SuprAdalid 31. El insignificante David
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31. El insignificante David

El insignificante David

Aquél iba a ser un día de rutinas, pruebas y ensayos. Y, de improviso, teníamos en nuestro poder a una de las personas más poderosas del mundo, el doctor Ottosson, en la forma de un telépata desmemoriado, y a uno de los suprAdalides más enigmáticos del mundo exterior, mi hermano artificial Zephros.

Ambos inconscientes. La pregunta era la siguiente: ¿a quién despertar primero?

—Zephros era Shuriken —repitió, obnubilada, la doctora—. Aún no me lo creo. ¿Creéis que sabía que era un androide?

Su padre, con las manitas extendidas desde su carricoche independiente, reclamó la piruleta que la doctora Vega estaba chupeteando. Apenas le quedaba caramelo de fresa, la lámina estaba casi transparente.

—Quita. Ya sabes que estas cosas te sientan mal. Dentro de unas semanas.

—Mierda —dijo el falso niño antes de cruzarse de brazos, enfurruñado.

Todavía recuerdo el día en que transfirió su mente adulta a un bebé clonado de sí mismo, manipulando todas las sinapsis neuronales del cerebro minúsculo para obligarlo a aceptar la experiencia vital de sus ochenta años.

Las cuerdas vocales aún no estaban entrenadas y ciertos segmentos de su cerebro relacionados con el habla no tenían rodaje, así que estuvo semanas intentando comunicarse sin éxito y cabreándose de veras.

De no haber sido porque manifestaba claros indicios de inteligencia superior, la doctora y yo habríamos creído que el experimento había fracasado.

Ahora que podía hablar era mucho peor, evidentemente.

—Despertaremos primero al psíquico —dijo la doctora.

Rompió una ampolla de sales de amoníaco delante de la nariz de Ottosson, estimulando con el vapor liberado la mucosa nasal y obligándolo a despertar por el efecto reflejo.

—¡Nooooo! —gritó el psiquiatra, incorporándose instintivamente en la mesa de operaciones en la que le habíamos dejado.

Se quedó sentado, mirándonos sin saber qué pensar; reparó entonces en el cuerpo inconsciente de Zephros y luego en mí, al fondo del laboratorio de pruebas médicas—.

¡No, por favor! ¡Tengo amigos importantes, supras, no me hagan daño!

La doctora Vega se apoyó sobre él y le volvió a acostar, como haría con un niño que debía irse a la cama. Él volvió a levantarse.

—Bueno, vale, quédese sentado, si quiere. Por favor, no haga nada raro… —Me señaló con el pulgar, por encima de su hombro—. O ése de ahí detrás le tronchará los huesos de la mano.

—Si lo desea —dije, con mi tono más servicial—, puedo hacerle una demostración, doctor Ottosson.

El juego del poli bueno y poli malo. Y citar rango y nombre ayudaba. Como decir: «No, no nos hemos equivocado de persona». Suficiente para amedrentar al más valiente.

—No —dijo él, con nerviosismo—, se lo ruego. No hará falta que me tronchen nada. Los creo.

—Sólo queremos hablar.

—De acuerdo.

—Le diremos cosas que usted cree no saber y usted nos dirá cosas que está claro que no sabemos. ¿Le parece?

—Sí. Supongo. —Echó una mirada sospechosa al niño con mirada inteligente que le observaba con malicia desde el vehículo de transporte infantil de alta tecnología.

—¿Qué le pasa, doc, no ha visto nunca a un bebé de ochenta años?

—Papá, anda, vete por ahí a tirarle la pelota a algo.

—Ya no tengo pelota, hija ingrata.

—Diseña una, genio.

—Que te jodan.

El caso es que el pequeño se fue con su carricoche, al que había incorporado un motorcito antigravitatorio que emitía un zumbido agudo. La doctora Vega chasqueó los dedos delante de Ottosson, que miraba horrorizado cómo se marchaba el niño clon.

—¡Eh, concéntrese en mí, doctor!

—¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde estoy?

—Somos los integrantes del Proyecto Caribdis. Está en nuestras instalaciones secretas, rodeadas por una esfera de anulación psíquica. Han sido dos preguntas, doctor, ahora me toca a mí. ¿Sabe que es usted un Prelado, en realidad? No, no me lo diga, no lo sabe.

—¿Un Prelado, dice? ¿Y eso qué es?

—Todavía no le toca, señor Ottosson. Me queda una pregunta.

¿Hoy se ha visto obligado a ordenarle algo mentalmente a alguna persona?

Piénselo bien. Hemos escuchado su conversación con el agente-777.

Sabe que no se llama así, ¿verdad? Luego le contaré un secreto al respecto.

Como decía, hoy, en su sesión con Portalus, ¿recuerda haber enviado alguna orden mental a su paciente?

Ottosson me miraba, de cuando en cuando, inquieto por mi presencia.

—¿Una orden mental? ¿De qué está hablando?

—Usted se lo contó al agente-777, le dijo que Portalus parecía enfadado cuando contempló su carpeta de notas y sólo descubrió dibujitos tontos.

Muy bien. En esos momentos usted pensó que iba a matarle.

¿No es cierto? Portalus podía hacerlo de formas ingeniosas e imaginativas, dejando caer maquinaria pesada desde un portal sobre usted o, quizá, arrojándolo directamente a la orilla de un río distante… lleno de cocodrilos. ¿Lo recuerda?

