SuprAdalid 33. Nuevos planes #3
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33. Nuevos planes #3

—Un poco estimulante sí que es esto de matar humanos. Tiene un no sé qué difícil de describir. Por otra parte, preferiría ir más deprisa y ahorrarme todo esto.

Fui con la cabeza en una mano y la espada en la otra al siguiente despacho. Había un letrero donde ponía Os ’dzin gnyis pa . En dzongkha venía a significar «Segundo al mando». Acabábamos de salir del despacho del tshod mi , el director.

Realmente esperaba no tener que ascender a mucha gente.

Le pegué un patadón a la puerta y la eché abajo. Me encontré con una señora mayor con muchas canas y enormes gafas.

—Grite o mueva un músculo y perderá la cabeza —le advertí antes de tirarle la de su jefe, que ella recogió entre las manos al rebotar en su pecho—. Ahora es usted quien manda aquí.

Ella arrojó la cabeza sobre la mesa y, con las manos y el escote llenos de sangre, estuvo a punto de emitir un chillido. Yo me apresuré a recorrer la distancia de un salto y colocarle el filo de la espada en el cuello.

—No grite. Ya se lo he dicho.

—Ninguno de nosotros manda aquí —respondió, aterrorizada.

—Lo sé, cumplen órdenes de los Prelados.

—En efecto.

Otra vez la misma historia. La conversación me generaba déjà vu .

—Vengo de parte del Prelado Enlil-Karesh, ahora encarnado en la figura del doctor Ulf Ottosson. ¿Le suena de algo?

Ella puso cara de oler algo repugnante.

—¡No! Jamás hemos oído sus nombres. Ni siquiera los hemos visto.

—Afirmativo. Ya sé lo que viene ahora, señora, así que se lo explicaré.

Yo le digo qué tiene que hacer, en nombre del último Prelado, y usted lo hace y todo va fenomenal…

o… se siente intrépida y exige una orden mental y yo tengo que llevarle al siguiente, el tercero al cargo o como se denomine ese puesto en su jerarquía, dos cabezas cortadas.

—Dejé que lo meditara un momento—. ¿Qué va a ocurrir, señora mía?

Mi hermano tenía las mismas manos que yo.

Manos grandes, de dedos largos y robustos.

Podía cargar, cogidas por los cabellos, hasta siete cabezas sin que quedara ridículo ni le fuera molesto, siempre que tuvieran melena, pero aquí todo el mundo, por lo visto, llevaba el pelo corto, así que, después de tres cabezas, tendría que emplear una bolsa para trasladarlas y, las cosas como son, aparte de embarazoso, no produciría el mismo impacto visual.

Aparté el filo del cuello de la señora, preparándome para el tajo de la decapitación.

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó ella.

—Fabuloso. Buena respuesta, siga así. De entrada, organice una reunión con quienes trabajan aquí.

Todo el mundo. Y, luego, dígales que necesitaré un equipo de hombres para que salga fuera y desembarque de nuestra aeronave un dispositivo desmontado de alta complejidad.

Lo trasladará aquí y yo me encargaré de montarlo.

—¿Un… dispositivo?

—Un portal dimensional. Nada que vaya a afectarles mucho a ustedes.

Aunque es una pasada si contemplamos el artilugio desde una visión científica, así que comprendería que se asombrara.

Sería muy normal. El problema es que vamos fatal de tiempo, así que podría ir asombrándose mientras llama a todo el mundo y monta esa reunión, ¿le parece?

Se quedó callada mientras me hacía caso. Sin dejar de contemplar la cabeza que estaba sobre la mesa, tiñendo de rojo unas carpetas que habían sido azules y alternando esa visión con la de mi espada nueva, tecnológica y reluciente.

Nos llevó dos horas organizar a la gente, otras dos horas trasladar el artefacto y tres más para montarlo y prepararlo todo.

Para nuestra desgracia, durante esas siete horas de preparativos, algunos operarios dieron problemas.

La propia subdirectora aprovechó un instante para emplear un revólver que sacó de alguna parte. Tuvimos un poco de todo.

Y sí. Hubo que cortar por lo sano. Fue rápido, la verdad. Nueve cabezas en total, la Reina de Corazones de Lewis Carroll se moriría de envidia.

Después de todo aquello, los que quedaban se portaron bien.

Yo empezaba a pillarle el gusto a eso de exterminar mamíferos erguidos; aun con eso, agradecí que se acabara la violencia.

Y, cuando el portal ya estaba montado y enchufado, lo pusimos en marcha para comprobar de inmediato que su gemelo también se encontraba encendido.

No vimos el laboratorio del Proyecto Caribdis, tan sólo aquel caldo de color vómito.

Entonces apareció el doctor Ulf Ottosson o Enlil-Karesh, con su cuerpo actual.

—Funciona —dijo.

—Por supuesto que funciona.

Metiéndose en las cabezas (todavía pegadas a cuellos) de todos los operarios allí reunidos, les hizo comprender que era un Prelado. Nada como un pensamiento inducido mentalmente para convencer a la gente.

Les comunicó que era su superior y lo aceptaron enseguida. Sin verbalizarlo. Con asentimientos y otros gestos de sumisión. El telépata los tenía a su merced.

—Quiero ver a mis quinientos mil durmientes —dijo con su voz, no con su mente—. Hay algo que deben creer.

Yo sentí la tentación de introducirme en el portal y comprobar el estado de la doctora y su padre. Considerarían todo aquello un error. Un riesgo enorme. Y una traición.

Al final, no me moví del Himalaya.