29. Mover ficha #3
El doctor anunciaba todo aquello más para informar a su hija que para hacérmelo saber a mí, ya que yo mismo le había ayudado en ciertas de aquellas tareas de mejora de la nave.
Eché un último vistazo al monitor. El doctor Ottosson hablaba ahora de la explosión en el distrito Topacio. Íbamos contra reloj.
Me puse en marcha.
Aquellos edificios de diseño agresivo y futurista, las autopistas aéreas entrecruzándose y puentes peatonales que se conectaban entre sí a algo menos de mil pies de altura como una red neuronal, hacían sencillo el desplazamiento sigiloso de un ágil Skyzenith con rotores tanto en las alas como en las aletas estabilizadoras traseras y la de deriva.
Con su capacidad de descenso vertical pude apañármelas para aterrizar en la azotea del edificio donde vivía Ottosson, ciertamente lujoso, sin llegar a altas cotas de ostentación.
Tuve que alojar la nave entre un depósito de agua y una plataforma de antenas, cargándome con el extremo del ala un par de aparatos de aire acondicionado.
Al desembarcar, me subí la cremallera del abrigo de cuero, largo hasta los tobillos, y me puse en la cabeza una gorra, que cubrí con la capucha del propio abrigo.
Habría preferido un buen sombrero de ala ancha, pero tenía que valerme con lo que tenía.
Aunque aquella no era mi primera misión furtiva, lo cierto era que la estaba disfrutando más que las anteriores.
Podría hacerme llamar Niebla. Además, mi rostro metálico, a pesar de las bellas facciones, podía simular ser una armadura, por lo que era capaz de hacerme pasar por un vigilante de nueva hornada.
El viento hacía oscilar mi abrigo, lo que, sumado a mi pose táctica, me daba un aspecto… épico.
¿En qué demonios estaba pensando? ¡Yo estaba por encima de esas cosas!
Forcé la puerta de la salida de acceso a la azotea a lo bruto y abordé con decisión el rellano de las escaleras.
Bajé varias plantas en completo silencio.
La solidez de las paredes y las puertas blindadas de cada vivienda absorbían los típicos sonidos hogareños, con televisiones demasiado altas, bebés llorando y parejas discutiendo.
Cuando llegué a la puerta del piso de Ulf Ottosson, abrí la cerradura empleando la llave maestra retráctil de mi dedo meñique derecho, que se introducía en las cerraduras y se adaptaba a cualquier mecanismo.
Quité los tres cierres de la cerradura blindada y abrí la puerta en silencio.
De haberse tratado de una cerradura electrónica, habría sido aún más rápido.
Entré en el piso y cerré la puerta tras de mí.
La voz del doctor se escuchaba al fondo del pasillo, más allá de la puerta de la cocina, en la clásica sala de estar.
—¿Cómo quiere que lo sepa? —decía el tipo.
Yo me asomé con sigilo al umbral de la estancia. La habitación volvía a estar iluminada, lo que me dificultaba sorprenderle como había hecho mi hermanito artificial, así que me lancé directamente contra el doctor. Sin dilación, sin juegos.
Él me vio llegar y los ojos se le salieron de las órbitas.
—Espere un… Dios… ¡Eh! ¡Qué coño! ¡Eh! ¡¿Quién es usted?! —gritaba, con el portátil todavía sobre las piernas, echándose hacia atrás en el sofá familiar con verdadero terror—. ¡No! ¡No se acerque a mí! ¡No, por favor! —Así el portátil y lo aparté de un tirón—. ¡Socorro!
Le agarré del cuello e hice presión. No quería estrangularlo, tan sólo impedir que le llegara oxígeno al cerebro y provocarle un rápido desmayo. Zephros seguía hablando a través de los altavoces integrados.
—¿Qué pasa, doctor? ¿Qué está ocurriendo?
Ottosson tenía los ojos en blanco y la piel amoratada. Confiaba en no matarle, pero se estaba resistiendo más de lo que me figuraba.
—¡Agente-777, tiene que ayudarme! ¡Hay alguien aquí, conmigo! —gritaba mientras yo le agarraba del cuello con una sola mano y trataba de taparle la boca con la otra—. Quieme paparme ma moca… No mof mamof… Mmf… Mmf…
Al final, dejó de resistirse y perdió el conocimiento.
—¿Doctor? ¿Qué pasa?
Coloqué a Ottosson sobre el sofá. Inconsciente, parecía un niño grande.
—¿Quién está con usted? ¡Ottosson! Encienda la cámara. ¿Ottosson?
