera que tendría que apañarse con lo que había hasta el siguiente avituallamiento.

—Has de ser tú —le respondí al doctor Vega— porque eres el que tiene o, mejor dicho, tendrá la edad idónea para el papel.

—No colaboraré contigo a no ser que me des privilegios.

—Podemos rescatar al profesor Xanthopoulos. Con eso debería bastar.

Tras oírme decir aquello, mi creadora se aproximó al cristal irrompible que servía de pared de gimnasio.

La doctora Vega había pasado de hacer gala de gran orgullo y vehemencia a derretirse cada vez que oía mencionar el nombre de su marido.

Yo agradecía no escuchar aquellos tonos de voz cargados de veneno y no tener que sostener sus miradas aviesas, pero me apenaba contemplar sus expresiones lastimeras y melancólicas en cuanto abordábamos la cuestión.

En Eurotania ninguna esposa adoptaba el apellido del marido, pero yo creo que a ella le habría encantado hacerlo.

—Dime quién es, Andros. Sé que es alguien famoso. Dímelo y te prometo que mi padre y yo haremos lo que sea necesario.

—¿Y qué hay del perdón?

Ella se tapó los ojos con una mano y se dio la vuelta para que no la viera llorar.

—¡Te perdonaré! ¡Maldita sea, te perdonaré! Si eso es lo que quieres. —Entonces se giró y volvió toda aquella rabia a sus ojos enrojecidos—. ¡Dímelo!

[Qué más da, hombre, díselo.]