SuprAdalid 31. El insignificante David #2
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31. El insignificante David #2

Transcurrieron tres minutos antes de que la computadora conectada al sistema exocognitivo se encendiera y el monitor mostrara un emoji animado, en dos dimensiones.

La expresiva cara amarilla que ocupaba el centro de la pantalla eligió un gesto de extrañeza y miró las cuatro esquinas de su entorno cerrado.

Luego habló a través de los monitores con una voz digitalizada típica de inteligencia artificial.

—¿Qué me han hecho? —dijo el emoji con expresión de apuro.

La doctora Vega se acercó al micrófono conectado al puerto de entrada.

—Hemos creído oportuno o, más bien, un miembro de mi equipo ha creído oportuno que el resto de la conversación se mantenga mediante una atención focalizada, a través de la disociación de la percepción física del medio y la activación en solitario de la corteza prefrontal y el sistema límbico.

Mente pura, sin cuerpo. Para poder hacerlo hemos tenido que conectarle a un periférico que ha trasladado de forma temporal su conciencia a una computadora y… , cómo decirlo…

—Doctor Otttosson —intervine yo—, digamos que le hemos hipnotizado electrónicamente.

Ella me palmeó el brazo y se ajustó las gafas.

—Más o menos —dijo, tras meditarlo un instante—. Es mejor para… lo que viene ahora.

—¿Y qué viene ahora? —dijo la voz metálica del emoji, que ahora enarcaba una ceja.

—Deseamos hablar con su verdadero yo.

—Están hablando con mi verdadero yo.

—Me refiero al Prelado, no a la mente de reserva de Ulf Ottosson.

—Yo también me refiero a él —dijo el rostro del emoticono animado adoptando una expresión seria.

Noté que mi creadora se estremecía un poco. Incluso yo mismo sentí algunos algoritmos fluctuando.

De un tiempo a esta parte, habíamos vivido tantos momentos que podían hacer historia que, cuando llegaba otro nuevo, como el que estábamos viviendo, ya no sabíamos emocionarnos como era debido. Yo no podía, pero la doctora Vega debería haber brincado de excitación.

La máquina de traslado de psiques no se había usado hasta entonces. Podríamos haberle hecho una lobotomía al bueno de Ottosson, haberle derretido el cerebelo o, directamente, haberle matado en el acto por electrocución.

—¿Con quién estoy hablando? —La doctora puso la típica voz de médium en una sesión de espiritismo.

—He tenido infinidad de nombres —dijo la voz sintetizada.

El emoji parecía estar recordando. Era una animación simpática—.

Ninguno ha sido el auténtico. Ni siquiera el primero de todos, el elegido por mis padres.

Los que me acompañaron durante la mayor cantidad de tiempo pudieron ser Sekhem-ren, Aulus Drusus Vindex, Eadgar Eoforwine y Oleksei Zoryan, supongo.

Y aquél con el que más tiempo fui reconocido, incluso volviéndose célebre entre mis pares, Enlil-Karesh.

El primero de mis nombres. Eso no significa que me encuentre cómodo con unos nombres más que con otros.

Todos son míos, ganados a conciencia. Pueden elegir el que deseen.

Los nombres tenían origen egipcio, romano, eslavo, sajón y, el último, es decir, el primero, sumerio. Todos significaban algo.

—Estupendo, Enlil-Karesh —dijo la doctora—.

Pues vamos a meternos en harina, como se suele decir.

Eres el último, como bien sabrás. ¿Lo sabes?

Supongo que debió de haber algún tipo de conflicto en tu selecto grupito de amigos.

Me refiero a que os matasteis entre vosotros o, quién sabe, alguno fue eliminando sistemáticamente a los demás. ¿Por qué?

—No había discrepancias suficientes para algo así.

En cuanto empecé a sentir la falta de algunos de los nuestros, decidí ocultarme.

No era la primera vez que sucedía algo parecido.

En el pasado ya había ocurrido. Aprendí que ésta era la solución óptima.

Y no, no seré el último. Siempre habrá más.

Surgirán nuevos y mejores. —El dibujito amarillo nos guiñó un ojo.

Mi creadora y yo intercambiamos una mirada cómplice. Ella se llevó un dedo a la boca y se mordió un pellejito de la cutícula. Luego lo escupió.

—De acuerdo —dijo—, vamos a plantear el escenario en el que nos encontramos. Aquí no puedes hacernos nada con tus poderes. Estamos dentro de una esfera de anulación psíquica y no vamos a dejarte salir. ¿A que mola el plan?

—Interesante —dijo el emoji, inexpresivo.

La doctora continuó hablando.

—¿Por qué habéis creado esta realidad? ¿Eran necesarios los suprahumanos?

—Fue una idea que podía servir para elevar a la civilización humana. Somos todo lo que alcanzamos a ser. Si creemos poder llegar más lejos, lo haremos.

—¿Superhombres enmascarados? ¿De verdad?

—Sí.

—¿Y si no funciona?

—Si no funciona, volveremos a reescribir.

La doctora se rascó la cabeza.

Yo ya sabía adónde conducía todo aquello. Cada pregunta suscitaba nuevas e inquietantes cuestiones. Yo ya podía computar el recorrido completo de la conversación. Había llegado el momento de que la doctora comprendiera lo que, por otra parte, era una teoría más que lógica.

