37. La mejor defensa
La mejor defensa
Diario en audio de Gilbert Grimaux, superintendente del Espolón.
Pensé que, en cuanto regresara a mi despacho, dejaría de hacer estas anotaciones en audio, que esos archivos que había grabado desde casa serían una buena manera de recordar mi breve etapa fuera del ruedo.
Un recordatorio de un período de libertad y observación a distancia.
Una etapa que recordar para cuando llegara la hora de repartir justicia kármica a quien correspondiera.
Pues bien, aquí estoy. Creo que esto de ponerme el teléfono delante de la cara y grabar mis impresiones se ha convertido en algo más que una práctica temporal. Me ayuda a pensar. Me gusta.
Ignoro si algún día haré la correspondiente transcripción escrita, pero el simple hecho de ponerme a hablar en voz alta sobre cuanto está ocurriendo y valorar mis siguientes actos me despeja la mente. Es como una forma de terapia.
También lo considero uno de los elementos que conforman mi nueva forma de trabajar. Otro de los muchos cambios en las mecánicas rutinarias con las que administro el Espolón, un aspecto que me apasiona, porque, con el Supragobierno, todo ha cambiado. La mayoría de las cosas funcionan mejor ahora.
Hago más hoy de lo que he hecho nunca. Soy útil de un modo infinitamente más eficaz. Me siento… mejor.
Dicen que cuando tus amigos ya no son de fiar, debes confiar en los desconocidos.
Y creo que ésa era la situación en la que se encontraba el presidente Diamandis.
Su hermana no estaba, Gax era útil (lo que no significaba que fuera confiable), Tabris no le bailaba el agua y exponía las cosas tal y como las veía (y eso podía ocasionar frustración) y Réquiem y Predadora carecían de brillantez, pues sólo eran armas, de manera que yo me había convertido, contra todo pronóstico, en uno de sus principales aliados.
A diferencia del general supremo Tabris, que únicamente controlaba las fuerzas armadas, yo era sus cinco sentidos.
Y, aunque yo le hacía más falta a él que lo contrario (aunque prefiero dirigir el Espolón desde La Aguja que ir de red social en red social en mi cuarto de estar), puede decirse que habíamos alcanzado una especie de relación simbiótica.
Por mi parte, jamás había confiado en los políticos, eso no iba a cambiar. Y odiaba aún más a los suprAdalides. Julek Decurión Diamandis, por tanto, debería ser mi diana favorita sobre la que arrojar dardos, pero, por alguna razón, no era así.
Diamandis no era un supra al uso. En el tiempo en que había comandado Facción Zero no me había sorprendido ni una vez; habría apostado mi sueldo anual a que se trataba de un enmascarado más.
Uno de tantos. Apadrinado en sus primeros años por el alcalde Carpi, el suprAdalid retirado Capitán Insignia, posteriormente convertido en el ariete de combate principal de la primera ministra Morris, todo parecía indicar que seguiría los pasos de los demás supertipos bien situados que le habían precedido.
Y debería haber sido peor en cuanto se apoderó de la Cámara Celeste, pues, por mucho que la democracia le situara donde lo hizo, el acto se efectuó fuera de los límites legales y, por tanto, deberíamos llamarla democracia ilegal , sea o no conveniente desde un punto de vista ético.
No obstante, su presidencia está trayendo muchas mejoras.
Por sintetizarlo, ni la anterior primera ministra Morris ni su antecesor, Ibanez, ni todos los anteriores a ellos contaron con mi agrado.
Yo hacía lo que tenía que hacer y sabía lo que me convenía con ella y con todos los otros.
No sólo no los echaba de menos lo más mínimo, sino que creía que Julek Diamandis era el mejor presidente que la Federación había tenido.
Algo que tampoco suponía mucho mérito, la verdad, habida cuenta de los patanes a los que habíamos sufrido.
Y era el mejor político porque, por paradójico que sonara, no era un político.
A veces encontramos el mejor padre en un vecino, el mejor amante en un amigo, la mejor profesora en una niñera, el mejor abogado en un policía y, como en este caso, el mejor político en cualquiera menos en uno que lo sea.
A su manera alegal, Diamandis presionaba a la burocracia oficial para que agilizara los trámites y el papeleo se viera reducido a la mínima expresión.
Acallaba las voces críticas con aumentos de sueldo u opciones de despido, con lo que se metió en el bolsillo a una administración muy hostil de inicio.
Para cuando yo le había montado aquella suerte de sistema Gran Hermano orbital, él tenía a todo el mundo comiendo de su mano.
Y, eso no podía negarse, como tenía ideas de conjunto muy interesantes, que operaban sobre el bien común y hacían crecer la sensación de progreso, las voces públicas discordantes bajaron de volumen o, directamente, enmudecieron.
