SuprAdalid 29. Mover ficha #4
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29. Mover ficha #4

Me lanzó varias patadas giratorias, que yo iba interceptando con mis antebrazos.

En efecto, me hizo retroceder, pero, por cada ataque que yo evitaba, me hacía prever una estrategia matemática obvia; como él nunca repetía un golpe o técnica marcial, por alguna cuestión estética, quise presumir, pero, entonces, repitió una maniobra y me pilló de lleno, clavándome la base del pie en el estómago y luego elevando la misma pierna hasta golpearme por debajo de la barbilla, haciéndome volar hacia atrás.

Yo estaba efectuando el arco de caída cuando él ya volaba hacia mí.

No iba a concederme ni una décima de segundo para reaccionar.

Intercepté uno de sus puñetazos directos con mi mano contraria a la suya, lo que me sirvió para girarle unos grados hacia un lateral y dejar expuesta una zona amplia en la que encajar un rodillazo.

Cuando caímos los dos al suelo, le clavé la rodilla en las costillas y él aprovechó el impulso del impacto para girar en torno a sí y caer sobre la alfombra en la posición en la que se colocan los atletas antes de correr los cien metros lisos.

Me incorporé rápidamente mientras él sacaba una cerbatana de un compartimento que había en su muslo y me acertaba en el cuello con un dardo venenoso.

—¿En serio? —me indigné.

Le lancé desde mi muñeca un par de hilos táser, que se dirigieron a él a cien kilómetros por hora.

No encontraron su objetivo al convertirse Shuriken en un borrón y rodearme antes de que pudiera recibirle con una maniobra defensiva.

Volvió a pillarme desprevenido con un codazo en la sien, que apagó y reinició docenas de sistemas en mi interior.

Me hizo retroceder unos pasos. Los cables de electrochoque se liberaron de mi muñeca.

Cuando el ninja ya regresaba con más ofensivas imprevisibles, le recibí con un gancho de izquierda demoledor de unas siete mil libras-fuerza, suficiente potencia para destrozar la puerta de un coche y dejarla con forma de cuenco.

Shuriken recibió mi puño con las dos manos y retrocedió del empujón varios metros.

Cuando volvió a ponerse en guardia aproveché para quitarme el abrigo.

La fotogenia superheroica me estaba jodiendo.

Y aquello era serio. Corrió hacia una pared donde el juego de luces y sombras dejaba un canal de pura oscuridad y desapareció.

Debió de aparecer en el techo, porque se escuchó el sonido de un golpe en la lámpara colgante, que se puso a oscilar, cambiando las sombras de un lugar a otro con cada movimiento.

Los rincones oscuros iban y venían, lo que facilitaba que me atacase desde cualquier frente.

Por ello no supe de dónde llegó el siguiente impacto en la mandíbula.

Fue feroz y me forzó a dar un paso lateral y perder mi posición defensiva.

Otro golpe en la base de mi columna me proyectó hacia delante.

Giré en el aire para dar una vuelta completa en el suelo y colocarme de espaldas a una pared.

Miré a todos lados, sin encontrar a nadie.

Desde la habitación contigua, algo rompió la pared detrás de mí y me vi empujado de nuevo al centro del salón.

No estaba resultando. Cuanto más poder exhibía ante Shuriken, más cuidado tenía él de atacar con sigilo.

Era cuestión de tiempo que impactara con suficiente fuerza en una parte frágil de mi anatomía y todo se acabara.

Podía computar la derrota. En ese margen de realidad, Shuriken era imbatible para mí. Si me había divertido, era el momento de parar.

Y no me lo había pasado tan bien como había calculado.

Cuando una patada frenética que creí que salía del propio suelo estuvo a punto de partirme la rótula, decidí que era el momento de poner fin a todo aquello.

—¡Otoño en Canadá —grité mientras mi hermano surgía de un punto ciego de mi visión—, paradoja de Olbers —continué diciendo antes de detener cuatro golpes de puño descargados a una velocidad demencial—, pasión de juventud —seguí antes de que una patada directa en mi plexo solar me hiciera caer de espaldas—, caucho quemado!

Me quedé allí, en el suelo. Muy quieto.

Shuriken se detuvo y sus ojos se cerraron con fuerza. Empezó a mover la cabeza hacia un lado y hacia otro. Si lograba resistirse a la programación, yo estaba perdido. No me daría cuartel y podría llegar a destruirme. Maldije mi osadía al provocar todo aquello.

—¡Otoño en Canadá —repetí—, paradoja de Olbers, pasión de juventud, caucho quemado!

Él cayó de rodillas, sujetándose el cráneo como si fuera a estallarle. Se quedó quieto un segundo. Me preparé para reventarle la cabeza en ese momento de indefensión, por si aquello no funcionaba.

Levantó la vista como un gato asustado. Sus ojos carecían de aquella frialdad anterior.

—¿Andros?

Mi mente resopló aliviada, en sentido figurado.

—Zephros, maldita sea.

Él se incorporó, se quitó el bozal de la boca y se echó la capucha hacia atrás. Su rostro era idéntico al mío, pero recubierto de piel sintética hiperrealista.

—No tienes mucho tiempo —informó—. Mi mente humana no puede resistir la influencia psíquica del entorno.

—¿Qué quieres que haga?

—Noquéame. No me defenderé. Debes llevarme con la doctora Vega para que…

Le solté un puñetazo a traición con la fuerza necesaria para desactivar su conciencia humana preestablecida sin cargarme demasiados sistemas digitales. Cayó al suelo con cara de idiota, rígido como un maniquí.

Bien. Supe entonces que no estábamos matando dos pájaros de un tiro, sino toda la bandada.