35. Nuevas ideas
Nuevas ideas
Los operarios de los viveros pasaron a comunicarse con nosotros en nuestro idioma. Yo hablaba su lengua a la perfección y Ottosson leía sus mentes, así que presumimos que su elección de hacerse entender en otro idioma diferente al suyo, en su propio país, era una muestra de respeto y sumisión.
En el centro de aquellas siete enormes cavidades excavadas en la roca, tan grandes como estadios de fútbol, apiñados como en una cuadrícula hexagonal en dos, tres, dos, se encontraba una cabina.
Era parecida a las usadas en las clínicas para introducir al paciente y hacerle un examen auditivo.
Podían caber tres personas apretadas o una, más o menos confortablemente.
Allí se encontraba un extraño yelmo, conectado por cables a una consola con muy pocos botones.
De la cabina salía un auténtico abanico de cables de gran tamaño, otorgándole, visto desde lejos, el aspecto de un pulpo robot.
Ulf Ottosson, Enlil-Karesh, Sekhem-ren, Aulus Drusus Vindez o como quisiéramos llamarle abrió la cabina con una orden mental (la única manera de acceder al ingenio tecnológico). Sólo un Prelado podía entrar. Antes de encerrarse, me miró.
—¿Te fías de mí, androide?
Yo desenfundé un cuchillo de la muñequera de mi antebrazo y empecé a jugar con él.
—Por supuesto, humano.
Él sabía que mi mente artificial rechazaba la telepatía.
No podía controlarme en modo alguno. Ninguna narrativa me afectaba, lo que quería decir que, si me traicionaba, le cortaría la garganta y acabaríamos enseguida.
Más allá de su poderosísima mente, su cuerpo no poseía ninguna otra habilidad suprahumana.
Contra mí, y más todavía con mi mente dentro del cuerpo de Shuriken, no tenía nada que hacer.
—Os doy vuestro… as en la manga —repasó— y la primera parte de nuestro acuerdo llega a su fin.
—Recuerde la petición de mi hermano.
[Sí, recuérdaselo.]
—Encontrar a Inga Diamandis —dijo sonriendo—, Crisis.
—Así es.
[Es mi sidekick , se lo debo.]
Guardé el arma blanca en su alojamiento oculto.
—O, en su defecto, a Bernard Carón.
La sonrisa se borró del rostro del Prelado.
—Portalus —susurró—, quiero que sepáis, Zephros y tú, que podría llevar un tiempo. Un sondeo psíquico puede ser más rápido que un rastreo satelital de alta tecnología, pero encontrar a un hombre tan escurridizo como ése complica mucho su búsqueda y puedo tardar bastante.
Me crucé de brazos.
—Haga lo que pueda.
El doctor Ulf Ottosson se encerró en la cápsula y pudimos ver, a través del grueso cristal frontal, que se sentaba en una silla y se colocaba aquel extraño casco en la cabeza.
Este mundo era fascinante.
Algunas teorías, como la del solipsismo, apuntaban a que sólo la mente humana era certera y sólo su existencia estaba matemáticamente probada.
Nada fuera de ella podía comprobarse. Debido a eso, toda experiencia sensorial no era otra cosa que una ilusión creada por el cúmulo de conciencias humanas.
Además, por la cualidad dual de ciertas partículas observadas en experimentos cuánticos, variando su naturaleza de onda o partícula en función de si eran o no observadas, algunos filósofos habían desarrollado líneas de pensamiento (como la hipótesis del universo participativo) donde se establecía que nada en el cosmos tenía realidad objetiva hasta que era percibido por una conciencia.
Lo que teníamos aquí era diferente. La propia Humanidad cambiaba su realidad próxima, sin tener ello efecto extraplanetario.
Contemplado de otra manera, lo que ocurría aquí sólo era posible aquí.
Era real, no una ilusión, a pesar de que los efectos imposibles de la conciencia global se disipaban a medida que una mente concreta se alejaba de la Tierra, por ejemplo, en un viaje espacial.
Un suprahumano enrolado en una misión a Marte perdería sus poderes en cuanto se alejara del campo de influencia psíquico establecido en nuestro mundo.
Con su potencial intelectual en esta realidad, la familia Vega podía asociarse con la Agencia Eurofederal del Espacio (ESA) y fletar una nave espacial que llevase tripulantes a cualquier punto del sistema solar con la mejor tecnología disponible en el presente.
