SuprAdalid 40. Es lo que hay
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40. Es lo que hay

Es lo que hay

Diario en audio de Gilbert Grimaux, superintendente del Espolón.

Vivimos los tiempos más interesantes que se puedan concebir. El día de hoy empezó como cualquier otro y ha acabado siendo una jornada histórica.

Hacia el mediodía se filtró a la prensa que el fundador de Industrias Walker, el arruinado y del todo olvidado Bradley Walker, muerto hacía sólo unos días, había sido en realidad Obscuromante.

¿Quién lo habría pensado? El secreto se lo podría haber llevado a la tumba, nunca mejor dicho, pero unos diarios escritos de su puño y letra lo desvelaban todo, incluyendo su guarida secreta subterránea, construida bajo el panteón de la familia Pennicott, donde se encontraron sus instrumentos de trabajo como vigilante y varias versiones de su sombrío uniforme.

Y debería haber sido la noticia del día, pero entonces ocurrió lo de La Aguja y todo el mundo lo olvidó por segunda vez y se centró en el inmenso espectáculo de ver a un hombre salvar la ciudad más grande que existe en la actualidad del impacto brutal de un edificio de quince mil metros de altura y trescientos millones de toneladas métricas.

Sigmar me puso a salvo de inmediato y pude verlo todo desde las ventanillas de un Skyzenith. Y no me lo podía creer o, mejor dicho, me lo tenía que creer porque estaba pasando y era indiscutiblemente real…, aunque, de no haberlo visto, no lo habría creído.

Para cuando Decurión posó el edificio en el suelo, clavándolo en tierra como una vela sobre una tarta, todo el mundo fue desalojado, no sólo del interior del centro de operaciones del Espolón (o al menos, ésa es la versión oficial), sino de todos los distritos colindantes.

Casi nueve millones de personas están siendo desplazadas en estos momentos.

Los expertos investigan si realmente La Aguja está segura o si puede colapsar en cualquier momento, troncharse o cualquier otro devastador efecto.

Por lo pronto, parece que no hay que preocuparse.

Es cierto que, debido a que ahora la punta está incrustada en la base del suelo y cuenta con varios cientos de metros de pura durusita, no hay que temer que el suelo deje de resistir.

Lo hará, porque era donde estaba enclavada esa mastodóntica construcción anteriormente.

También es verdad que Decurión no clavó el edificio exactamente donde estaba, sino casi doce metros más al suroeste, si bien, en términos prácticos, que no precisos, ha dejado La Aguja en su sitio.

Su verticalidad es total, no tiene ni una décima de grado de inclinación hacia un lado, lo que casi parece tan imposible como todo lo demás, cosa que no sorprende a nadie.

Ahora ya no mide quince mil metros, sino catorce mil ochocientos cincuenta y tres metros, que no está nada mal.

Y, como las plantas habitables empezaban realmente tras los primeros mil metros de altura en adelante, se puede decir que no se ha perdido mucho espacio operable.

Lo que sí ha desaparecido es su elemento más característico, es decir, su capacidad para mantenerse erguida sobre una base de punta de un milímetro de grosor, pero ¿qué es eso en comparación con haber visto a Decurión hacer lo que hizo? Que lo supere otro presidente, si puede.

Menudo bombazo de noticia. No se hablará de otra cosa en semanas.

No obstante, la noticia debería haber sido eclipsada por la que vino después. Decurión debería haberse visto desplazado a nivel mediático, igual que ocurrió con Obscuromante, de no haber sido porque… la noticia se silenció.

La Segunda Supraguerra podría haber comenzado hace exactamente cuatro horas.

Ha sido evitada. Casi nadie lo sabe.

Todo está bien, por el momento.

Durante la caída de La Aguja, la mayoría de los operarios del Espolón que trabajaban en la gran sala de monitorización no pudieron ser rescatados. Cuando la crisis acabó y el rascacielos quedó incrustado en el suelo, permanecieron en sus puestos y se negaron a ser evacuados.

Por lo que yo sabía, todavía permanecían allí. Observando, indagando, manejando los satélites de clase Pretor y manteniéndome informado.

Fueron los que me pusieron al corriente de que, a las diecinueve horas en punto, se había disparado el misil antisupra desde un punto remoto dentro de Estados Unidos.

Lejos de la base de lanzamientos de Pennashire, donde pensamos en su momento que sería llevado el misil para ser disparado desde los silos pertinentes.

Uno de los nuevos Pretor-11 lo había detectado ya en el aire, sobrevolando la costa este de Estados Unidos en dirección a Eurotania, y había seguido su trayectoria desde entonces.

Para ese momento, muchos de los Skyzeniths se habían trasladado hasta la helinave Puño de Faraón , incluyendo el mío, por lo que la habíamos convertido en el centro de operaciones hasta nueva orden. Sobrevolábamos las islas avalonesas en el momento en que recibí el comunicado.

Disponíamos de veinte minutos.