—¡Estaban espiándome! ¡Ustedes!

Señaló con un dedo acusador al pecho de la doctora Vega. Alcé mi voz desde el fondo del laboratorio.

—La palabra clave es tronchar, doctor Ottosson —dije al tiempo que daba tres pasos hacia la camilla de operaciones sobre la que se encontraba.

Ottosson se encogió y buscó la mirada de la doctora rogando protección.

—¡No, por favor! ¡No!

La doctora le agarró de la barbilla y le orientó la cabeza para que me ignorara y le prestara atención.

—Cocodrilos. Una orilla entera llena, ¿recuerda?

Usted se imaginó cayendo hacia ellos desde un agujero ovalado, a un puñado de metros.

¿Qué hizo Portalus? Lo que hizo fue decir «cocodrilos».

Usted no prestó atención ni en ese momento ni cuando se lo contó al agente-777, a quien usted consideraba su protector. ¿No le pareció extraño?

Ottosson lo meditó unos segundos.

Christelle Vega le dio la botella de agua que tenía en la mano. Quitó el tapón e incluso le ayudó a llevársela a la boca para que bebiera un poco.

Cuando se humedeció los labios, Ottosson cambió la expresión.

—¡Es cierto! ¡Pensamos en cocodrilos al mismo tiempo!

—No. Usted pensó en aquella imagen terrorífica porque imaginaba que podía ser una de las cosas que Portalus iba a hacerle.

Inconscientemente, su telepatía alojó esa ensoñación en la mente de él.

Por eso, Portalus se sorprendió pensando en cocodrilos.

Usted, acto seguido, debería haber muerto.

No ocurrió. En lugar de eso, Portalus se teletransportó.

Ottosson se puso a hacer aspavientos de puro nerviosismo.

—¿Qué está diciendo? ¿Que soy un telépata? ¡No!

—Sí. Lo suyo fue una llamada de emergencia de telepatía en crisis.

Ocurre a menudo. Una madre puede saber que su hijo está siendo atropellado por un autobús porque el niño le envía un mensaje psíquico en el instante previo al accidente.

Señales de socorro. Es puro instinto y, en comunidades muy cerradas, con una gran sintonía entre todos los miembros de la especie, la señal puede llegar a la velocidad del pensamiento.

Así es como se llama: telepatía en crisis.

—Yo no hice eso.

—En realidad, es un mecanismo idéntico. Usted es un telépata poderoso, puede enviar cargas de datos neuronales muy complejos sin darse cuenta.

Pensaba en cocodrilos devorándole y, sin desearlo, transmitió esa idea a la cabeza de su paciente.

De ahí la extrañeza de Portalus. Si quiere, se lo explico una tercera vez, pese a que ya debería ser más que suficiente.

Y, con toda probabilidad, le ordenó mentalmente que se marchara de allí.

¿No lo recuerda? Después de aquello, Portalus se evaporó.

¡Usted mismo lo contó! Lo crea o no, su mente ejerce influencia sobre los demás.

Es un telépata oculto, un Prelado, y no puede evitar seguir siendo un ente que manipula a quienes le rodean.

Usted, de modo instintivo, expulsó a Portalus con una orden mental inconsciente.

Ottosson se quedó mudo tras recibir la revelación, apenas un mínimo gesto de perplejidad, puede que porque algunos procesos interiores de su cerebro ya estuvieran instándole a creer la verdad. Sin conocer el motivo, sabía que todo era cierto.

La doctora Vega continuó aturullándolo con más información.

—Usted ha estado toda la vida considerándose un insignificante David cuando, en realidad, llevaba un Goliat en su interior.

Ottosson puso gesto de incomodidad y quiso volver al quid de la conversación.

—Oiga, ¿significa eso que al final me romperán la cabeza de una pedrada?

—¿Cómo? Pero… ¡Nooo! ¡Por Dios, no! Vale, mal símil. Si es que… Usted ha sido siempre un…, eh…, una especie de… —pensó un buen rato en la referencia más apropiada—, un insignificante mediano de pies peludos —se decidió al fin—. Mierda. No hay adaptaciones del libro aquí.

—¿Qué?

Había que entender al pobre doctor. Era experto en atender a personas sobrehumanas con problemas mentales importantes.

Y ahí delante tenía a la doctora Christelle Vega, que, siendo optimistas por respeto a su figura y desde un punto de vista pragmático como el mío, habría hecho enarcar muchas cejas en un pabellón psiquiátrico (por parte de operarios e internos).

Así que me tomé la molestia de pasar al plan B sin mediar palabra.

Siempre había planes B. Sin planes B, ¿qué sería del mundo?

Me acerqué a ellos. Ulf Ottosson se puso a gritar como loco, abrazado a la doctora. Yo agarré el casco neurodigitalizador exocognitivo de encima de una mesa y se lo enseñé.

—No se resista, le gustará —dije con tono tranquilizador.

Él siguió el casco con la mirada mientras se lo ponía en la cabeza. Al ajustarse en su cráneo, a través del cableado se le administró una dosis de suero incapacitante que facilitaba el tránsito digitalizador. Lo dejó en un estado de duermevela.

—¡Andros!

—Doctora, conecte la computadora.

—Quería explicárselo primero, dichosa cafetera con patas.

—Ahorraremos tiempo así.