31. El insignificante David #4
—Érais mi puerta trasera. Si la cosa no funcionaba, entrabais vosotros. Imposibles de localizar, la familia disfuncional compuesta por el padre, la hija y los dos nietecitos robóticos. Todos vosotros erais… mi insignificante David.
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala médica. Desde los laboratorios anexos llegaban sonidos de electricidad, de compresores, maquinaria al ralentí y aire acondicionado. Si yo hubiera tenido piel normal, se me habría puesto de gallina.
La doctora Vega se sentó en el suelo de un rincón de la estancia, apoyando la espalda contra la pared y abrazándose las piernas.
—Este mundo es real —aclaró el Prelado—.
Igual que lo fue el anterior. Y el anterior.
Esta modificación fue, hablando comparativamente, extraordinaria.
La anterior versión, la que recordáis, había sustituido a una realidad donde habíamos alcanzado una locura por la conquista espacial que…
no acabó bien. Fue necesario cambiar esos parámetros fundamentales para que la nueva adaptación de la civilización humana no condujera a ese callejón sin salida próximo a la extinción.
Y con la versión del mundo que conocéis, ocurrió igual.
—¿Por qué suprahumanos? —siguió preguntando la doctora, abatida en su rincón—. ¿Por qué? ¿Por qué ellos? Los odio.
—Es primordial que creamos que podemos ser más poderosos que nosotros mismos. El metahumano es el primer paso. El Vínculo Akáshico es una creencia que os inculqué adrede. Sois las únicas personas no psíquicas que sabéis de ese elemento mitológico cósmico.
—Se supone que todo el cosmos persigue la conciencia global —expuse yo—.
El universo no existe para que la vida prolifere, pero la vida prolifera para que la evolución de las especies alcance la autoconsciencia.
No hay más. Todas las formas de vida han de perfeccionar el ecosistema en el que viven para que algún animal, el que sea, pueda recibir el milagro de la inteligencia superior.
Gracias a eso, se puede observar el universo y comprenderlo.
—Lo dijo un científico cuya labor de divulgación ha sobrevivido dos preescrituras psíquicas.
—Carl Sagan.
—En efecto, Andros. Él dijo que el ser humano era la manera que tenía el universo de conocerse a sí mismo.
Los seres pensantes y autoconscientes de cada galaxia son las neuronas independientes de un gran entramado sideral.
Se le llama Vínculo Akáshico y persigue la conexión de todos los cúmulos autoconscientes que existieron, existen y existirán.
—Un cerebro universal.
—Correcto. El problema es que este planeta corre un peligro futuro. Y varias generaciones de suprahumanos podrían enfrentarlo, si tenemos éxito en esta versión de la realidad. Si somos capaces de permitirnos este paso evolutivo, hemos de osar darlo.
—Quiero mi antigua realidad —lloriqueó la doctora, ensimismada en sus propios pensamientos y llorando con las gafas puestas.
—En su antigua realidad, doctora —comentó el Prelado—, usted nunca crearía portales dimensionales, ingenios de transferencia de mentes ni androides perfectos. En el mejor de los casos, sería una científica mediocre.
—Que le jodan, Ottosson.
—Andros —dijo ahora la voz sintética, con su avatar animado abriendo mucho los ojos—, necesito llegar a los viveros.
De improviso, mi creadora se puso en pie y rodeó la mesa donde estaban la computadora y otros ingenios tecnológicos. Parecía muy despierta y concentrada de repente. Permaneció atenta, sin intervenir.
—¿Qué cambio quiere operar ahora? —quise saber yo.
—El poder de Decurión está fuera de escala. No era lo que estaba planeado. Creo que el Prelado que establecimos en la base secreta de los viveros nos traicionó a todos. Se llamaba Estela de Molay. Deduzco que ella eliminó a mis congéneres. Y, por alguna razón…, eso también la mató.
—Yo fui quien la mató.
Giré la cabeza para encontrarme con Zephros en pie, con su atuendo ninja, el rostro cibernético asomando a través de la grieta de la piel sintética en la parte izquierda de su cabeza y en aparente estado de lucidez.
—Sé dónde están los viveros —dijo—. Y por qué Decurión es como es. Su madrina manipuló todas esas mentes cautivas para conseguirlo.
—Estela de Molay —insistió el Prelado—. Muy propio de ella. Hizo un monstruo y lo utilizó para matar a todos sus semejantes.
Mi hermano se acercó a mí. Nos sostuvimos la mirada y él me cogió de la mano.
—No puedo hacerlo como Shuriken —explicó—. Y ahí fuera no puedo ser Zephros ni un instante.
—Yo lo haré —me ofrecí. Qué remedio me quedaba. Aparte, el negro me sentaba fenomenal.
—No puedes hacerlo —alegó mi hermano—. Hemos de hacerlo juntos. —Rodeó el lateral de la cama de operaciones donde el cuerpo de Ulf Ottosson descansaba y pasó la mano por el casco neurodigitalizador—. Tengo una idea.
Su cerebro era humano, pero podía transmitir paquetes de información a cierto equipo tecnológico del laboratorio y a mi propio cerebro robótico.
Compartió su idea conmigo de un modo que debía de ser parecido a la propia telepatía.
Visto así, las máquinas humanas eran telepáticas desde siempre, por lo menos entre ellas.
Al parecer, yo, que ya había interpretado el rol de exorcista, ahora debía encarnar al demonio.