38. Nunca lo ves venir #3
Llegar a él por sorpresa fue un juego de niños.
Desenfundé la espada y me preparé para la estocada.
Me situé tras él y con una mano le tapé la boca, obligándole a apoyar la parte posterior de la cabeza contra mi pecho.
Con la mano diestra le hundí la punta del arma en la espalda y apreté lentamente para que, palmo a palmo, entrara todo ese metal hasta llegar a atravesarle el tronco por completo.
Gimió y trató de zafarse, sin éxito.
Entonces se teletransportó, pero ya tenía tres palmos de hoja atravesándole el torso y mi otro brazo haciéndole presa, por lo que me llevó adherido con él.
Estábamos en mitad del campo. No lo reconocí y me dio igual.
Volvió a teletransportarse conmigo pegado a su cuerpo.
Con una pierna le aferré la cintura, desde atrás, y seguí hundiendo el resto de la hoja hasta que la guarda hizo contacto con la base de la columna.
Me agarró de la muñeca con la que le tapaba la boca, seguramente con la intención de teletransportarme a mí solo, haciéndome aparecer en mitad de una autopista por la que estaban pasando un montón de vehículos a toda velocidad, pero yo, aferrado a él como estaba, me lo llevé conmigo.
Rápidamente volvió a teletransportarnos cuando un camión de gran tonelaje estaba a punto de arrollarnos.
De repente, estábamos en la nieve, rodando por una pendiente en un gran espacio abierto, con un frío extremo.
Como la espada ya estaba completamente clavada, quité la mano de la empuñadura y arranqué uno de los faldones inferiores de mi atuendo pseudomedieval, rodeando su cabeza con él.
Si íbamos a jugar mucho rato a saltar de un sitio a otro, él estaría en la sombra.
Y en las sombras permanecería siempre en desventaja.
Fuimos cambiando de localización: un bosque, un río, en mitad de un pueblo costero a las tantas de la madrugada, en la cubierta de un barco y en un edificio de oficinas a media tarde.
No durábamos mucho en ninguno de esos sitios.
Tan acostumbrado estaba a escapar mediante ese método que, cuando vio que no le funcionaba, entró en pánico.
Éramos inseparables. No podía abrir un portal y cerrarlo en torno a mí, como había hecho con Púlsar, sin verse afectado él mismo, así que sus trucos habituales habían quedado inhabilitados.
Y se estaba muriendo.
—Esto es por Crisis —le dije al oído, como mi hermano le habría dicho.
Entonces, probó otra táctica.
Regresamos al piso de Predadora y caímos a la cama desde el techo, con arena del desierto pegada a nuestras ropas mojadas y nieve de una cordillera lejana desprendiéndose de nosotros con cada movimiento.
Rebotamos sobre el colchón y él dejó de resistirse.
Trató de hablar, pero yo sellé su boca con una mano robótica de gran potencia.
La espada lo mataría en cuestión de minutos, ya estaba haciéndole estragos a su cuerpo.
Con todo, alguien como él, incluso moribundo, podía ser peligroso hasta el último momento.
Si quería pactar o negociar, no le iba a dar la menor oportunidad.
Al darse cuenta de que no iba a poder engatusarme hablando, volvió a teletransportarnos.
Esta vez, muy cerca de la plaza del edificio de La Aguja, con su glorieta de piedra, el cordón de seguridad exterior y el enorme edificio que alcanzaba la estratosfera, cuya base se apoyaba en el suelo mediante una punta de un milímetro exacto.
Portalus extendió una mano y abrió un enorme portal justo en esa base de contacto.
Un portal de cientos de metros. De repente, la punta del edificio ya no se apoyaba sobre el suelo.
Lo que había debajo, a través de la ventana espacial, era el mismo cielo.
Rápidamente el edificio comenzó a caer por el portal.
Sus dimensiones nos alcanzaron y Portalus y yo caímos por él.
Podía ver la ciclópea ciudad ultramoderna de Odeon debajo de nosotros, entre las nubes que estábamos atravesando a velocidad de caída libre, exactamente 9,8 metros por segundo, que iría aumentando a medida que descendíamos hacia una muerte segura.
También yo y mi hermano, si no encontrábamos una buena sombra sobre la que zambullirnos.
Lo último que le hice a Portalus fue clavarle un puñal en el punto exacto del corazón donde sabía que le provocaría una muerte lenta y agónica, a no ser que él mismo se desclavara el arma, lo que le provocaría un desangramiento total en cuestión de segundos.
Me separé de él. Portalus se teletransportó una vez más, en solitario.
La última, pues no había forma de que se librara de aquello.
Además, yo había extraído mi espada antes de separarme de su cuerpo; la hemorragia interna le daría para un minuto de vida, si llegaba.
Iba a ser una lástima no poder comprobarlo in situ , pero Portalus estaba sentenciado. Con eso tendría que bastar.
El problema que nos acuciaba en esos instantes, no sólo a mi hermano y a mí, sino a cientos de miles de personas, tal vez a un millón, era que el rascacielos más colosal del planeta estaba cayendo a plomo sobre la misma ciudad que lo había albergado.
Y el resultado de la colisión destruiría media Odeon, como poco.