SuprAdalid 32. El guardián de mi hermano
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32. El guardián de mi hermano

El guardián de mi hermano

Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod & Herocast .

Dirigida y conducida por el generador de contenido Shawn Labianca.

Edición y sonido a cargo de Ferdinand Cortés.

—¿Consideraría usted a Portalus como su archienemigo?

—Un archienemigo es alguien al que te enfrentas de cuando en cuando.

En el mundo real, los villanos no acaban encerrados en prisiones especializadas en metahumanos de las que luego se fugan para organizar nuevos desastres.

Por otro lado, ¿cómo detener e interrogar a alguien que no puede ser aprisionado?

—Cuéntemelo usted.

Cada cierto tiempo una idea me cruzaba la mente. Un pensamiento perturbador. Mi hermana cortada en dos. Una parte en Singapur y la otra, en Nueva Zelanda. Mi padre riéndose de mí con el cuchillo de cerámica roto clavado en las costillas.

Mi hermana, con las habilidades suprahumanas de Crisis, era más poderosa que Portalus.

Un único golpe suyo y acabaría con todo.

Sabía volar y su cuerpo era antibalas. Portalus, por su parte, podía conducirla a un lugar hostil (sin oxígeno, a temperaturas extremas, con presión letal) o, como ya había hecho, trocearla, abriendo portales en torno a ella y luego cerrándolos.

A traición, Portalus podía matar a cualquiera.

Lo bueno y lo malo de todo aquello era que Portalus no era ningún genio.

Su brillantez podía compararse a la de un koala.

Engañaría a Crisis por un tiempo, pasado el cual ella se temería lo peor y haría algo.

Reaccionaría. Ese cretino carecía de la capacidad de encadenar o retener a Inga en una estancia. No podría.

Yo no tenía más remedio que imaginar que quizá Inga ya se había percatado de la trampa y ya se había encargado de Portalus. No habían pasado ni veinticuatro horas. Crisis podría estar sobrevolando el océano Atlántico de vuelta a casa. Pensar en eso me mantenía cuerdo. Debía confiar en ella.

Y, por alguna razón, siendo esa teoría factible…, algo en mi interior me decía que no era eso, por desgracia, lo que había ocurrido.

De confirmarse mis peores temores, yo habría fracasado en mi tarea de protegerla. La promesa que le hice y que había cumplido hasta el presente día.

A las dos de la madrugada aproximadamente, cuando me estaba tomando un café, con la sala de monitorizaciones registrando diferentes cuadrantes y un tercer turno de operarios enfrascados en la tarea de olvidarse de todo lo demás y continuar la búsqueda de Crisis y Portalus, llegó Sigmar.

Y venía con Gilbert Grimaux.

En cuanto el célebre superintendente del Espolón entró en la sala, todo el mundo se giró para mirarle. Pude ver las expresiones de admiración y alivio en aquellos rostros. Si él regresaba, todo iría bien. Ésa era la confianza que inspiraba en sus subordinados. No era un jefe, como yo. Era un líder.

Hasta yo sentí algo. A veces no se precisan poderes extraordinarios, sólo seguridad en uno mismo y carisma.

—Te dije que necesitaríamos toda la ayuda posible —se justificó Sigmar—. Y él es el mejor.

No podía negarlo. Los operarios coaccionados del Espolón no trabajarían igual bajo mis órdenes que bajo las suyas. El Espolón era un tentáculo independiente. El gobierno eurotano jamás tuvo dominio sobre la organización. Y el Supragobierno no iba a ser la excepción.

—Lo comprendo —dije, mientras me quitaba la máscara—. Bienvenido, Grimaux.

—Diamandis.

El trato, sin la máscara puesta, debía ser «señor presidente». Yo sabía de sobra lo rebelde que había sido este hombre desde siempre. Por encima de él estaba Dios y nadie más.

Podía aguantar cierto rango de insubordinación. Por no hablar de que, para él, seguramente mi ascenso al poder había sido del todo ilegal y no reconocía mi presidencia. Qué le íbamos a hacer.

—Quiero al Espolón operativo —exigió, sin mayor dilación—. A mis agentes activos y a todo el personal no enmascarado de La Aguja a mi mando. El Espolón —hizo una pausa dramática— es mío.

—Conforme.

—Firma los documentos y hazlo oficial. Estaré esperando en la cafetería de la planta. En cuanto todo esté oficializado, me pondré en marcha.

—¿Qué puedes hacer?

Grimaux echó un vistazo a las enormes pantallas que cubrían la pared hacia la que estaban orientadas todas las mesas de los técnicos de operaciones.

Colocados como estábamos en un anfiteatro a cierta altura, podía verse todo.

Se acercó a mí y señaló una pantalla con un mapa que indicaba mediante gráficos muy sencillos las áreas registradas.

—No puedes reorientar los satélites modelo Pretor —dijo, como un examinador de autoescuela que primero te suspende y luego te explica por qué— sin que las demás naciones lo sepan.

Detectan cuándo los mueves y pueden adivinar que se está dando una situación inusual en nuestra Federación.

Si diriges sus lentes hacia naciones extranjeras, ocasionarás un conflicto internacional inmediato.

Sería como abrir las puertas de los silos de misiles intercontinentales. Se darán cuenta al momento.

—Ya.

—Bien, pues yo sé cómo hacerlo para mirar sin que lo sepan.

—¿Puedes hacerlo? ¿Lo has hecho ya?

—Sí —respondió, dejando en el aire si estaba respondiendo a una pregunta, la otra o las dos.

