34. Cooler
Cooler
Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod & Herocast .
Dirigida y conducida por el generador de contenido Shawn Labianca.
Edición y sonido a cargo de Ferdinand Cortés.
—¿Portalus le llamó? ¿Qué le dijo?
—Recuerdo la conversación como si se estuviera produciendo ahora mismo.
Su timbre tan particular, desagradable. Tanteando el terreno, porque eso era lo que estaba haciendo.
Y yo mordiéndome la lengua, para no soltarle ningún improperio.
No podía precipitarme exigiéndole que me dijera dónde se encontraban, ni él ni, tampoco, Inga.
Debía ocultarle que sabía que mi hermana estaba con él.
—¿Cómo fue?
Me había retirado al despacho del superintendente para firmar mis actas. Lo usaba con frecuencia. Si iba a ser la última vez, probablemente robara alguna botella de cierto caché del mueble bar.
Estaba inmerso en todo aquel farragoso papeleo, con consultas constantes a Gax a través de los intercomunicadores, cuando Portalus me llamó.
Los 4ut0-Phon3 estaban diseñados para que no fuera posible piratearlos en modo alguno, eran imposibles de rastrear y tenían cobertura en casi cualquier circunstancia.
El usuario podía conocer la identidad de quien hacía la llamada sólo si había un enlace por ambas partes.
Obviamente, no se podía hacer con ellos ni un tercio de las cosas que se hacían con otros teléfonos móviles porque su hermetismo era tan completo que la interferencia de otras aplicaciones imposibilitaba el cumplimiento de sus directrices principales, que no eran otras que realizar y recibir llamadas en condiciones de discreción absolutas.
Cuando vi «Portalus» en la pantalla, sentí un hormigueo en el estómago que me duró toda la conversación.
Procuré sonar de todo grado espontáneo y natural.
—¡Portalus, tío! —Me puse en pie. Imposible mantener esa conversación sentado—. ¡¿Dónde te has metido?! ¡Te estaba buscando!
—Sí, ya. Estaba… por ahí.
—¿Estabas por ahí? Joder, de verdad, cómo eres.
Y yo preocupándome. Mira, tenemos un problemilla.
Creemos que el presidente chino podría estar organizando ahora mismo una ofensiva militar contra la Federación y…
—dije lo primero que se me ocurrió— deberíamos volver a hacerle una visita. Ya sabes, hablar cara a cara.
—De acuerdo. Sí.
—¡Eh! ¿Qué pasa? No te veo muy animado. ¿Ha ocurrido algo?
—No. No. Para nada.
Portalus era un tipo seco y parco en palabras. Su falta de gracia era moneda de cambio y, a pesar de eso, le notaba más raro de lo normal a través del aparato.
—¿Estás seguro? Te noto un poco ausente, Portalus.
—No. Estoy bien. Estoy muy bien ahora.
Había algo en su manera de hablar que llamaba al infortunio. No quería temer lo peor, pero no podía evitarlo.
—Vale. Mira, te necesito aquí cuanto antes. Imagínate entrar en el dormitorio de Wang Wei de madrugada. No sé qué hora será allí en este momento. Resultaría muy oportuno. Puedes trasladarte aquí ahora y lo hacemos en un momento. ¿Te parece?
—¿A esta hora?
—Sí.
—Claro. Podría hacerlo. Decurión. Julek.
Su incapacidad para estructurar las frases más sencillas podía ser un síntoma de nerviosismo ante una confesión importante. Como si su cerebro estuviera buscando el modo de encaminar la conversación hacia algo terrible que tuviera que decirme y no estuviera saliéndole como quisiera.
—¿En serio estás bien? —le pregunté.
—Estoy genial.
—Por cierto, le estoy preguntando a todo el mundo: no encuentro a mi hermana por ninguna parte.
No responde a mis llamadas. Y Púlsar, como ya sabes, dejó de aparecer por aquí hace tiempo.
No sé, estoy un poco alterado por esto. No quisiera pensar que se han ido por ahí.
Ya sabes, ellos dos… tuvieron un lío. Me jodería mucho que lo hubieran retomado a mis espaldas.
Ahora, además de ser el jefe de Facción Zero, tengo que gobernar una maldita Federación. Oye, ¿me escuchas?
—Sí. Sí que te escucho.
—¿Sabes algo de esos dos tortolitos? Dime.
—Verás… Yo… quería hablar contigo… En fin… No es fácil.
Ahí venía la confesión. Ojalá me fuera a decir que estaba retenida en algún lugar, a salvo, pero encerrada, incapacitada o lo que fuera. Cualquier cosa menos lo peor.