A pesar del riesgo de derrumbe, muchos de mis operarios siguieron trabajando en La Aguja. Y otros tantos técnicos, ubicados en el Puño de Faraón , reclamaban su regreso a sus puestos en el emblemático edificio.

Los integrantes de Facción Zero no volvieron a sus instalaciones en el edificio. En lugar de eso, se trasladaron hasta Zuidmeren, donde se encontraba la base de Ultraguardianes en las Naciones Rasas. Pasaron a ser los invitados de excepción del General Tabris, en lugar de al revés.

Pero la agente Kim se quedó conmigo.

Sin embargo, aquello no me llevó a error.

Ella estaba con Decurión. Era cierto que seguía siendo agente del Espolón, a todos los efectos; ella aceptaba esa responsabilidad por encima de la de Zero.

Lo que ocurría era que ella creía en Decurión.

Entonces lo supe. Quizá eso fuera lo que iba a decirme antes de que La Aguja entrara en caída libre.

No estaba enamorada, evidentemente. Tenía otras inclinaciones sexuales, pero era obvio que las nuevas ideas, progresistas y esperanzadoras del presidente Diamandis y su era de esplendor suprahumana la habían seducido por completo. Estaba con él. Y yo debía aceptarlo.

Lo sentía en mi interior.

Si se había quedado conmigo era porque yo la había dejado a medias con mi revelación sobre los misiles antisupra que Estados Unidos pretendía lanzar. Como yo, la agente Kim también aguardaba a que algo pasara. Lo que no creíamos es que fuera a suceder tan pronto.

Como presidente de Estados Unidos, John James Smith-Johnson era oportunista y carroñero.

Si estaba esperando el momento propicio para lanzar su ataque, era aquel, sin duda.

Cabría suponer que nadie en el Supragobierno esperaría un segundo ataque.

Lo de caer a través de un portal a lomos de un edificio colosal había sido inesperado y del todo incomprensible.

¿Había sido Portalus? Probablemente. ¿Por qué?

Ya se resolvería más adelante; el caso era que Eurotania no podía ser más vulnerable que entonces.

Con Decurión agotado por el uso de tanto poder y los demás suprahumanos buscando al generador de portales, lo último que podíamos imaginarnos era que otra potencia mundial aprovechara la situación para actuar.

Mis técnicos aseguraban que no había ninguna otra activación en los silos que albergaban misiles nucleares.

A pesar de eso, yo preveía que el presidente estadounidense querría ver los efectos de su bomba revolucionaria para saber si poner toda la maquinaria bélica en marcha.

Y si, en efecto, los suprAdalides perdían sus superpoderes, toda la Federación quedaría indefensa.

El presidente JJSJ estaba dispuesto a iniciar una guerra termonuclear con tal de quitarse de en medio a la potencia con más suprahumanos del mundo. Tras eso, quién sabe, podríamos ver cómo nacía un nuevo mundo, en el que mandaría aquél con mayor potencial atómico.

Si el mandatario WW, desde China, aprovechaba para atacarnos conjuntamente, estaríamos ante la confabulación más grande de la historia.

Por lo pronto, acorde con las imágenes que nos ofrecían los satélites espía, ambas naciones esperaban a ver lo que pasaba.

Como las hienas vieran que el león agachaba la cabeza y sus cuartos traseros caían desplomados, se abalanzarían sobre él.

Cuando puse la helinave en alerta roja, la agente Kim no tardó en volar hasta mi terraza de mando, en la gran sala donde docenas de operarios se aplicaban con sus computadoras. Disponía de un gran ventanal, en el que se veía el escenario que el cielo nos presentaba en proa.

Aterrizó a mi lado y, con una mirada, me reclamó instrucciones. Estaba a las órdenes de Decurión y las mías. Había un momento para cada cosa. Éste era en el que el Espolón salvaba el día.

—Te queda un cuarto de hora para interceptar esa bestia.

—¿Qué debo hacer con el misil? ¿Hacerlo estallar en mitad del océano?

—Eso podría dejarte en mitad del Atlántico sin poderes.

La caída te mataría. Ni hablar. No quiero escucharte decir una de esas típicas frasecitas heroicas sobre alguien sacrificándose para salvar a más gente que los suprAdalides soléis decir.

Ya hemos tenido mucho de eso. —Me giré para acercarme al ventanal y contemplar la belleza del atardecer, con un asombroso cielo azul, nubes blancas que formaban siluetas bucólicas…

y toda esa mierda—. Trata de destruir su motor turboreactor y conduce el resto hasta la base del Espolón en Fontenac.

Avisaré para que te reciban como es debido.

—La miré por encima del hombro—. Queremos esa cosa para estudiarla.

—¿Y después?

—Tendré que avisar a Diamandis. Supongo que él se encargará del después.

Ella puso una mano sobre otra y se la llevó al pecho.

—¿Crees que declarará la guerra?

Yo reprimí una carcajada nerviosa, aunque no me hacía ninguna gracia.