Yo había traído un pack con jeringuillas y varios sueros. Uno de ellos mantendría al doctor dormido hasta que le despertáramos con una ampolla de amoníaco. Le inoculé la sustancia mediante un pinchazo en el cuello.
Entonces me senté en el sofá y recoloqué el ordenador portátil para ponérmelo delante.
—¿Quién anda ahí? —preguntó Zephros, al otro lado de la línea—. Oigo su respiración.
—Eso es imposible.
—¿Quién es usted? ¿Qué ha hecho con el doctor Ottosson?
—No reconoces mi voz. Es muy desilusionante. ¿En qué te has convertido?
—¿Está el doctor Ottosson muerto?
—No lo está. No deseamos eso. Ahora… tienes que venir.
—¿Para qué?
—Todo el mundo está apostando fuerte. Nosotros ya estamos preparados. Es nuestro turno. Y te queremos de vuelta con nosotros, hermano. Debes venir. Te llevaré de vuelta al redil.
—¿Quién es usted?
—Voy a apagar las luces, hermanito. Y esperaré a que vengas. Y te lo haré comprender. Te lo vamos a explicar todo bien claro.
Cerré la tapa del portátil.
En la anterior ocasión, Shuriken había tardado exactamente setenta y tres segundos en desplazarse hasta el lugar.
Me levanté y caminé tranquilamente hasta el interruptor de la luz.
Me quedé a oscuras, completamente a oscuras en esta ocasión.
Bajé la cremallera de mi abrigo para que no entorpeciera mis movimientos y me preparé.
Conecté mi sensor de frecuencias de oscilación de partículas. Shuriken podía ser veloz y sigiloso en extremo, pero su estructura física desplazaría motas de polvo en suspensión en el aire al irrumpir en la estancia y, si una sola molécula se agitaba a mi alrededor, yo detectaría la fluctuación.
La luz no me importaba. Podía activar en torno a mí un sentido radar que geolocalizaría la ubicación exacta de los átomos de mi hermano. No podría jugármela con sus truquitos de prestidigitación shinobi .
Obviamente, no era necesario todo aquello. De hecho, mi misión consistía en llevar al doctor a la base del Proyecto Caribdis y eso ya podría haber estado haciéndolo en esos instantes. Vérmelas cara a cara con Zephros no entraba en el plan. Era arriesgado. Infantil.
Zephros jamás me habría derrotado antes de que le liberáramos al mundo para desempeñar su labor de infiltración.
Hoy, todo eso era muy distinto. Zephros se había perdido en la conciencia moldeada por la realidad.
Es más, en un estricto sentido de la palabra, se podía decir que Shuriken había poseído el cuerpo de Zephros. Yo podía ser su exorcista.
Por eso, no fui capaz de computar cómo me sorprendió.
Sencillamente me agarró desde atrás, me apresó y tiró al suelo, inmovilizándome el brazo derecho de modo absoluto.
Incomprensible, por supuesto. Y estaba pasando.
Bocabajo, inmóvil contra el suelo de cintura para arriba, flexioné mis piernas para arquearme de modo inhumano y poder agarrarle de las sienes con mis tobillos.
Tras atraparle, pude hacer fuerza y quitármelo de encima al arrojarle contra la pared opuesta.
Mi fuerza era superior a la suya. Siempre lo había sido.
No iba a subestimarle nunca más. Él lo había hecho al considerarme humano. Por ello, pensó que no necesitaba preocuparse por mis piernas. Todo mi cuerpo podía ser empleado como arma.
Encendí la luz y él se fundió en un rincón en penumbra como si fuera una superficie líquida.
Antes de que me diera cuenta, ya tenía su espada atravesándome la zona abdominal.
Un ataque preciso desde retaguardia mientras yo seguía buscándole delante de mí.
Aprisioné la punta de la hoja con una mano al tiempo que pivotaba con un movimiento feroz, que la rompió.
Shuriken contempló su ninjato roto y me miró, asombrado.
—Seguro que esto no te ha pasado nunca —le dije, mientras extraía por delante de mí cuatro palmos de hoja afiladísima.
Él dejó caer la espada partida. Antes de que tocara el suelo, ya me había lanzado dos cuchillos kunai , que esquivé por milímetros.
Se movió a mi alrededor, dando volteretas, saltando sobre el techo y rebotando contra mí sin dejar de lanzarme objetos: estrellas ninja, dagas tanto , teshubishi , makibishi y otras mierdas típicas de los asesinos medievales japoneses.
Nada de eso atravesaba mi piel metálica.