SuprAdalid 37. La mejor defensa #2
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37. La mejor defensa #2

Yo supervisaba las nuevas promociones de la policía y las Fuerzas de Choque Eurotanas, o ESF, en busca de nuevos talentos que incorporar al Espolón.

Y no solía ocurrir, pero alguno poseía superpoderes sin saberlo y, como cazatalentos, mi deber era detectarlos.

A veces sólo se trataba de falsas alarmas, sujetos que parecían suprahumanos, pero luego demostraban ser tan normales como un semáforo de tres colores.

No obstante, una de cada diez veces yo acertaba.

Con Kim, acerté de lleno. Por supuesto, la saqué de su carrera militar y la metí de cabeza en una vida de espionaje.

Como agente del Espolón, su primera misión iba a ser nada menos que infiltrarse en Facción Zero.

Muy poca broma con la gravedad del trabajo. Y lo estaba haciendo estupendamente.

Hasta, quizá, hoy.

Al final, fueron tres minutos casi exactos. La agente Kim, con su uniforme de suprAdalid y la máscara sobre el rostro, dio unos golpecitos al mismo tiempo que abría la puerta un tanto y asomaba la cabeza.

—Señor superintendente, creo que me ha hecho llamar.

—Sí, entre, por favor, y tome asiento.

Ella obedeció.

—¿De qué se trata, señor?

Mi pulgar derecho aprisionó el izquierdo en mi particular duelo entre dedos.

Llevé la base de mis manos entrecruzadas de la mesa al abdomen, echándome hacia atrás en la silla.

Observé el monitor que tenía a mi izquierda.

Las lecturas que había estado recibiendo aquella última hora preocuparían a cualquiera.

Yo mismo estaba un poco alterado.

—Creemos que el presidente de Estados Unidos va a lanzar la bomba antisupra sobre Odeon en las próximas horas.

—Aguardé a ver la reacción de Kim y, cuando comprobé que no daba crédito y estaba a punto de formular un montón de preguntas obvias, seguí hablando—: JJSJ mueve ficha.

Informaré a Decurión en cuanto acabe esta reunión…

o no lo haré en absoluto. Verá, agente Kim, creemos que el jefe de Facción Zero se encargará de la crisis él mismo y que solicitará su ayuda.

Es una situación delicada porque, si actuamos a tiempo y ustedes dos impiden que el misil llegue a suelo eurotano, cosa que no les costará mucho esfuerzo, los estadounidenses sabrán que estábamos observándolos, lo que motivará la declaración de una guerra que será dialéctica durante una o, como mucho, dos semanas.

Después, las palabras se acabarán. —Separé las manos y giré el monitor para que ella misma contemplara las imágenes recibidas de los Pretor-11, donde se veía claramente que los misiles atravesaban las rampas de acceso a los silos de lanzamiento—.

Esto es muy descriptivo de lo que está a punto de pasar.

»Por otra parte, podríamos guardarnos esta información y esperar a que la bomba actúe, verificar los efectos y cruzar los dedos para que después de la bomba silenciosa no venga una lluvia de bombas mucho más estruendosa, ya nadie podría pararlas.

En esta otra posibilidad, nuestra reacción estaría completamente justificada.

Contraatacaríamos con toda la fuerza disponible, a sabiendas de que el resto del mundo lo vería como una acción válida moralmente.

Diríamos que ellos empezaron primero. El riesgo aquí sería quedarnos sin nuestros insignes suprahumanos más tiempo del que nos conviene.

Hay que entender que ahora mismo, sin ellos, Eurotania no es rival para Estados Unidos ni para China.

Y eso que el tratado de la Organisation du Traité Nord-Euraste incluye a Moscovia como miembro de la FE.

La agente Kim se percataba de la gravedad del asunto. Revisó cada panel, gráfico e imagen que le presentaba en la pantalla de la computadora con los ojos muy abiertos.

—¿Sus silos de misiles convencionales están activos? —preguntó.

—Toda Norteamérica lleva en DEFCON 3 desde que Julek Diamandis se proclamó presidente de la Federación. Y han pasado a DEFCON 2 hace menos de tres horas. Se han cansado de esperar lo peor. Pasan a la acción. Un ataque como mejor defensa.

Se llevó una mano a la cabeza.

—Dios santo.

Kim giró el monitor para colocarlo en su posición habitual. Ya había visto más que suficiente. Durante unos instantes se quedó como obnubilada.

La saqué de sus ensoñaciones.

—Voy a hacerle una pregunta, agente Kim, y, en función de su respuesta, le comunicaré o no a Decurión lo que ahora sabemos.

—Barrí con la mano un pelito que había sobre la mesa—.

La pregunta se la hago porque últimamente ha podido ver facetas más íntimas de Julek Diamandis, o lo que a él quizá le haya interesado mostrarle, en fin, no lo sé, eso tendría que aclarármelo usted…

De cualquier manera, la idea de que está más cerca de él de lo que está nadie en la actualidad me impele a preguntárselo.

Lo que quiero saber es si tenemos al enemigo en casa y, por tanto, esas personas que están al otro lado del Atlántico son nuestros verdaderos aliados en este asunto, o, por el contrario, él es quien dice ser y nos conviene seguir entregándole la responsabilidad de protegernos.

Ella procuró sonar tranquila y serena al responder, con su voz de Sigmar, por decirlo así. Incluso se aclaró la garganta como si fuera a lanzar un discurso importante.

—Yo creo en…

Entonces, sentimos esa extraña sensación en nuestros estómagos.

Empezó ahí antes que en ningún otro sitio, seguida de la no menos rara impresión de pérdida total de peso.

El ratón del ordenador comenzó a desplazarse lentamente por el aire como si estuviera bajo el agua.

Algunos objetos del mobiliario se elevaron mínimamente y flotaron.

Apenas me di cuenta de la sensación de ingravidez, me levanté de la silla.

Fue como echarse a volar. Así que eso era lo que se sentía.

Me trasladé por el aire sin control, en dirección al techo. Todo el edificio protestaba, paredes, suelos y una cantidad ingente de materiales ideados para estar fijados al suelo. La agente Kim verbalizó lo que yo no acababa de comprender del todo.

—¡Estamos cayendo! —exclamó, alarmada—. ¡Nos caemos! ¡Todo el edificio está en caída libre!

El sonido de toda esa cantidad de materia recibiendo la misma fuerza de atracción por igual en simétrica armonía, cuando la inercia y la velocidad ya estaban ejerciendo efectos catastróficos, se dejó sentir más por la vibración de toda la estructura que por llegar a nuestros oídos limpiamente.

Y no, no era una caída lateral, ni un colapso de demolición. La Aguja estaba viajando verticalmente desde el cielo como una pluma estilográfica que alguien dejara caer de punta por una ventana.

De repente, todo el gigantesco edificio estaba en la estratosfera, cayendo a plomo hacia el centro de la ciudad.

Luego entenderíamos por qué.