Y el viaje sería seguro durante el lanzamiento, en el proceso de escape de la gravedad terrestre y mientras se superaban los cuatrocientos mil y pico kilómetros donde acababa el apogeo orbital de la Luna.
Más allá de esa distancia, si la tecnología no era equiparable al momento de lógica histórica de la Humanidad, podían desvanecerse ciertos avances (como un hechizo de fábula medieval) y comprometer seriamente la misión, porque esa tecnología de ensueño sólo tenía sentido en este mundo de prodigios.
El ser humano podía construir Plastceramix, Nolex y otros componentes en cualquier versión de la realidad.
En función de la narrativa impuesta, puede que antes o puede que después, ya que no eran logros imposibles.
Los pasos lógicos se acababan dando. Primero la lanza, luego el arco y la flecha y, después, las armas detonantes.
Siempre en progresión lógica. Por otra parte, componentes como el nuevo metal creado por el doctor Vega (Nyxium), los circuitos de teletranslación atómica, los principios estructurales de edificaciones modernas, las lentes de anulación de superficie y los superpoderes de las personas metahumanas eran un producto de la narrativa actual, posibles únicamente en el interior del planeta y hasta una distancia no superior a la órbita elíptica de su satélite natural.
Por ello, en este mundo todo era posible mientras existieran los seres humanos.
Eso generaba una sensación de inferioridad indescriptible en un artilugio como era yo.
Por muy sofisticado que fuese, aunque gozase de perfección anatómica y estructural o de un cerebro brillante, nada importaba porque no sólo el viaje por el espacio profundo me estaba vetado, sino que yo no podía modificar la realidad con mi psique.
Envidiaba a este ejército de soñadores que modulaba un mundo donde yo era posible porque yo no podía existir en la narrativa anterior, a no ser que pasaran varias décadas.
En esos minutos, el misterioso telépata estuvo induciendo en los esclavos mentales una nueva idea.
Como el concepto de que Decurión era el más poderoso de los suprahumanos no podía ser puesto en duda, sólo quedaba buscar una puerta al fondo.
Incorporar una debilidad. Un talón de Aquiles.
Sí, Decurión era increíble, un dios entre mortales…
, pero, aun así, se le podía derrotar. La idea fue del anciano Lornias Vega, fan declarado del mejor de los suprAdalides, desaparecido durante la sobrescritura, un suprahumano que antaño había existido únicamente en viñetas y bocadillos de diálogo.
De ese modo, la mejor manera de derrotar al todopoderoso Decurión era por medio de un extraño metal, producto de esa narrativa, el Nyxium, inventado por el propio doctor.
El material del que estaba hecha mi nueva espada.
No se trataba de un mineral procedente de un planeta que hubiera estallado en mil pedazos al otro lado de la galaxia ni era verde y brillante, pero funcionaría.
Mientras aguardaba fuera de la cabina, con aquella pobre iluminación artificial que impedía ver el techo natural situado a casi cien metros sobre nuestras cabezas, me sentía lejos de todo aquello.
Era una miniatura de un juego de mesa en la caja equivocada.
Ni siquiera aquel cuerpo era mío, tampoco sus poderes agregados.
Y mis padres habían sido encerrados en la misma celda improvisada donde ya habíamos metido a Sol Navar.
No había tenido más remedio. La doctora Vega no se fiaba del Prelado y quería obligarle a recuperar la realidad anterior. Estaba obsesionada con ello. A pesar de sus aptitudes científicas innegables, no atendía a razones. Era una fanática de un ideal absurdo.
Ni siquiera su realidad era la original. ¿Había acaso una realidad original?
Su plan consistía en recuperar ese mundo insulso, con ciencia lenta y torpe y sociedades grises y apesadumbradas. Un mundo sin robots ni superpersonas.
Un mundo donde su amado esposo no se hubiera convertido en una aberración.
Y es que, absorbido por la narrativa exterior y doblegada su mente para verse adaptada al lore impuesto, su marido formaba parte de todo aquello.
Como le ocurrió posteriormente a mi propio hermano Zephros, con su mente humana.
Aquella realidad podía con todo. Y le había arrebatado a Christelle Vega lo que más amaba.
Yo odiaba contrariar a mi creadora. Odiaba tener que hacerle aquello. Sin una nueva sobrescritura o el borrado de la presente, el cónyuge de la doctora Vega seguiría perdido, desmemoriado, casi muerto. Era despreciable que yo obrara en contra de su voluntad, pero, por otra parte, debía hacerlo.
Yo quería existir.