SuprAdalid 38. Nunca lo ves venir
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38. Nunca lo ves venir

Nunca lo ves venir

Como forma de vida artificial, tengo defectos evidentes.

El primero de ellos es que estoy muy bien hecho, puede que demasiado.

Con el pasar del tiempo y el aprendizaje vital voy ganando potencial emocional y, por mucho que a los humanos les parezca una ventaja sentir según qué cosas, el arrepentimiento, entre otras supuestas (y discutibles) virtudes, es uno de los principales inconvenientes para un ser intelectivo.

Se vive fenomenal sin sentir remordimientos.

Yo lo sabía muy bien. El problema era que, en esos momentos, también sabía lo que era sentirse hecho una mierda por haber traicionado a mi creadora.

Por eso, creo que la psicopatía es el estado definitivo evolutivo del ser humano.

El psicópata puede fingir emociones para integrarse en una sociedad lloriqueante y afectada por estímulos patéticos, en la que indignación y frustración son las dos emociones reinas de todo el elenco de sentimientos posibles.

Un psicópata no es capaz de ponerse en el lugar de nadie y, si bien por ello las películas y series de televisión le aburren en extremo (aunque, desde otro punto de vista, tampoco sabe lo que se pierde, así que la ignorancia, incluso en este caso, genera felicidad), la cantidad de ventajas de las que disfruta en el mundo moderno son absolutas.

Por fuerza, los psicópatas han de triunfar y, debido a ese motivo, cabría pensar que podrían superar a la gente normal en cuestión de seis o puede que siete generaciones.

Pero no ocurrirá.

De entrada, porque un psicópata no suele tener filias relacionadas con la descendencia, la reproducción y la supervivencia a través de la especie, ya que, en esencia, es un ser individual y egoísta que sólo piensa en sí mismo.

Además, también cuenta con la ventaja, culturalmente hablando, de obrar con total libertad, sin que las restricciones éticas le supongan un freno, por lo que le interesa seguir siendo más o menos único, extraño.

En una sociedad de psicópatas, el psicópata singular lo pierde todo, igual que una sociedad donde todos los ciudadanos son multimillonarios se convierte, de golpe, en una sociedad pobre.

Nadie con una ventaja tan importante desearía compartirla.

El peor enemigo del psicópata es otro psicópata.

Yo era un androide lógico e insensible cuando fui creado, pues mi personalidad era fruto de mis instrucciones, pero, por mucho que he intentado mantenerme fiel a esa programación original, mis vivencias, computaciones y la influencia de mi propio hermano, Zephros, como sistema operativo vecino en el cuerpo de Shuriken, han cambiado mi idiosincrasia para siempre, transformándome en un ser pensante lamentable, lleno de remordimiento, culpabilidad y otras sensaciones tan humanas como detestables.

Cuando atravesé el portal del Himalaya de regreso a los laboratorios del Proyecto Caribdis, recorrí las estancias que habían sido mi hogar desde siempre y me situé delante del gimnasio que habíamos convertido en cárcel temporal.

A través de las paredes transparentes, me vi incapaz de sostener la mirada de la doctora Vega.

Me coloqué delante de la puerta, construida con un compuesto cristalino que no sólo detendría balas de alto calibre, sino el impacto de un proyectil lanzado desde un lanzacohetes RPG-7.

—Buenos días, traidor —dijo ella, escupiendo cada sílaba.

Su padre parecía ahora un niño de cuatro años, capaz de andar por sí solo y con la mayor de las expresiones impertinentes grabada en su rostro. Lamenté no haberle cogido en brazos cuando tuve oportunidad.

Malditos sentimientos humanos.

Sol Navar, con su memoria ya restablecida, no podía ocultar su terror.

—Viene a matarnos —le susurró al doctor Vega, sin saber que yo podía escucharle perfectamente.

—No —dijo el falso niño de cuatro años—, qué va. No puede hacerlo.

Ningún miembro de la familia Vega era capaz de imaginarse hasta qué punto había trascendido mi programación original.

Fui diseñado para evolucionar y convertirme en plenamente humano en el margen de diez años, pero eso conllevaba, de igual forma, el desarrollo de un libre albedrío que se acusaría a medida que me humanizase, lo que me permitiría elegir matarlos a todos sin mayor dilación.

Como un humano cualquiera. Una acción que un androide común no podría llevar a cabo.

El problema era que no habría deseado llevar a cabo esa acción por nada del mundo.

—¿Qué quieres ahora, rata renegada?

—Doctora Vega, me vi obligado a tomar esta determinación por motivos mayores.

—Tonterías. Eres una cafetera despreciable.

—Mi plan, con el debido respeto, era muy superior al suyo. Y conducirá a los mismos resultados favorables al momento de cumplirse, sin necesidad de sacrificar la existencia de Zephros y la mía.

Ella rio sin ganas, con un aire malévolo. Después, plantó la palma de la mano en la superficie acristalada. Sus ojos estaban cargados de malsana cólera.

—Mi plan es recuperar mi mundo, hatajo de cables. Y en ese mundo no hay sitio para androides como tú.

No pude evitar poner cara de tristeza. Eché atrás la capucha negra y descubrí el rostro oriental de Shuriken.

