40. Es lo que hay #2
—No, para nada. ¿Qué guerra podría nadie librar contra él?
No, agente Kim, no habrá ninguna guerra.
Lo que el gran Decurión declarará será la paz.
Una paz amenazante y tensa, una paz que dará más miedo que ninguna guerra.
Los niños han dejado de tirarse bolas de papel y subirse a los pupitres.
El profesor acaba de entrar en el aula y todos se van a sentar y a comportarse como es debido, porque este tipo duro es el director y tiene una buena regla de madera.
—Resoplé, agotado psicológicamente por todo aquello—.
Ese idiota de John James Smith-Johnson le ha dado un motivo para ponerse serio. Y se pondrá más serio que un infarto.
Los acontecimientos que estaban a punto de producirse servirían para demostrar hasta qué punto esta carrera estaba descompensada. Decurión llegaría a la meta al mismo tiempo que sonara el disparo de salida.
Sigmar surgió de la helinave como nuestro propio torpedo humano. Mi confianza en ella era total.
—Fabio —me dirigí a uno de los operadores de monitorización—, ponme con el presidente Diamandis, ¿quieres?
—Enseguida, señor superintendente.
Me pasó la llamada al aparato que tenía colocado en el oído.
Debo admitir que una parte de mí habría asistido de buena gana a la caída de los suprahumanos.
El simple hecho de verificar si Decurión dejaba de ser lo que era suponía un experimento tan importante como para permitir que una guerra internacional total se librara, como pago.
Yo habría pagado por ello. Si opté por servir a mi país y rechazar el ataque fue por la certeza de que, sin suprahumanos, Eurotania perdería. No a corto plazo, pero lo haría.
A pesar de todo, Estados Unidos me había dado una idea. Una a futuro, muy interesante.
—¿Grimaux? —La voz de Decurión sonó en mi auricular.
No tenía la menor intención de ser protocolario. Sería todo lo parco en palabras que pudiera.
—Diamandis, Smith-Johnson nos ha lanzado la bomba antisupra.
—Él no dijo nada en varios segundos, así que aproveché el turno de palabra que me concedía—.
Aprovechando que la suprAdalid Sigmar se encontraba en nuestras instalaciones, ella misma se ha lanzado contra el proyectil.
Confiamos en que lo intercepte y lo anule en los próximos minutos.
—Bien —se limitó a decir.
—Nos declaran la guerra.
Escuché cómo empezaba a dar instrucciones con el teléfono alejado de la boca. Incluso en la base de Ultraguardianes, el que mandaba seguía siendo él. Decurión mandaba en cualquier lugar del mundo.
—Es posible que no —dijo, cuando se acordó de que estaba hablando por teléfono conmigo.
—Nos acaban de atacar, Diamandis. ¿Qué vas a hacer? ¿Nada?
—Nada, no —aclaró—. Hablar. Después de haber sufrido un ataque claro de otra potencia, puede que sea el primer presidente que lo haga.
Caminé por la pasarela de mi balconada de control.
Dos operarios estaban registrando la conversación y revisando el audio mientras se producía.
Con un par de indicaciones tácticas efectuadas con una mano, uno de ellos dirigió las lentes de un satélite hacia la base de Zuidmeren y conectó el sistema de zoom fotónico que atravesaba paredes.
En cuestión de unos segundos tendría la visión de Decurión y sus amigos, en lugar de sólo su voz en mis oídos.
—¿Hablar? —pregunté, realmente intrigado—. Me gustaría tener registro de la conversación.
—Tu equipo y tú sabéis orientar los Pretor-11 mejor que nadie.
—Por no decir que éramos los únicos que podíamos hacerlo, pero no quise interrumpir a Diamandis—.
Si quieres escuchar las conversaciones de paz que voy a mantener, hazlo.
Sólo me gustaría pedirte una cosa. ¿Es posible que la gente no se entere de esto?
Quiero decir, si lo mantenemos en secreto, ¿alguien fuera del Supragobierno y el Espolón lo sabría?
Cuando recibimos señal del cuartel general de Ultraguardianes a través de una pantalla, visualizamos a Decurión andando por una gran sala llena de enmascarados, con su uniforme de suprAdalid, sin máscara ni guantes.
Llevé la imagen a mi propia consola de mandos y una pantalla opaca surgió delante de mí.
—Si lo hacemos bien —respondí—, no lo sabrá nadie. A no ser que JJSJ lo hiciera público utilizando la prensa estadounidense, cosa que dudo muchísimo.
Entonces Decurión miró a cámara, por decirlo así.
