33. Nuevos planes
Nuevos planes
Debía reconocerlo, era una sensación embriagadora.
Mi cuerpo original era poderoso y muy pesado, haría falta que un autobús me embistiera a cien kilómetros por hora para quitarme del sitio.
Moverlo me daba sensación de autoridad, de puro poder.
Sin embargo, ocupar la mente consciente de Zephros fue algo completamente diferente.
Estaba más allá de la agilidad y los reflejos, era veloz a unos niveles impensables para mi organismo robótico.
Estaba todo aquel conocimiento relacionado con el combate físico y las armas arcaicas y, por encima de cualquier otra cosa, esa manera de fundirse con las sombras para recorrerlas a la velocidad de la luz (a la velocidad de la oscuridad) y la manera de reconfigurar la superficie reflectante de su cuerpo y las ropas que llevase para que las partículas lumínicas las atravesaran en ciertas circunstancias, lo que permitía estar allí, sin estar allí, hablando en términos de física aplicada.
Para que la influencia psíquica exterior no afectara a la mente de Zephros y se perdiera en la identidad conocida como Shuriken, mi hermano debía permanecer como una suerte de subrutina informática.
Yo controlaba el cuerpo (su cuerpo), pues mi mente robótica no podía ser alterada por la mitología psíquica impuesta por la nueva realidad.
Mi verdadera carcasa física permanecía en los laboratorios del Proyecto Caribdis.
Por nuestra composición ciberneuronal, Zephros y yo podíamos conectarnos mentalmente y, como a mí me gustaba decir, «llevarnos de paseo».
Y eso nos permitía ir juntos sin que la narrativa del entorno nos afectara.
Por compararlo de algún modo, el cuerpo de Shuriken, con sus poderes aumentados por el lore de este mundo, era como un coche de rally , yo era el conductor y Zephros, mi copiloto.
Como Zephros podía emplear la memoria de Shuriken (cosa que no terminábamos de saber si funcionaba en sentido contrario), sabíamos exactamente dónde se encontraban los viveros, ya que él había estado allí anteriormente.
—Siempre pensé que se trataba de una leyenda urbana —dije en voz alta, mientras pilotaba el Skyzenith a toda velocidad por encima de los picos blancos del Himalaya—. Me refiero a los viveros.
[Pues vas a comprobar que no lo es.]
Dijo él, desde el fondo de ese cerebro suyo que ahora yo parasitaba.
La simple idea de que unos humanos hubieran encerrado a nada menos que quinientos mil durmientes de su propia especie, manteniéndolos allí en un coma perpetuo, alimentados mediante sueros y obligándolos a creer en cosas, me parecía de tal inhumanidad que merecía la pena que los asteroides colosales del cosmos se fijaran en este diminuto punto azul y acudieran corriendo a estrellarse.
Era monstruoso.
Y no había sólo psíquicos inmortales malvadísimos implicados en la historia, sino también cientos de técnicos y operarios que mantenían las cápsulas de los creyentes dormidos a pleno rendimiento, personas que sabían lo que estaban haciendo, que conocían el horror del que formaban parte y seguían ejerciendo sus trabajos como si nada.
¿Qué demonios les pasaba a estos simios autoconscientes?
—¿Qué pensaba hacer Shuriken? —pregunté a mi hermano mientras me iba acercando al punto que había marcado en el GPS.
[No lo tenía claro, pero quería liberar a toda esa gente, del modo que fuera.]
—Pero no tenía un plan.
[No.]
Resultaba extraño hablar de Shuriken como el extraño que era para nosotros dos.
El ninja definitivo de Facción Zero. Todo un mito.
Demonios, Shuriken era uno de los miembros fundadores de aquel supergrupo.
Una personalidad que mi hermano adoptaba al entrar su mente en contacto con la escritura psíquica de esta realidad.
Y no lo queríamos para nada en este momento.
Zephros no llevaba tanto tiempo fuera de casa, pero la narrativa le había añadido un trasfondo retroactivo de varias décadas de experiencia.
Shuriken. La leyenda más misteriosa que podía encontrarse en ese mundo lleno de dioses antropomorfos.
El suprAdalid más honorable e incorruptible que había existido.
Por supuesto, no se trataba de un ser humano. ¿Qué nos decía eso?
El recuerdo de Shuriken acercándose a Estela de Molay sin que ella le detectara, y de cómo el ninja definitivo le atravesaba el corazón con su espada, sin miramientos, lo retenía Zephros.
Y había compartido conmigo hasta el último de sus pormenores a través de un paquete de datos sensorial.
Al parecer, el cuerpo de aquella momia telépata seguía pudriéndose en un cuarto de la mansión. Al menos, en teoría.
[¿No has sentido una punzada?]
La voz de mi hermano, resonando en mi mente, no fluía a través de los tímpanos de silicio y durusita insertados en el oído, sino dentro del propio lóbulo temporal artificial.
Si aquellos psíquicos podían hablarles a las mentes de sus congéneres a través de su telepatía, sin duda sus mentes sonarían como la voz de Zephros.
