SuprAdalid 39. Creer es poder
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39. Creer es poder

Creer es poder

Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod la propia compresión del aire en las densidades a ras de suelo no supondría freno alguno. No, no había manera de conseguirlo.

Pero fue entonces cuando se produjo el milagro.

Cuando apenas restaban unos segundos para el impacto, había quedado claro que yo estaba ahí haciendo lo que podía por evitar el desastre, dejándome hasta la última gota de mi poder en aquello, dándolo todo.

Sería el primero en morir.

Y había más de quinientas mil personas contemplando el suceso en tiempo real.

Quién sabía cuántos podían ser. Los ciudadanos que observaban aterrados desde las grandes avenidas ni siquiera habían empezado a correr porque habían comprendido que no había adónde ir y que dependían enteramente de mí.

Mis propios compañeros de Facción Zero habían concluido que ya no tenían tiempo para extraer a los operarios que habían quedado en el interior del edificio.

Las labores de rescate eran imposibles a esas alturas.

O los salvaba a todos o morirían conmigo.

Y todo el mundo creyó que yo podía hacerlo. Creyeron en mí.

Incluso en las naciones rivales, políticos advenedizos recibían las imágenes con absoluta estupefacción. Y, si no estaban seguros de que yo podría lograrlo, al menos me concedían el beneficio de la duda.

Había incertidumbre, había certeza, pero en ninguna parte del mundo se encontró escepticismo. Y si una inmensa mayoría de la población creía que yo disponía del poder necesario para salvar la calamitosa situación, realmente disponía de tal poder.

Cuando el resplandor púrpura que emitía se transmitió a toda La Aguja, incluyendo su interior, pude empezar a frenar su caída.

Esa emisión de poder permitió a la edificación mantener su estructura de masa más allá de las exigencias físicas.

Resistiría la terrible deceleración sin exceso de entropía. Aguantaría.

De esa forma, cuando quedaban poco menos de doscientos metros para el contacto contra el suelo, encontré la fuerza suficiente para detener lentamente aquel proyectil de quince kilómetros y cuatro mil plantas habitables.

El aire mismo se comprimió hasta despejar toda la zona debajo de mí y permitirme contar con una explanada libre de obstáculos y transeúntes.

Nadie dudaba de que lo conseguiría, lo que garantizaba el éxito.

A sólo veinticinco metros del suelo, la velocidad de caída había dejado de ser un problema.

Sólo estaba el incalculable tonelaje de la construcción contra mi fuerza bruta.

Y, ante tal aminoración, mis compañeros voladores pudieron acudir a prestarme una ayuda de última hora, que sirvió para equilibrar el edificio y evitar que se combara, aferrándose a los laterales y haciendo un ejercicio de equilibrio conjunto entre todos para mantener la verticalidad.

Poco a poco fui aterrizando sobre mis pies y colocando aquella afilada punta sobre un suelo que cedió de inmediato (no estaba situándolo exactamente en el mismo punto donde había estado erigido), lo que provocó un efecto taladro que hundió la base varios metros en el suelo.

Si bien, aunque fuera como una escarpia, mantuvo La Aguja fija sin mayores destrozos.

El edificio volvía a estar asentado en el suelo y, aunque requeriría de mucha obra afianzar su base de nuevo sobre la superficie, se había salvado del todo. Y con él, la ciudad.

Cuando me elevé unos metros sobre el suelo, sobrevolando en círculos el rascacielos para verificar su solidez, todos los miembros de Facción Zero pudimos escuchar la ovación más estruendosa que se hubiera escuchado jamás.

Los aplausos llegaron desde todos los puntos de la urbe.

No eran aplausos respetuosos, sino puro júbilo, regado de exclamaciones de alborozo y gritos estentóreos de celebración.

Aquello nos hizo ganar más puntos que ninguna otra acción suprahumana efectuada hasta la fecha. Volvíamos a ser considerados paladines de la justicia, protectores del mundo, ídolos de propios y extraños… Sí, éramos héroes.

Éramos dioses.