—¿Cuántas veces lo han hecho ya? —preguntó mi creadora.

Era la pregunta. Me hizo sentir orgulloso de ella. En su imperfección y su inocencia humana, podía ser adorable.

—Unas veinte veces —respondió la voz sintética, sin ninguna emoción, como las directrices de un GPS—. Puede que más.

La respuesta era sorprendente. Hasta yo tenía que sentirme impresionado.

—Entonces…

Puse mi mano en el hombro de mi creadora. Christelle Vega me miró con una ligera acuosidad en el límite de sus párpados inferiores.

—¿Qué esperaba, doctora Vega? —le pregunté—.

Que nuestra realidad fuera la auténtica y genuina realidad no tenía demasiado sentido.

El universo es como un enorme campo lleno de esas muñecas rusas matrioska, con muchas más metidas en su interior.

Con un poder como el que poseen los Prelados, había que presuponer que lo ejercieran cada cierto tiempo.

La realidad que usted conoce debió de sustituir a otra, a su vez.

—Es más —siguió diciendo Ottosson desde el ordenador—, toda esta tecnología que manejan en sus laboratorios, sus conocimientos asombrosos de ciencia de vanguardia…

, doctora Vega, ¿le parecen más o menos realistas que un mundo donde los suprahumanos son posibles?

Le haré la siguiente observación: en la realidad que deduzco que pretenden recuperar, doctora, la tecnología no había llegado al punto de colocarle a alguien un casco enchufado a un ordenador y poder transferir su mente al mismo. No había robots como su ayudante.

—En realidad, soy un androide.

—La clonación humana presentaba problemas irresolubles —continuó diciendo el emoji— y el trasvase del entramado neuronal de un octogenario a un cuerpo infantil era una quimera.

Sin embargo, ustedes han logrado todo eso en el interior de estos laboratorios, ajenos a la realidad exterior. ¿Cómo lo explica, doctora?

Decidí incorporarme al diálogo. Me acerqué al micrófono para hablar.

—He extraído muestras de su sangre, señor Enlil-Karesh —le informé—, y he practicado una analítica antes del despertar de su…

alter ego , Ulf Ottosson. La sangre tiene la misma edad que el cuerpo aquí postrado.

Incluso el ADN demuestra la edad del sujeto.

Casi cuarenta años. Es evidente que no es su cuerpo. Usted también se trasvasó mentalmente.

—Evidentemente. Sin embargo, la pregunta aún está en el aire. ¿Cómo se puede explicar la tecnología del grupo que ustedes conforman? ¿Han llegado a pensar en lo que representan? ¿No creen que también son parecidos a personajes de ciencia ficción?

—¡Somos genios! —arguyó la doctora—. Nada de esto es magia, es ciencia.

El emoji se carcajeó durante unos instantes. La típica expresión con una equis y una de. Después regresó a su estado natural, más propio de dos puntos y una barra lateral.

—¿Cómo creen que descubrieron ustedes la sobrescritura psíquica de la realidad?

Fue muy oportuno que se percataran del cambio que se estaba produciendo en el mundo y tuvieran tiempo para desarrollar y llevar a cabo un efecto esférico que protegiera estas instalaciones de la influencia exterior.

Realmente oportuno. ¿Ya habían desarrollado la tecnología?

Mi creadora golpeó la superficie de la mesa con el puño.

—¡Por supuesto!

—Qué oportuno, insisto. ¿Por qué tenían ese ingenio tecnológico que, dentro de su rango de influencia, anulaba la telepatía, si aún no sabían de la existencia de los Prelados?

—¡Lo descubrimos!

—¿Cómo, doctora?

Volvió a golpear.

—¡Porque somos putos genios, psíquico chalado!

—Le haré una demostración.

El emoji sonrió y luego guiñó un ojo.

—¿Va a pedirme que apague las luces? —La doctora se había cerrado en banda. Su escepticismo podía soliviantar el ánimo de cualquiera. Incluso el de un Prelado.

Si la cosa se desmadraba, yo tendría que actuar.

—Ustedes viven dentro de estos laboratorios protegidos de la telepatía —dijo el Prelado—. De acuerdo. Hágame una pregunta que yo no pueda responder.

—Hay muchos trucos psicológicos que sirven para dar la sensación de que se adivinan cosas. Martillo rojo y todo eso. Trucos baratos de inducción psicológica.

—Póngame a prueba, doctora Vega. Seguro que una persona tan genial como usted es capaz de superar los trucos psicológicos más impresionantes de los magos de salón.

—No pienso jugar a esto.

El dibujo del emoticono soltó una lágrima. Luego puso gesto de malicia.

—Debían desarrollar unos portales dimensionales aquí dentro —dijo su voz metálica.

La doctora Vega se puso en pie de repente. Contempló el ordenador como un artificiero haría con una bomba cuya cuenta atrás se acaba. Se pellizcó el pliegue de carne que había entre el pulgar y el resto de la mano. Apretó los dientes de dolor. Me miró. Yo asentí.

—No es posible —susurró.

La voz del Prelado siguió hablando desde los altavoces de la computadora.