A fin de cuentas, el cerebro que estábamos usando era el suyo, aunque aplicáramos el sistema operativo Andros.
—¿Una punzada? ¿Te refieres a la doctora Vega?
[Nuestra madre, Andros.]
—En un estricto sentido técnico, no deberíamos llamarla así. Ahora bien, respondiendo a tu pregunta, sí, he tenido que luchar contra un millón de algoritmos y de programación interna. Ha sido… una puta mierda.
Entrar en la esfera adimensional donde se encontraba la residencia de la psíquica Estela de Molay fue del todo inesperado.
Sin transición ni explicación lógica alguna, pasé de contemplar un entorno montañoso nevado a sobrevolar un vergel lleno de vegetación, con animales en relativa cautividad y una mansión de estilo colonial en el centro de varias hectáreas de un paraíso terrenal. Imposible. Y cierto.
[Te dije que era impresionante.]
—No acabo de computar cómo funciona.
[Estos durmientes creen y, enviando su señal cerebral, pueden, junto al resto de la Humanidad, moldear la realidad.]
—Conforme. Es invariablemente injusto que un animal pueda hacer eso.
Aunque disponga de abecedario y faldas a cuadros negros y rojos.
Me encantan esas dos cosas. No obstante, no es la especie de por sí la que lo hace, sino su capacidad de conectar la señal de emisión de sus cerebros en la frecuencia del Vínculo Akáshico.
Habiendo hecho eso, lo demás es fácil. Y si disponen de doce guías psíquicos, quince o los que sean, lograrán cualquier cosa.
»¿Sabes que, trabajando en la obra de nuestras propias instalaciones, la doctora Vega y yo descubrimos huesos de un Deinonychus de una antigüedad de veinticinco mil años?
[¿De veras?] [No tiene sentido.]
—Tú ya habías salido al mundo. Estabas en misión de infiltración, convirtiéndote en Shuriken.
Y sí. Hallamos un bicho del Cretácico. Y te garantizo que las mediciones de datación fueron correctas.
Había dinosaurios hace veinticinco mil años, hermano.
Y el Homo sapiens ya andaba por ahí, tirándoles ramas afiladas a los animales más pequeños que él, siendo una criatura eminentemente nocturna porque su bolsa escrotal no era del tamaño adecuado como para salir de día de sus cavernas.
Y he pensado que, llámame artefacto defectuoso si quieres, quizá fuera entonces cuando se produjera la primera sobrescritura de la realidad.
Y un buen día, esos Homo sapiens despertaron, cuando varias de esas tribus formaron el número concreto que hacía falta, creyendo firmemente en las indicaciones que les insertó en la cabeza algún telépata troglodita, y descubrieron que los dinosaurios que quedaban…
en realidad ya no quedaban. Que habían desaparecido hacía mucho tiempo.
Que ya no los hostigarían más. Y encontraron su oportunidad para salir de sus cuevas y… conquistar esta roca en el espacio.
Aterricé la aeronave y descendí, pertrechado como el ninja de Faccion Zero, con el rostro oculto y, encerrada en su vaina a mi espalda, una nueva espada forjada por nuestro as en la manga.
Los accesos secretos a las instalaciones subterráneas donde se encontraban los viveros estaban tan bien camuflados que, en realidad, Shuriken no los había descubierto.
Si había logrado llegar hasta esas galerías ocultas se debía a que su capacidad para sumergirse en las sombras le permitía atravesar barreras físicas infranqueables.
Era como tirarse a una piscina climatizada en un hotel de lujo y, tras un buceo por las profundidades, aparecer en un charco en el exterior.
No permitía aparecer en cualquier sitio, no era teleportación en el sentido estricto de la palabra, sino más bien una corriente fluvial.
Si las sombras de un pasillo podían conectar las puertas de dos habitaciones bien diferenciadas, Shuriken podía recorrer la distancia de modo casi instantáneo.
En los sótanos de la mansión, ahora en manos de la naturaleza, con nidos de pequeños mamíferos en el interior de los armarios y una cocina convertida en la guarida personal de una manada de gatos malintencionados, la ausencia de luz jugaba a nuestro favor.
Acceder desde ahí hasta los techos de las instalaciones subterráneas fue un suspiro.
La inmersión en las sombras era extraña.
Zephros y yo, en el cuerpo de Shuriken, atravesábamos la materia en un estado de superposición atómica (en esencia, pasábamos a convertirnos en nada, pura y genuina no existencia) y, al surgir a un entorno iluminado, se producía un colapso que permitía la solidificación de ese cuerpo en un sentido cuántico.
Como un electrón atravesando una doble rendija, actuando como onda o partícula en función de las condiciones del experimento.
Demencial.
La doctora Vega no había tenido nada que ver con ese poder al construir a Zephros. Había sido la conciencia global de la Humanidad, al integrarlo en su narrativa. Si un hombre podía ser un suprAdalid, un robot con mente humana podía ser… el mejor suprAdalid.