—Me gusta la idea, Grimaux. Portalus podría estar en cualquier lugar.

Él se ajustó la corbata con una mano y se desabrochó el botón de la chaqueta con la otra para sentarse a continuación al lado de un operario. Ambos se miraron con una sonrisa.

—Buenas noches, Marcus.

—Buenas noches, señor superintendente.

—¿Qué tal están los pequeños? ¿Ha conseguido Alexander que le fiche el Nordhausen juvenil?

—¡Sí, señor, lo consiguió! Va a chupar mucho banquillo, eso también se lo digo, pero está dentro. Lucirá la camiseta verde y negra la temporada que viene. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Me alegro, saluda de mi parte a Roxanne. Activa un protocolo Rottweiler. Utiliza el código 34T6YDF y avísame para más instrucciones.

El técnico asintió y se puso a teclear como un loco.

Grimaux se levantó para colocarse a mi lado y volvió a abrocharse el botón de la chaqueta.

—Es mi gente, Diamandis. Jamás estarán del todo a tus órdenes. Y nadie conoce mejor mis juguetitos espaciales que yo.

—Lo sé. Y quiero que sepas que me alegro de tenerte aquí.

Me sostuvo la mirada, implacable.

—Quiero que modifiques los accesos de todo el edificio —requirió—.

Como estaban antes. Quiero mi antiguo despacho.

Si tus Zeros desean acceder a áreas privilegiadas, deberán solicitar el debido permiso.

Quiero todo eso firmado antes de una hora.

Esperaré confirmación en la cafetería. ¿Siguen sirviendo esos burritos de pollo con beicon crujiente y salsa de yogur?

—No estoy especializado en venenos, Grimaux.

—Ah, antes de seguir. Esto no va a ser rápido.

No esperes milagros. Buscar a dos personas por todo un planeta es como encontrar un resquicio de moralidad en un Parlamento.

Podemos revisar una zona y no hacerlo en profundidad a través de diferentes niveles de superficies opacas o mirar en el sitio justo en la hora inoportuna y pasar de largo.

Sólo registrar visualmente un edificio de veinte plantas puede llevarnos cinco minutos y hay más de un edificio en el mundo.

¿Entiendes que esto puede llevarnos un día, una semana, un mes, un año o una década?

Debía aguantar aquello. Toda esa arrogancia se la tenía guardada desde que ordené su expulsión, antes del golpe de Estado.

Fue… un detallito muy feo por mi parte. Ahora Gilbert Grimaux quería gozar de la nueva situación.

Yo le necesitaba, no al revés. Hurgaría en la herida todo lo que pudiera y pararía sólo para escucharme decir gracias.

—Haz todo lo que puedas —le dije.

—Pues firma esos malditos documentos y sal de mi sala. —Se quedó allí parado, en pose altiva, como si fuera capaz de hacerme morder el polvo en el supuesto de que estallaran las hostilidades. Sin ningún miedo. Crecido como un titán—. Ya, señor presidente, ahora mismo.

Le guiñé un ojo con malicia.

—Cuidado, Grimaux —le advertí—. Por favor te lo pido.

Y salí de allí, convencido de que no me quedaba otra manera de arreglar las cosas.

Fue salir de la gran sala y Sigmar me alcanzó, interponiéndose en mi camino.

—Era lo mejor, Julek —dijo, justo cuando se oyeron aplausos dentro de la gran sala de monitorización, un clamor tal que traspasó las puertas cerradas, tras lo cual Sigmar se quitó la máscara y la estrujó un poco entre sus manos—. Somos más fuertes con él de nuestra parte.

Yo continué caminando por el pasillo. La ovación incluía muchos silbidos y gritos de todo tipo. Grimaux debía de estar disfrutando de su triunfo.

—Cierto —secundé—. Y con Portalus también éramos muy poderosos. —Comprobé por encima del hombro cómo reaccionaba al escuchar aquello mientras me seguía—. Y fíjate en lo que acabó pasando —concluí.

—La encontraremos —garantizó. No parecía decirlo como consuelo hacia mí, sino convencida de que ocurriría.

—Veremos qué pasa.

Me introduje en un ascensor y quise dejarla allí, pero me agarró de un brazo y me detuvo, impidiendo que las puertas se cerraran.

—El superintendente Grimaux te pedirá que, una vez hayas conseguido tu esplendoroso mundo de suprAdalides, entregues el poder que se te ha otorgado.

Me quedé ahí, petrificado como una estatua.

—Eso… no le corresponde a él.

—No —dijo Kim Sigmar Ji-yoon—, te corresponde a ti.

—Menudo trago, ¿eh? Había gente que opinaba que Gilbert Grimaux era un suprahumano de baja categoría. ¿Se pudo comprobar esta teoría?

—¿Qué importa eso? Sus poderes verdaderos eran otros.

—¿Le sentó mal? Quiero decir, tenerle allí de nuevo. Su primera acción al sublevarse contra los poderes establecidos, sin haberse convertido aún en presidente, fue quitarlo de en medio.

—Grimaux era… Grimaux. Subestimarle era un error. Yo no lo hacía. Era mejor tenerlo de nuestra parte que operando por su cuenta. Un león dormido sigue siendo un león.

—¿Qué pasó luego?

—¿Qué pasó luego, pregunta? Lo que pasó luego fue que Portalus, al fin, decidió llamarme desde su 4ut0-Phon3 directamente al mío. Y pudimos hablar.