38. Nunca lo ves venir #2
—Lo volveré a repetir. ¿Y si me niego?
Cerré el puño. El holograma de la cabeza de su marido desapareció. Adopté una pose aún más estirada de lo normal.
—Me temo que su padre y usted son demasiado peligrosos para esta realidad que ahora pretendo proteger.
En caso de negarse a aceptar unas mejores condiciones de vida, habiendo alcanzado el éxito en su misión, que no era ver las siguientes películas de Benedict Cumberbatch ni traer de vuelta una realidad que tampoco le entusiasmaba tanto, sino recuperar a su marido, pura y llanamente…
, es decir, si no hace lo que una mente lógica y científica ha de hacer, me veré obligado a destruir por completo la cúpula exterior de los laboratorios, permitiendo que caigan las defensas antipsi.
Pasarían a formar parte del mundo de fuera.
El niño que aparentaba cuatro años, pero que tenía muchísimos más, contempló el rostro de su hija. Ella decidía.
En esos momentos apareció el doctor Ulf Ottosson, Enlil-Karesh, vaya.
—Lo tengo —anunció.
Me coloqué el bozal tecnificado en la boca y cubrí mi cabeza con la capucha.
—Pues vamos.
Ottosson había estado rastreando sin descanso, durante días y días, utilizando a gran parte de los quinientos mil durmientes como canalizadores de potencia psíquica, hasta dar con las mentes adecuadas.
Localizó primero al marido de la doctora Vega.
Ahora, teníamos al segundo. Ottosson le indujo a éste la idea de permanecer en el sitio y no teletransportarse de no haber una buena razón.
Aquello entraba dentro del control mental y, para que el cerebro no se resistiera y aceptara la decisión como propia, la orden psíquica no debía ser muy antinatural, moviéndose en todo momento dentro de cierta coherencia circunstancial.
No tardé mucho en volver al Himalaya a través del portal y subir al Skyzenith estacionado en la finca de Estela de Molay. Programé las coordenadas en el navegador y me puse en marcha.
Sentía la expectación de mi hermano en el fondo de mi conciencia, anhelante, vigilante. Estábamos a punto de conseguir algo notable.
—¿No es extraño que haya vuelto a Odeon? —pregunté en voz alta.
[El tipo puede estar donde quiera unos minutos, antes de cambiar de localización.] [Quizá iba y venía, comiendo en un sitio, dormitando en otro y haciendo vida en un tercero o un cuarto o quinto] [La gran dificultad estribaba en localizarle en un punto concreto a una hora específica.]
Era cierto. Y le habíamos encontrado. No existía persona más escurridiza que un teleportador que, además, generaba portales espaciales. Dos superpoderes interrelacionados, correspondientes a la clasificación Insólito, pues ningún otro suprahumano del mundo gozaba de ellos.
Íbamos a por Portalus. Había sido complicado ubicarle, pero, ahora que lo teníamos, no íbamos a dejarle escapar.
Ottosson se comunicaba conmigo a través del microauricular anexado a mi oído interno.
—Por lo que estoy comprobando —dijo el Prelado—, ahora mismo se encuentra en un piso registrado a nombre de una mujer llamada Michelle Tabardo, de veintiocho años.
[Predadora.]
El doctor Ottosson no oía la voz de mi hermano en el interior de mi cerebro artificial.
El dato era preocupante. No contento con haber suprimido a Púlsar y a Crisis, ahora el suprAdalid loco cargaba contra Predadora, miembro titular de Facción Zero.
¿Acaso pretendía acabar con todos los miembros del grupo?
Tratándose de quien se trataba, no pude por menos que aventurar la posibilidad de que Portalus planeara hacerse con un nuevo rehén, por si la situación empeoraba. Siempre convenía tener algo con lo que obligar a tu adversario a pactar.
O puede que sus intenciones fueran de corte más lujurioso.
Habida cuenta del perfil psicológico que el propio Ulf Ottosson había hecho de él, Bernard Carón, nombre en clave Portalus, albergaba en su personalidad rasgos reprimidos de torturador y violador, pues era lo que comúnmente la profesión del buen doctor calificaba como un enfermo mental de carácter incurable o, dicho de manera más coloquial, un puto loco de remate.
Con la aeronave a máxima potencia y los dispositivos antirradar conectados, podríamos alcanzar la capital de Eurotania en cuestión de horas sin ser descubiertos. A partir de cierta distancia entrarían en juego los poderes especiales de Shuriken.
Iba a ser muy poco épico. Con elementos como Portalus, no había lugar para un combate en condiciones.
Su capacidad para marcharse de los sitios y reaparecer en cualquier lugar del planeta nos obligaba a Zephros y a mí a ultimarle en cuanto surgiera la oportunidad.
Sin desafíos, frases lapidarias ni maniobras de combate espectaculares.
Debíamos matarle sin más. En un chasquear de dedos estábamos a su lado y, en otro, lo decapitábamos. Feo. Necesario.