Al no brindar una política definida acorde con los cánones de derecha e izquierda, sino una combinación de ambas, todos los medios de comunicación se lanzaron contra él encuadrándolo en el otro bando.
Con el pasar de los meses, empezarían a ronronear en torno a sus pies como gatos cariñosos.
A mí, de hecho, empezaba a convencerme. No por sus formas, pero sí por sus convicciones. Estaba obcecado con todo aquello de conseguir un mundo mejor y muy dispuesto a intentarlo.
Merecía mucho la pena ver cómo acababa la cosa.
Por supuesto, para lograr su utopía, gastaba dinero a millones, hipotecando el futuro de todo el continente con la esperanza de que sus propuestas traerían beneficios ingentes a corto plazo.
Como toda esa gente que le pide dinero a la mafia y confía en poder devolvérselo sin mayores problemas.
Sólo que esto se parecía más a la mafia pidiéndose dinero a sí misma.
Ni que decir tiene que todo el sistema estaba ideado por Gax.
Decurión pensaba en lo que quería y Gax lo calculaba y lo hacía posible.
Al final, la política podía contemplarse como una compleja ecuación: con el cálculo correcto, los resultados eran matemáticos.
Gax resolvía sus cubos de Rubik burocráticos de veinte caras y, cuando tenía todos los colores ordenados, le decía al presidente lo que debía hacer, cómo y cuándo.
Funcionaba o, mejor dicho, empezaba a funcionar. Al principio sólo había diferencias notables, no era el mismo perro con diferente collar. Con eso, al menos, cumplió su palabra. Era un perro nuevo y el collar se lo ponía el dueño. Y, mes a mes, se veía que la cosa avanzaba. Era innegable.
Una de las claves de su funcionamiento era que no jodía del todo a ningún sector en concreto, sino que estrujaba a muchos y repartía presión entre todos, no sin antes haber repartido obsequios, premios e incentivos de todo tipo.
Como un padre que regala la consola de videojuegos a su hijo antes de los exámenes, pero, ya puestos, le exige aprobar todas las asignaturas, lavarle el coche todos los fines de semana, enseñarle a usar el ordenador y excusarlo en las visitas puntuales a la casa de sus suegros.
Si tenías contentas a tus sanguijuelas, podías controlar cuándo y cuánto tenían que chupar.
A mí me había dado carta blanca para actuar, permitiendo que el Espolón gozara de más poder del que había tenido en su historia.
Pero ese día yo tenía que resolver mi propio problema.
Nuestro gran alfil, el de Decurión y el mío, se llamaba Sigmar.
Mi chica. La pregunta era la siguiente: ¿seguía siendo mi chica?
Parecía cada vez más unida a Diamandis, podía verlo día a día.
Lo que empezó siendo un ejercicio de acercamiento estrictamente táctico, incentivado por la propia superintendencia del Espolón, podía estar convirtiéndose en algo más.
Era cierto que se sentaba a mi lado en las reuniones de emergencia, mas yo sentía a la agente Kim alejándose espiritualmente de mí. Lo percibía.
Cuando el teléfono fijo sonó, lo descolgué casi al instante.
—Grimaux.
—Señor superintendente, hemos avisado a la señorita Sigmar. Se personará en su despacho en cuestión de tres minutos.
—Gracias, Paul. —Consulté mi Audemars Piguet de pulsera—. Tres minutos, ¿eh?
—Así es, señor —repitió mi secretario.
Colgué.
Me permití el lujo de fustigarme mentalmente porque me lo merecía.
Kim Ji-yoon había sido un descubrimiento mío y solamente mío.
Había asistido a la academia de las ESF sin destacar en los dos primeros años.
Podría haber pasado desapercibida toda la vida, haber ingresado en los shockers y no haberse desplazado hasta zona de guerra más que en un puñado de ocasiones sin recibir ni un solo impacto de bala que perforara su ciberarmadura.
Sin haber activado su invulnerabilidad de casualidad, sus habilidades suprahumanas habrían permanecido ocultas hasta su muerte.
Ocurre a menudo. Gente que, de pronto, es arrollada por un autobús, se cae por unas escaleras inacabables o le estalla la casa alrededor por una fuga de gas y se queda como nueva.
Otros, en momentos de estrés, pueden fundir a algún jefe de sección con su visión calorífica o arrancarle la cabeza de cuajo a un compañero de clase de un bofetón nervioso y, tatatachán, descubrir que son suprahumanos.
Aunque la inmensa mayoría lo siente de alguna forma inexplicable, generalmente, en su pubertad, hay un porcentaje importante de la población que lo descubre cuando se produce una situación física extrema o de colapso mental.
Kim Ji-yoon era una de esas personas destinadas a manifestar sus poderes sólo por accidente, pero tuvo la suerte de que yo me percatase de que escondía mucho más de lo que aparentaba y la fiché de inmediato.