40. Es lo que hay #3
El viaje supera varias veces la velocidad del sonido, no da mucho que reportar.
El estruendo mayúsculo al introducirse dentro de la tierra y entrar a la fuerza en el interior de las instalaciones secretas subterráneas tampoco merece un informe detallado.
Algo más reveladores son los sonidos de los disparos de los fusiles de asalto de los soldados del búnker, así como los de rayos de plasma de Decurión, golpes fortísimos y ruidos que sólo pueden definirse como «viscosamente crujientes».
Llegado cierto punto, el presidente Diamandis exige la rendición de todas las fuerzas armadas allí presentes.
Se le obedece. Promete que sólo desea hablar, que viene en son de paz y que será escuchado.
Lo deja bien claro: será escuchado. El idioma es el mismo y él habla con una voz alta y clara, como deben sonar los seres superiores cuando se dirigen a los inferiores.
Finalmente, se le conduce a las habitaciones del presidente y los miembros del Servicio Secreto abren las puertas dobles de dos planos de grosor, obligando a su gobernante a prestarse al diálogo. Todo esto se puede oír perfectamente a través del micrófono abierto.
La conversación de presidente a presidente es la siguiente:
—Señor Smith-Johson, está agotando mi paciencia.
—Lo siento. Me obligaron a hacerlo, yo…
—No es verdad.
—Le juro que yo no quería lanzar esa cosa. Fueron esos generales…
—No siga con esto, señor presidente. Sé que está mintiendo.
Lo sé. Ahora ya nadie puede mentirme. Si lo vuelve a hacer…
, no tendremos más que decirnos. Y le garantizo que le conviene seguir dialogando conmigo.
Cuando dejemos de hablar, sólo actuaremos.
Y me consta que usted no quiere ver lo que puedo hacer.
(Hay un momento de pausa, tras el cual el presidente estadounidense adopta un tono altivo y orgulloso.)
—¿Está amenazándome? ¿Aquí? ¡No voy a consentirlo!
—Por favor, señor Smith-Johnson, deje de hacer el ridículo.
No puede hacer nada. Debe de ser frustrante, para su país, para usted, no poder hacer nada.
Sin embargo, es la realidad que deben aceptar.
El tiempo de ustedes se acabó. No estamos aquí para ponernos bajo su mando.
Les está costando entenderlo, por lo que veo.
No pasa nada, lo entenderán. De un modo u otro, lo harán.
Si necesitan ver ciudades arrasadas, destrucción a un nivel jamás concebido hasta la fecha, entonces tendrán todo eso.
Deberán pedirlo a gritos porque no está en nuestra disposición comportarnos de ese modo.
Eso sí, le juro que la próxima vez la respuesta será inmediata y tan desproporcionada como sea posible.
Si muerden la mano, nosotros los devoraremos de un bocado.
—Usted no me asusta.
—Vuelve a mentir. Ya nadie puede engañarme.
—¿Quién se ha creído que es? ¿Un dios?
—Es más importante lo que usted cree que soy. ¿Qué cree que soy? (El silencio se apodera del lugar y se prolonga durante varios segundos.) Exacto, señor presidente. Justamente eso.
—¿Cómo sabe lo que estaba pensando?
—Mire, señor Smith-Johnson, no toleraré más impertinencias, agresiones ni ningún otro movimiento o iniciativa que pueda perjudicarnos.
Si lo hacen…, no cumplirán los trescientos años.
¿Lo entiende? ¿Debo explicárselo con gráficos o enviarle un HowMuchApp a su hija pequeña para que se lo explique?
Escúcheme bien: si nos cabrea, teñiremos Estados Unidos de rojo.
Tras este diálogo, se oye un clamor de ruidos y sonidos tremendos que vienen a sugerir que Decurión está saliendo de allí por el mismo conducto que creó para entrar o practicando otra salida parecida.
Inmediatamente después, el líder de Facción Zero va directo a Beijing, supongo que para tener otra conversación con el bueno de Wang Wei, menos asustadizo que Smith-Johnson y mejor estratega político y, por ese motivo, más consciente de la situación y los riesgos.
A diferencia del anterior presidente, el mandatario chino sabe cuándo tumbar la pieza del rey en el ajedrez y estrechar la mano de su oponente, por mucho que queden muchas piezas sobre el tablero.
La clase de hombre que reconoce una partida perdida de antemano.
Ni que decir tiene que nadie habla de estas cumbres improvisadas. En lugar de eso, las redes sociales siguen echando chispas con la actuación de ayer de Maximum con La Aguja. Y ha empezado a producirse un nuevo tipo de tendencia.
Al parecer, en México, El Salvador y Canadá se están organizando grupos masivos para, cuando llegue la noche dentro de unas horas, salir en masa a las calles, asomarse a ventanas y balcones e iluminar el cielo con las linternas de sus móviles.
No es un movimiento organizado por los propios suprAdalides, como ocurrió en Eurotania, sino por la población civil.
La gente ruega a Decurión que los presida, que los salve de su gobierno obsoleto y arcaico, representado por personas sin poderes, con sus máscaras hechas de piel, sus uniformes de corrupción y sus capas de charlatanería.
A pesar de que las autoridades ya se han pronunciado al respecto de la ilegalidad del acto, habrá luces esta noche en el continente americano.
Y, con el pasar del tiempo, el movimiento de las Luminarias Democráticas, como lo han empezado a llamar, se podría extender al resto del mundo.
Una noche y otra y otra… hasta que los suprAdalides respondan.
Si el pueblo llano de esos países reclama el gobierno de los superhombres, ¿éstos lo tomarán?
Vivimos tiempos más que jodidamente interesantes.