33. Nuevos planes #2
Las instalaciones de los viveros eran inmensas.
Como estadios de fútbol bajo un techo montañoso, conectados entre ellos, con los graderíos y las zonas de césped repletos de cápsulas de mantenimiento que albergaban a los durmientes.
Personas de todas las edades que habían sido conectadas, desde su nacimiento, a su cápsula designada, vivían vidas completas allí.
Dormidas plácidamente. Soñaban con el mundo, con el modo en que debía ser.
Y sus creencias bastaban para amoldar la realidad a sus nuevas líneas de pensamiento.
Hacían real cualquier concepto, desde el descubrimiento de nuevos continentes hasta la aparición de superhombres.
De por sí, no tenían imaginación: hacía falta un telépata que ingresara ideas o parámetros en aquellos cerebros-esponja.
Cuando alguno moría, se elegía al azar el ADN de dos durmientes y se mezclaba por computadora, diseñando un nuevo ser humano que se creaba mediante técnicas de clonación, aunque no se trataba de clones, estrictamente hablando.
Sin voluntad, sin libre albedrío. Por no ser conscientes de lo que les ocurría, no eran conscientes ni de su mera existencia. La peor de las esclavitudes.
La paradoja era que aquellos esclavos mentales gobernaban al resto de la especie diseminada por el planeta, que se amoldaba a las realidades que estas quinientas mil almas humanas confeccionaban mediante el pensamiento.
Quien insertara ideas nuevas en ellos era un dios.
Y, en ese momento, sólo teníamos uno, que supiéramos.
Había un puñado de operarios yendo de aquí para allá, pendientes de tareas rutinarias.
Los inmensos cables, del grosor de piernas humanas, recorrían los huecos entre cápsulas, conectándolas entre sí.
Esta organización secreta respondía a las órdenes de los Prelados.
Y, como nos habíamos asociado temporalmente al único que quedaba, en teoría, este sitio pronto sería nuestro.
Además, no disponía del típico ejército corporativo, fuertemente armado. De hecho, no existía seguridad. Este lugar estaba protegido por la mismísima Estela de Molay. No había mejor defensa posible.
Al menos, hasta que una sombra indetectable atravesó de parte a parte a la señora en cuestión y esta organización se quedó huérfana de lores y maestros psíquicos.
De sombra en sombra, en un entorno pobremente iluminado, comprendimos, por el tamaño y la ostentación de los despachos que había en las zonas corporativas, quién era el jefe, director, supervisor o como hubiera que llamar a la persona encargada de administrar aquello.
En este caso, un señor de baja estatura de rasgos orientales y ojos muy verdes.
Aparecí de repente de debajo de su mesa y empujé su silla de oficina hasta empotrar al hombre contra la pared. Le puse la punta de la espada bajo la barbilla.
—Grite o mueva un músculo y perderá la cabeza —dije, en dzongkha, el idioma de Bután, con la voz del ninja más temido del mundo—. ¿Es usted quien manda aquí?
El hombre tragó saliva antes de ponerse a tartamudear.
—No exactamente —dijo, aunque tardó varios segundos en decirlo del todo.
—Lo sé, cumple órdenes de los Prelados. —Me cansé de esperar a que el tipo me respondiera—. ¡¿Sus superiores son los Prelados o no?!
Le clavé la punta de la espada bajo la región submandibular. Sólo unos centímetros.
—¡Responda!
—¡En efecto, sí, lo son!
—¿Qué Prelado en concreto les da las ordenes?
El hombre se puso a hacer aspavientos.
—¿Cómo quiere que lo sepa? —lloriqueó—. Yo no lo sé. Se lo ruego, no me mate.
Un cálculo sencillo de hacer. Muchos jefes de organizaciones criminales manejaban los hilos sin mostrar su cara ni una vez. El peón avanzaba por el tablero sin mirar al rey al que servía.
—Nunca los ha visto, de acuerdo —dije repasando todas las opciones—. Las órdenes o indicaciones, cuando las hay, porque este lugar parece autoabastecerse perfectamente, le llegan a usted a través de la mente. ¿Me equivoco?
El señor me contempló como si fuera un completo extraterrestre.
—No se equivoca.
—Bien. Supongo que ninguno de ustedes ha sido puesto al tanto del asesinato en serie de todos los Prelados. Una especie de guerra civil telepática. ¿Le han informado mentalmente?
Arrugó tanto el ceño que sus ojos estuvieron a punto de desaparecer.
—¿Cómo? ¿Guerra telepática? ¿De qué está hablando?
—Ahora nuestro Prelado es el único que queda. ¡Oh, da igual! Traemos órdenes procedentes del que ahora es su único dueño. El Prelado Ottosson. ¿Las obedecerá?
—¿Y por qué no me comunica mentalmente él mismo esas órdenes? —De repente, el hombre parecía muy aguerrido—. Sé quién es usted. No podrá con ellos, Zero —lo dijo casi escupiendo.
Se había operado un cambio en el sujeto. Era como si todo el miedo que yo pudiera provocarle no fuera nada en comparación con la clase de cosas que los telépatas podían hacerle. Yo le aterraba, pero no lo suficiente.
—No va a obedecerme, ¿no? —Le puse una rodilla sobre el pecho para impedir que se moviera un ápice.
—No puedo hacerlo, señor.
—¿Cuántos jefes hay aquí?
—No es asunto suyo, señor.
—Ojalá dispusiera de mayor margen de tiempo, para razonar y convencerlos diplomáticamente. Lástima.
Me aparté de él. El hombre se tambaleó, pero pronto se enderezó ayudándose de la pared. Se quedó allí, pegado a ella. No hizo nada, salvo aguardar a ver qué venía a continuación.
Con un movimiento tan rápido que ni yo mismo lo vi, le hice un corte en el cuello con la espada de izquierda a derecha.
La expresión del hombre cambió y la cabeza cayó como un balón que no lograra encestar.
La agarré por el pelo antes de que tocara el suelo y me aparté, evitando por segundos el géiser de sangre que lo puso todo perdido.
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