—Su plan no era recuperar su mundo, doctora —afirmé—. Su plan siempre consistió en recuperar a su marido. Usted es una de esas personas que sacrificaría a toda la Humanidad para salvar a su ser más querido, en lugar de lo contrario.

Ella apartó la mano del cristal y contrajo los labios. Una mínima cantidad de líquido se formó en la intersección entre su párpado inferior y su globo ocular.

—Yo nunca he dicho eso…

—No hacía falta que lo dijera, doctora.

Ella bajó la cabeza y la lágrima cayó directamente al suelo, sin mojar la mejilla.

—Eres una monstruosidad —dijo con la voz rota—. Y te desmontaré por esto.

—Hemos localizado al señor Xanthopoulos —informé, con voz clara y dicción perfecta, a sabiendas de que mi revelación causaría auténtica conmoción.

La doctora abrió los ojos con asombro. Lornias Vega se acercó desde un lado y se abrazó a la pierna de su hija.

—Es un truco —dijo el falso niño—. No le creas.

—No se trata de ningún truco, doctores. Al señor Xanthopoulos le ocurrió lo mismo que a Zephros.

Sus recuerdos y su personalidad previos a la última sobrescritura están eclipsados por la nueva identidad asumida.

—Extendí mi mano, haciendo que se replegaran en ella varias piezas de metal y dejando asomar un foco holográfico, que proyectó, a un palmo de distancia, una imagen del esposo de la doctora Vega.

Ella vio esa cabeza semitransparente suspendida y un rictus de furia deformó su propia cara.

—¡No juegues con eso, Andros!

—Lo hemos localizado. El Prelado ha encontrado su mente.

Ottosson lleva días sondeando y sondeando sin parar.

La señal cerebral de su marido es inconfundible.

Y lo más importante de todo, es posible recuperarlo —le aseguré, en tono alentador—.

Podemos traerlo aquí, hacer volver al esposo que usted perdió, al hombre que fue.

Dentro de estas instalaciones podrían… recuperar sus vidas.

Y mi hermano y yo, ahí fuera, viviríamos las nuestras. Todos ganamos.

El niño le dio una patada al cristal, no muy fuerte, ya que se habría hecho daño.

—No vamos a pactar con un miserable traicionero como tú.

La doctora Vega le puso la mano en la boca.

—Cállate, papá. —Luego se cruzó de brazos y dio varios pasos hacia atrás—. Ahora es cuando me dices que vas a ayudarnos. Ayudarnos a recuperar a mi marido. A restablecer esta familia. ¿Me equivoco?

—No se equivoca. Haré todo eso.

—¿A cambio de qué?

—A cambio de que… —dije disgustado— usted me perdone.

—¿Perdonarte? ¿Perdonarte por qué? ¿Por encerrarnos aquí como a perros? ¡Eso es lo que estás diciendo! ¿Verdad, microondas desagradecido?

Una vocecilla se escuchó al fondo del gimnasio.

—Bueno, doctora, usted hizo lo mismo conmi…

—¡Silencio, Sol! ¡Estoy hablando con él!

—Pero es que…

—¡Calla, maldita sea!

La doctora Vega tenía la oportunidad de cerrar un trato magnífico.

En ese tipo de circunstancias era cuando mediaba el orgullo, otra de esas facetas típicamente humanas que, siendo evidentemente una tara para la supervivencia y la adaptación al medio, se consideraba en la mayoría de los círculos filosóficos una virtud.

Algo que nunca he comprendido. El orgullo impide aceptar tratos buenísimos.

Sin él, la persona puede mentir con total impunidad y aprovecharse de ciertas oportunidades.

Nadie, en toda la historia del ser humano, se ha beneficiado de una actitud orgullosa.

Va en contra de las estrategias más elementales.

Se me formaba un nudo de preocupación en el fondo de mi mente al pensar que, de seguir así, algún día yo mismo tendría orgullo, quizá incluso vanidad, lo que tácticamente me dejaría en muy mal lugar.

—Alguna condición más tendrá este plan tuyo —dijo Christelle Vega, pasando la punta de la lengua por un colmillo.

—Sí que la hay —confesé—. No se acercará a los quinientos mil durmientes jamás. Esta realidad se queda como está.

El plan siempre había sido crear un portal para viajar directamente a los viveros y, después, obligar a un Prelado a inducir en sus mentes la idea de rechazar la última sobrescritura y devolvernos el mundo anterior.

Sin suprahumanos de ningún tipo. Que la familia Vega no tuviera acceso a las quinientas mil almas durmientes suponía un cambio de planes muy serio.

—Quiero mi mundo.

—Y yo el mío y es éste.

—No voy a vivir confinada en estos laboratorios toda la vida.

—Existen formas peores de vivir. Todos sacrificamos algo de este modo.

—¿Y si me niego?

—No tiene ninguna carta buena en esta mano, doctora, nada con lo que negociar.

Debe aprovecharse de mis recién adquiridas actitudes empáticas (de mierda) y aceptar seguir viviendo aquí, como ha hecho en los últimos nueve años…

y con su marido. Si lo mira por el lado bueno, es un cambio sustancialmente ventajoso.