—Sabes que puedes confiar en mí, Portalus —le dije, animándole con mi tono a que fuera sincero con su mejor amigo, pues ése debía ser mi rol en ese momento—.
No sé si ya te lo he dicho, pero yo… —dije recordando aquellas palabras de Sigmar que tanto me ofendieron y que, casualidades de la vida, en ese momento podía usar en mi beneficio— te considero mi segundo.
Hubo una especie de sonido agudo, una risa nerviosa o una especie de gemido de vergüenza.
—¡Vaya, gracias!
—Así que, venga, deja de hacer el vago y vuelve a La Aguja. Vuelve ya. Estoy en el despacho de superintendencia. ¿Crees que podrías teletransportarte aquí en este preciso instante?
—Decurión… Jefe…, escucha, yo… te agradezco eso que has dicho. Es… maravilloso, pero tengo que decirte algo primero.
—Teletranspórtate y me lo cuentas. Tengo cerveza.
—No. Prefiero decírtelo por aquí.
Estaba tardando más de la cuenta en soltar la revelación y me estaba poniendo nervioso. Podía oler la fragancia del dato vital, desvelado de una vez por todas. No sabía si podría contenerme.
—Vale, colega. Lo que tú quieras. —Mi tono seguía siendo tranquilo—. ¿Qué tienes que decirme? Sabes de sobra que te necesito. Sería capaz de sacrificarlo todo por nuestra utopía, esta utopía que estamos fabricando entre todos. Los suprAdalides auténticos.
—Sí. Es por eso.
—Venga, suéltalo.
—Creo que algunos miembros del grupo no son buenos.
—Aguardé a que se explicara un poco mejor—.
Y habría que… prescindir… prescindir de ellos, pero yo creo que, seguro que tú me sigues, ellos saben demasiado y eso.
Saben mucho. Y tal… ¿No? No es cuestión de decirles que se vayan. En plan, despedirlos. Eso no.
Cerré los ojos con infinita paciencia. Le estaba viendo venir desde kilómetros de distancia.
—Es como dicen en la tele…, silenciarlos. Silenciarlos por el bien de nuestra causa, ¿vale?
—Silenciarlos, ¿eh? Podría plantearme eso que dices. Es un poco fuerte. Aunque… se puede meditar.
—¿Entonces, crees que es buena idea?
No debía ponérselo demasiado fácil o sospecharía. Entrados en materia, era mejor seguirle el juego a cierta distancia.
—Deberíamos discutir la mejor forma de hacerlo, Portalus. ¿Qué me dirías si te propongo organizarlo todo con unas copitas? ¿Podrías aparecer aquí ahora, amigo mío?
—Mira, yo… Creo que Púlsar… no merece…, creo yo, al menos, no es alguien a quien podamos…, quiero decir, que no tendríamos que permitirle…
—No se lo cuentes a nadie, Portalus, pero llevo tiempo queriendo ultimar a ese idiota. ¿Sabes dónde está?
Se aclaró la garganta al otro lado de la línea. Intenté escuchar algún sonido que viniera del exterior, algo que me indicara dónde podría encontrarle, en algún núcleo urbano o un entorno natural. No capté nada.
—Me alegra oír eso —dijo, al fin—. Yo creo que deberíamos hacer un poco de limpieza en el equipo.
Reí con toda la jovialidad que pude teniendo en cuenta que no me hacía la menor gracia mantener aquella conversación.
—¡Por Dios, Portalus! ¿Tan pronto?
—Sí. Decurión, es que no puede ser. Hay que actuar hoy.
No estás siendo todo lo objetivo que deberías.
Yo te aprecio y sé lo que podrías llegar a hacer.
He visto esos vídeos y… te he visto en persona.
Eres… el guía del nuevo mundo. Y yo tengo la obligación de hacerte las cosas más llevaderas, ¿comprendes?
Quiero que te enfoques en tus responsabilidades.
En llevar a este mundo a su máximo nivel de esplendor.
Hacia esa era de prodigio y maravilla. El mundo de los suprahumanos.
—Sabía que podía confiar en ti. Que eras mi chico. ¡Vamos, Portalus, ven! Quiero darte un buen abrazo.
—Predadora es una perra. Hay que expulsarla. Se porta bien conmigo, sí, lo que ella no se figura es que detecto ese tonito despectivo cuando me habla, cuando me mira. Y luego está la nueva que, te lo digo abiertamente, no es de fiar. Creo que oculta algo.
—Nos ocuparemos de ellos. Poco a poco. Ahora déjate de tonterías y preséntate aquí. Empiezo a perder la paciencia.
