SuprAdalid 30. Con amigos como éstos
70%

30. Con amigos como éstos

Con amigos como éstos

Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod con la máscara puesta, yo no era el presidente, ni el pobre Julek Diamandis.

La confianza no debía rebasar ciertos límites—.

Y ahora puede estar en cualquier sitio —siguió diciendo—, con Crisis.

Ella le obedecerá, ¿por qué no iba a hacerlo?

Tú te has fiado de él hasta ahora. Nos has hecho creer que los rumores acerca de Portalus formaban parte del pasado.

—Sí, pero nunca me fie de él.

Sigmar salió al pasillo.

—Ya no importa. Necesitamos toda la ayuda posible.

Asentí. Me estaba dando una jaqueca de las buenas. No podía quitarme de la cabeza el pensamiento de que ya podía ser demasiado tarde.

—Cierto. Avisa a todo el mundo. Reunión general en la sala Zero, de inmediato.

—Decurión.

—Sí, dime.

—Decurión, necesitamos TODA la ayuda posible. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Levanté la vista y traté de contemplar más allá de esas pupilas. Pareció pasar un siglo de quietud. Entendí lo que quería decirme.

—De acuerdo, hazlo —consentí—. Adelante.

Se puso en marcha. Podía escuchar su voz, alejándose por el pasillo, avisando a los demás por los intercomunicadores.

Me quedé en los aposentos de Inga un poco más.

Por algún motivo, me acordé de mi padre castigándome con una expresión lastimera, aferrando la hebilla del cinturón con fuerza y dejando que la tira de cuero cayera hasta el suelo.

Le recordé ordenándome que me bajara los pantalones y que no se me ocurriera moverme o sería peor.

Azotándome con todas sus fuerzas de adulto, desprendiéndome la piel de las nalgas como tiras de plátano.

Arrojándome al suelo con cada embestida y sugiriéndome que volviera a adoptar la postura.

O sería mucho peor. Siempre podía ser peor.

Recordé su expresión de incredulidad cuando, en su último momento de vida, vio aquella hoja de cerámica partida dentro de su cuerpo. Él me había destrozado la adolescencia y yo le había quitado la vida. Así es como funciona la cosa.

Ahora no me costaba imaginármelo riéndose, desde alguna cámara del Infierno, con toda la piel separada de los músculos por garfios, ganchos y anzuelos tirados por cables.

Y, aun así, burlándose, carcajeándose a mandíbula batiente porque yo, el más poderoso de todos, seguía sin poder mantener a salvo a mi hermana pequeña.

—Ya veremos —susurré.

Saqué mi 4ut0-Phon3 especialmente configurado, marqué el número de Crisis y esperé unos segundos. No hubo respuesta. Marqué el número de Portalus. Tampoco hubo respuesta, pero dejé un mensaje de audio.

—Portalus, ¿va todo bien? Necesito hablar contigo. Llámame en cuanto escuches este mensaje.

Estuve a punto de decir «por favor», algo que no solía añadir a mis indicaciones. Fingí que todo seguía como siempre. Portalus no debía saber que el doctor Ottosson me informaba de todo y, muchísimo menos, que yo conocía sus intenciones de ayudarme a su manera .

Lo que más me preocupaba era que había eliminado a Púlsar sin consultarme. ¿Y si hacía lo mismo con Inga? ¿Si la mataba y, pasados unos días, trataba de convencerme de que había sido lo mejor?

Lo primero que hice fue poner en alerta a todos los operarios de la sala de monitorización, dando orden presidencial de que se activaran todos los Pretor-10 y 11 y barrieran durante horas el continente en busca de Crisis y Portalus.

El rastreo duraría horas y requeriría de una actividad inusitada, tres turnos al día.

Eran medidas excepcionales, el papeleo se dejaría para más adelante.

No lo conseguiríamos. Algo en mi interior me lo decía.

Además, Portalus no tenía por qué circunscribirse al territorio eurotano, podía ir a cualquier lugar del planeta, allí donde no teníamos autoridad para observar con nuestros satélites.

Y orientar las lentes hacia el interior de fronteras extranjeras se tomaría como un acto de guerra.

La gente puede temerse lo peor. Una parte de mí incluso prefería que Inga estuviera siendo retenida e incapacitada, hasta podía aceptar que estuviera siendo víctima de torturas y abuso sexual, porque eso implicaría que seguía viva. Cualquier cosa que delatara que la mantenía con vida me valía.

¿Era Bernard Carón uno de esos dementes que necesitaba recrearse en el dolor ajeno? De ser así, querría mantener a mi hermana con vida para regodearse al máximo.

Recé porque fuera uno de ésos. Me daba tiempo para cazarle.