Algo imposible, pues lo que él debería estar viendo era el techo de aquellas instalaciones.
Era imposible incluso en el supuesto de que estuviera en un espacio abierto, tampoco así podría ver el satélite que lo apuntaba desde la órbita.
Era como si lo supiera… porque los dos operadores que supervisaban la observación y yo lo sabíamos.
Diamandis siguió atravesándonos con la mirada a través de los monitores.
—Tú y yo podemos hacer un buen equipo, Grimaux. Tú eres el dios observador, lo ves todo, ni un pecado se te escapa —estaba a punto de decirle que aún no habíamos localizado a Portalus cuando él mismo se adelantó al comentario— y confío en que encuentres a Portalus. Después. No tengo ninguna prisa.
—Si yo soy los ojos de Dios…, entonces, cabría preguntarse qué papel desempeñas tú en…
—Soy su ira —me interrumpió.
En ese instante, un técnico que se encontraba en otro punto de la gran sala alzó la mano para informar de que Sigmar ya había interceptado el misil en aguas internacionales.
Los suprahumanos lo hacían todo más rápido, más limpio y mejor que nadie.
Si algún día se proponían destruir el mundo, era posible que ninguno de los individuos normales siquiera nos percatáramos.
—Estoy viéndote ahora mismo —confesé, no muy seguro de por qué lo hice.
—Lo sé.
Mi corazón aceleró sus pulsaciones. Me llevé un dedo al auricular del oído y subí un tanto el volumen.
—¿Y cómo es posible que lo sepas?
El rostro que registró el satélite fue el de un hombre apacible, sereno y tranquilo.
Un padre que acariciaba el cabello húmedo de su hijo pequeño tras haber fallado un penalti decisivo.
«Todo está bien, Gilbert, sigo orgulloso de ti.
» Las palabras llegaron a mi mente desde tiempos remotos.
¿Cómo era posible que Julek Diamandis tuviera la misma expresión de mi padre aquella lluviosa tarde?
Hacía años que no recordaba aquello. La tanda de penaltis estaba bastante ajustada y yo me encargaba de lanzar el último.
Si marcaba, continuábamos con los lanzamientos; si fallaba, quedábamos eliminados.
Demasiada presión para un crío de doce años.
No había ni un ápice de maldad en la sonrisa del supuesto presidente; aun así, me heló la sangre cuando habló.
—Todo está bien, Gilbert, sigo orgulloso de ti.
Dejé caer al suelo mi controlador de la consola de mandos, retiré el auricular de mi oído y me quedé petrificado.
Me pregunté quién vigilaba a quién. Me pregunté quién le había otorgado tanto poder, cómo podía ser aquello posible. Y deduje que no sólo era poderoso en el mundo, era poderoso en nuestras cabezas. Decurión ya no tenía límites ni para eso.
Jamás me sentí más indefenso. No hay rival para alguien así. No se puede hacer nada. Como habría dicho algún adolescente a través de su canal de CloudTube: «Es lo que hay».
Realmente era Maximum.
Grabación con código GG7. Archivo digital F0039. Entrada 150325/0221.
Grabo estas palabras antes de irme a la cama, a sabiendas de que no voy a pegar ojo.
Lo ha hecho. No sé cómo localizó al presidente estadounidense, hacía tiempo que no pisaba el Despacho Oval. Por los informes que me han llegado de ciertos agentes del Espolón, podría ser que Gax hubiera ideado un ingenio localizador o que Diamandis mismo le haya localizado de otra manera.
El caso es que llegó a la base subterránea específica en cuestión de pocas horas, atravesando con su capacidad de vuelo todo el Atlántico, taladrando tres kilómetros de tierra y luego otros dos de hormigón armado de alta densidad, resquebrajando el acero reforzado del que estaban hechas las paredes del refugio antinuclear donde John James Smith-Johnson pasaba la mayor parte del tiempo desde hacía días.
Había lanzado la primera piedra y luego había corrido a esconderse bajo las faldas de mamá, pero nadie podía esconderse de Decurión.
Ni siquiera los Pretor-11 pueden captar con precisión qué pasa en esos búnkeres subterráneos (aunque, con ciertas reconfiguraciones, ni siquiera allí abajo ni en el mismísimo Infierno podrían escapar a nuestros ojos orbitales), por lo que, al menos esa vez, nos tuvimos que conformar con escuchar lo que Decurión permitió que llegara hasta nuestros altavoces tras haber dejado las comunicaciones abiertas.
Él quería que lo escucháramos todo y, en fin, así fue como pude efectuar la siguiente transcripción.