Debía empezar a exhibir autoridad. Para poder seguir haciendo creíble mi papel, tenía que ponerme serio.
—Y tu hermana, Dec. —Por fin se atrevía a mencionármela—.
Tu hermana no… no se merece… —Aguardé a que concluyera su comentario, estrujando el aparato un poco más de la cuenta y ocasionándole una grieta que recorrió la pantalla de arriba abajo—.
No te enfades, por favor —dijo, casi lloriqueando, como un niño que ha hecho una trastada y acaba de ser pillado por su padre.
—No me enfado —le mentí.
—Tu hermana no merece ser miembro del grupo.
La imagen de mi padre, con toda la tripa encharcada en sangre, empezó a troncharse de risa en un sofá que había en uno de los anexos de la sala. Se reía y aplaudía, en completo silencio. Igual que una película muteada.
—Lo sé —dije, con los dientes muy apretados—. Estuve a punto de despedirla hace meses.
—Y quien no merece estar… con nosotros, a riesgo de que se vuelva contra el grupo…, ha de ser silenciado.
—Yo me encargaré. —En un movimiento reflejo me mordí el labio inferior y lo hice sangrar casi en el acto—. Tráela aquí y yo mismo haré lo que tenga que hacerse.
—No. No hace falta. Ya me he encargado yo.
Mi padre se desmuteó y oí sus carcajadas a máximo volumen. Reverberaban por todo el despacho. Imágenes estroboscópicas de su rostro se proyectaban en paredes y techo y daban vueltas en torno a mí, acompañadas de una horrible musiquita de circo.
—¿Dónde está Crisis, Portalus? ¿Dónde está mi hermana?
—Te estás enfadando.
—No me estoy enfadando. —Ya se me empezaba a notar que estaba fuera de mis casillas.
—Decurión. —Su voz me producía náuseas y no fui capaz de decir nada durante algunos segundos—. ¡Decurión!
—¡¿Qué?!
—Fue muy rápido —dijo con voz comprensiva—. No sintió nada de nada.
Mi sangre se tornó fuego bíblico, a punto de salirme por ojos y boca. Mientras, él seguía hablando y hablando.
—Sé que no podrás agradecérmelo hoy…, pero, aun así, estoy seguro de que en el futuro entenderás lo que he hecho por ti. Algún día me lo agradecerás, cuando lo comprendas.
Mi padre se tiró al suelo, golpeándolo con la palma abierta, enloquecido de risa.
La música de circo ascendía en decibelios y las imágenes estroboscópicas giraban a toda velocidad provocando extraños efectos de animación tradicional, haciendo que el rostro de mi padre explotara y volviera a formarse.
Caí de rodillas. Un líquido ácido y urticante brotó de uno de mis ojos y me recorrió la mejilla.
No tenía fuerzas. El ardor interior me abrasó como una granada de fragmentación explotando en mis entrañas. Con el teléfono en la mano, arqueé la espalda hasta golpear el suelo con la frente, como un musulmán rezando a su dios.
Y allí, tirado en el suelo como un niño con su tren eléctrico, volví a colocarme el 4ut0-Phon3 en el oído.
—Portalus —dije, casi sollozando—, ven ahora.
—Es mejor que espere un tiempo.
—Portalus, voy a encontrarte. Te lo juro por lo más sagrado. Voy a localizarte, iré a por ti y voy a hacerme un puto cuerno de hidromiel con tu cráneo. Teletransportaré tu alma automáticamente al Infierno.
Empecé a escuchar sollozos al otro lado de la línea. Ruiditos de sorber mocos y lamentos ahogados.
—Lo hice por ti —acertó a articular por el auricular, entre patéticos gimoteos.
Habíamos llegado a una situación conocida en el póker como cooler , donde dos jugadores que hubieran llevado la partida de forma óptima lograban sendas manos prémium, con las que no se podían retirar, sino ir a tope hasta el final.
Y así era entre nosotros dos. No se podía apostar más, era el momento de enseñar las cartas y comprobar quién tenía las mejores.
—Eres el mejor escondiéndote como una rata —pronuncié «rata» con los dientes apretados de furia—. Hazlo, Portalus, ocúltate, porque cuando te encuentre…
—Decurión, yo te quie…
Colgué la llamada y sentí el ardor de cada lágrima, las acometidas de la furia y la frustración, las olas de mi oscuridad interna golpeando en el rompiente de mi consciencia. Y, con todo, no destrocé ni un solo objeto del mobiliario.
Una parte de mí murió ese día.