[Me gustaría tener la oportunidad de decirle: «Esto es por Crisis».]
—Te caía bien esa chica, ¿eh?
[Era una persona que no conocía el gran potencial que tenía, pero empezaba a hacerlo.]
—Gracias a ti.
Era un tanto extraño, porque Shuriken no era exactamente Zephros, sino una identidad diferente formada por la propia mitología de la realidad psíquica predominante.
Y, sin embargo, mi hermano aceptaba esa personalidad como propia.
Parecía orgulloso de haber sido Shuriken y no descartaba volver a serlo cuando todo este embrollo se hubiera solucionado.
Entonces, yo volvería a mi cuerpo dejando el suyo sólo para él.
Zephros volvería a ser mi hermano dentro de las instalaciones del Proyecto Caribdis y, en el mundo exterior, actuaría como el ninja definitivo conocido como Shuriken. Un buen plan.
Quién sabe. Yo mismo, como androide científico capacitado para el combate, podía ganarme mi hueco en algún supergrupo. Integrarme a la realidad con mi mente digital completamente libre de influencias psíquicas y labrarme un futuro como suprAdalid no humano.
Sonaba interesante.
Cuando por fin sobrevolamos a plena luz del día la inmensa ciudad, activé el pilotaje regulado por inteligencia artificial para que la nave hiciera una pasada rápida cerca del edificio que pretendíamos asaltar y, después, se dirigiera a la zona segura más próxima.
Supuse que le íbamos a quitar el caramelo de la boca al bueno del presidente suprAdalid, pero no se podía tener todo.
Decurión jamás encontraría a Portalus si él se esmeraba en no ser localizado.
Únicamente un telépata de la orden de los Prelados podía obtener su situación exacta y mantenerlo allí el tiempo preciso.
Abrí las compuertas dobles situadas en la parte trasera de la aeronave, sin que la rampa de descenso se desplegara.
Iba a lanzarme en caída libre. Por tanto, calculé la trayectoria más oportuna y, llegado el instante preciso, me tiré con el cuerpo muy recto, las manos pegadas al tronco, los pies juntos y en punta, permitiendo que la fricción del aire, la velocidad de inercia y la gravedad me desplazaran hasta el punto de aterrizaje óptimo.
Tomé contacto con el suelo tras una agrupación de antenas y unidades de climatización que generaban una buena sombra, en la que me sumergí como si fuera una piscina.
Desplazarse a través de la oscuridad de los materiales era embriagador.
Casi como dejarse arrastrar por una corriente de succión de gran potencia, con el aliciente de que yo controlaba hacia dónde me dirigía.
Y podía sentir el edificio entero, como un conductor acostumbrado a su vehículo sabe dónde están los límites del mismo y puede aparcarlo por mediación de muy pocas referencias visuales.
A lo largo de su estructura, la edificación albergaba sombras y yo podía moverme a voluntad a través de esa ausencia de luz.
Tampoco era necesario que la oscuridad fuera completa para que yo brotara de esos recovecos, por lo que ciertos rincones en relativa penumbra, cuyas superficies todavía podían apreciarse a simple vista, eran factibles de ser usados como puertas de salida o acceso si yo incrementaba esa oscuridad.
Era algo que no todo el mundo sabía de Shuriken.
Dentro de los poderes de las sombras, mi hermano y ahora yo mismo, gracias al control de su cerebro orgánico, podíamos ampliar las sombras ya existentes como hace la propia luz al descender o incrementar la negrura de espacios poco iluminados, sumiéndolos en la obscuridad, por lo que, si no había sombras suficientes de las que emerger, se podía hacer que la luz retrocediera.
Costaba esfuerzo, aunque, de ese modo, Shuriken podía llegar a casi cualquier sitio.
Así fue como broté del jacuzzi de un cuarto de baño con la luz apagada. Salí al exterior sin hacer el menor ruido y avancé hacia el dormitorio de la señorita Tabardo, alias Predadora.
El piso contaba con cuatro habitaciones y salas espaciosas de techos altos, todo decorado de forma muy vanguardista. Un hogar moderno, con muchos ángulos rectos, arte contemporáneo y mullidas alfombras.
Bernard Portalus Carón estaba en cuclillas sobre la cama de la turgente suprAdalid.
Varios cajones del vestidor que daba paso al dormitorio estaban abiertos, con la ropa revuelta y sujetadores y bragas por el suelo.
Las prendas de ropa interior seleccionadas por Portalus se desparramaban a su alrededor; al parecer, extraídas de un cubo de ropa sucia del baño anexo al dormitorio.
Portalus se había abierto el traje nuevo y se lo había bajado hasta los tobillos.
Tampoco llevaba máscara. Con una mano, mantenía unas bragas usadas pegadas a la nariz mientras, con la otra mano, se acariciaba el pene.
Susurraba para sí y gemía. Aún no había empezado a masturbarse con fuerza, pero ya estaba entregado por completo a su repugnante tarea.