SuprAdalid 31. El insignificante David #3
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31. El insignificante David #3

—Debieron de presentarse problemas estructurales —enunció, con acierto—. Lo que ocurre es que ustedes son genios de primera categoría. Superarían los obstáculos justo a tiempo. Si no me equivoco, en estos momentos, los portales deberían estar cien por cien operativos. ¿Es así?

La doctora corrió hacia una mesa cercana y verificó en una consola de mandos el estado de la esfera de anulación. Todo funcionaba a la perfección. El Prelado no podía estar leyendo su mente.

—¡Sol! —exclamó—. Ese maldito crío.

Era una asociación aceptable, pensar que cuando el chico salió al exterior quizá contara más de la cuenta, pero algo en mi interior, algún tipo de instinto metaelectrónico, me decía que Sol Navar no había tenido nada que ver.

—Negación —dijo el Prelado, y su avatar se puso unas gafas de sol—. Muy científico.

—¡No puede ser! —La doctora seguía comprobando los sistemas—. ¡Algo está pasando! ¡Andros, apaga a ese cretino y échame una mano! ¡Papá!

—Doctora —dije enseñándole las palmas de las manos—. Doctora, por favor, relájese. —Ella seguía gritando incongruencias—. ¡Doctora! —Amplifiqué mi voz a través de todos los altavoces del laboratorio, un equipo estereofónico de gran potencia. Ella se volvió hacia mí—. Se lo ruego, cálmese.

—Es que…

—Doctora Vega —le hablé en un tono muy conciliador—, confíe en mí.

Me senté en su silla y coloqué el micrófono delante de mi boca. Desde luego, yo ya me temía el tipo de revelación que el sujeto conectado al ordenador estaba a punto de hacernos.

—Señor Ottosson —empecé diciendo—, estamos integrados en una narrativa anterior. ¿Es correcto?

Al emoticono le desaparecieron la boca, las cejas y los mofletes sonrosados. Sólo tenía ojos, sin iris ni brillos detallistas. Sólo dos puntos sobre una circunferencia amarilla.

—Lo es —dijo.

—Y yo…, sin esa mitología adherida a la sobrescritura psíquica, no sería posible. ¿Estoy en lo cierto?

El Prelado atrapado en la computadora respondió con su habitual carencia de pasión.

—Se denomina lore . Y estás en lo cierto.

Un androide de tus características, no sólo físicas, sino mentales, sería posible en el año 2100, más o menos, no en la actualidad de los años veinte del siglo XXI .

Formas parte de una narrativa que te ha incorporado como detalle de ambientación.

Christelle Vega es una persona real. Tú sólo eres real por mediación de las creencias establecidas por el cúmulo de conciencias de toda la Humanidad.

Si dejan de creer que eres posible, desaparecerás.

Tu creadora podría tener un nuevo trasfondo, nuevos talentos y una función social diferente.

Se adaptaría. Permanecería. Tú, en cambio, no puedes hacerlo.

—La realidad anterior no incluye androides tan maravillosos como un servidor, lástima.

Mi creadora se llevó las manos a las comisuras de la boca. Caminó en círculos a varios metros de las mesas de quirófano con los dos cuerpos inertes y los ordenadores encendidos.

—Pregúntale por Cumberbatch —susurró.

—Ah, sí, Benedict Cumberbatch —dijo el Prelado, que podía escuchar perfectamente lo que se decía desde ese lado de la estancia—.

No todo el mundo recibe modificaciones palmarias.

La vida de ese actor se vería modificada por algunas sinapsis del entramado global.

A veces ocurre por algún efecto de conexión con hebras distantes que, a pesar de que cambian elementos minúsculos, obran cambios relevantes en las ramificaciones más lejanas.

Las vidas de muchas personas permanecen sin trastocar tras la sobrescritura psíquica.

De hecho, sólo el ocho por ciento de las personas que habitan la Tierra ven modificadas sus existencias, pero eso es suficiente para cambiarlo todo.

—Pregúntale ahora por…

—Doctora, cállese —dije lanzándole una mirada criminal.

Los humanos postrados en camas, profundamente dormidos o con las mentes trasvasadas, me gustaban. Los dos que tenía a mis espaldas eran buena prueba de ello. Me habría disgustado tener que incapacitar a mi creadora por culpa de su estado de histeria, pero estaba dispuesto a todo.

—Existe una explicación para todo esto, según mis cálculos —comenté—.

Me gustaría que me dijera si mi suposición es correcta.

Y es que… nosotros formamos parte de la sobrescritura, que siempre hemos formado parte de lo que pasa ahí fuera.

Cuando se creó este nuevo mundo, lleno de suprahumanos, nosotros ya estábamos aquí, con todo dispuesto para resistirnos a ese cambio.

Y toda esta tecnología estuvo a nuestro servicio, y las mentes privilegiadas de la familia Vega, también, porque los Prelados que modificasteis la realidad queríais que así fuera.

—Sí… y no. No hables en plural, Andros. Los Prelados modificaron el mundo en toda su extensión, no sólo el de ahí fuera.

Estos laboratorios vuestros forman parte del lore .

Lo único que esa esfera de anulación mantiene fuera de la influencia psíquica exterior son las mentes de Lornias Vega y su hija Christelle.

Estos prodigios científicos forman parte del entramado.

Es el gran mundo de los suprAdalides y tú, queridísimo Andros, te incluyes en él.

—Fue usted quien creó —dije abarcando todo el lugar con los brazos— todo este sentido de la maravilla, los suprahumanos, la ciencia extrema, los grandes gobiernos de ciencia ficción.

—Sí. Aporté la idea. Los otros once la aceptaron.

—Y contabais con nosotros, ¿no es así? Con el Proyecto Caribdis. Teníamos una labor que desempeñar dentro de tu gran plan.

—Sí.

—¿Cuál?