SuprAdalid 29. Mover ficha #2
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29. Mover ficha #2

Nada de eso importaba si nosotros nos salíamos con la nuestra.

Decurión podía declarar una Segunda Supraguerra y/o destruir el mundo si quería, porque nosotros recuperaríamos nuestra realidad y volveríamos a ella.

Habría pasado un montón de tiempo, eso sí.

La sobrescritura se había efectuado hacía nueve años, pero el efecto retroactivo abarcaba de 1903 en adelante.

Algunos elementos importantes de la cultura humana de la década pasada estaban trastocados para siempre.

Cuando volviéramos a la realidad original (si teníamos éxito), nos encontraríamos con que nos habían arrebatado años valiosísimos, logros de todo tipo, gestas empresariales, obras de arte y toda clase de interacciones personales.

Niños que hubieran debido nacer no existirían; carreras orientadas en una dirección se habrían torcido para siempre.

Todo el mundo iba a verse afectado por ello. No sería fácil para nadie.

Por poner un ejemplo que haría sentirse orgullosa a mi creadora, todo lo que hubiera hecho Benedict Cumberbatch, de la película Doctor Strange en adelante, jamás lo recuperaríamos.

Lo peor de todo era que, en la sobrescritura telepática practicada a toda la población del planeta, el actor inglés (ahora, avalonés) no había pasado de su discreto papel en la serie Dunkirk .

Trece años de interpretación incansable y prometedora se habían borrado de la memoria popular por el efecto retroactivo.

Lo que se recordaba en el exterior era que, tras su papel en aquel episodio de la serie, el actor cambió los platós y sets de filmación por la venta de seguros.

Más allá de nuestra cúpula de protección, no se había hecho famoso para nadie.

Y, como éste, había millones de ejemplos. Incluso aunque se recuperaran aquellos años…, siempre faltarían nueve más. Y no había opción de devolvérselos.

En un momento determinado ocurrió algo que me sacó de mis ensoñaciones.

Mientras espiábamos al doctor Ottosson, éste recibió una llamada entrante desde la aplicación conocida como Broadcastly. Un tipo misterioso que se hacía llamar agente-777 mantenía una conversación de lo más relevante con él.

—¡Doctores, les interesa escuchar esto! —exclamé moviendo mi mano en alto para indicarles que se acercaran.

La mujer llegó enseguida. El padre con cuerpo infantil tuvo que esquivar con el carrito un montón de cúmulos de cables y dispositivos electrónicos y tardó más.

—¿Qué pasa?

—Parece que, además de con el presidente Decurión, nuestro buen doctor mantiene contacto confidencial con lo que él creía que era un agente del Espolón. Acaba de comprobar, para su sorpresa, que no es así.

—¿Quién es ese tío? ¿Es un Zero?

Subí un poco el volumen de la conversación. Ottosson seguía conversando con el agente anónimo.

«Tiene que demostrármelo. Necesito protección.»

«Usted gana. Se lo demostraré.»

Yo había estado comparando la voz sintetizada del agente-777 con todas las voces que tenía registradas en mi banco de timbres hasta que hubo un factor de coincidencia.

Por supuesto, los altavoces nefastos del portátil de Ottosson distorsionaban la voz y se diría que las propias cuerdas vocales habían sido modificadas de forma artificial.

Fuera como fuese, había identificado la voz.

—Es Zephros.

Los dos integrantes de la familia Vega me miraron estupefactos. Christelle Vega abrió la boca hasta el punto de dar la sensación de que se le había desencajado la mandíbula.

—No. Me. Jodas.

—Todavía estoy realizando comprobaciones —dije sin dejar de teclear y computar—. Estoy a punto de verificarlo del todo… Ya está. Es Zephros. El agente-777 es Zephros.

—¿Se ha convertido en un agente del Espolón?

—No. Eso es lo que creía el doctor Ottosson, pero acaba de comprobar que no es así.

«Apague las luces de la casa.»

«¿Cómo dice?»

Los tres nos quedamos mirando el monitor, donde el doctor Ottosson se movía delante de la webcam incorporada en la tapa del portátil, sin saber que le estábamos espiando.

Cosa que habría podido impedir tapando el pequeño objetivo con una tira de cinta americana o una tirita.

El caso es que le veíamos. Quien obvia las más mínimas medidas de seguridad invita al espionaje digital a café y a puro.

—¿Qué va a pasar? —preguntó la doctora—. Está apagando las luces.

—Le va a hacer un truco de magia —dijo la voz infantil.

—Eso parece, desde luego —secundé.

Y entonces, tras unos segundos de tensión, pudimos ver a través de la webcam pirateada cómo desde las sombras de la pared surgía un individuo encapuchado, con una especie de bozal tecnificado que le tapaba la nariz y el mentón. Agarró al doctor desde atrás y le hizo una presa.

—¡Coño!

—Sí.

Era el suprAdalid desaparecido conocido como Shuriken. Estaba tan cerca de la cámara que la confirmación visual no dejaba lugar a dudas.

—¿Es Shuriken? ¿Ese tío que ha salido de la pared es Shuriken?

—Lo es, doctora.

—¿Shuriken es Zephros?

—Pues… eso parece.

—¿Cómo cojones no lo supimos? ¿Cómo puede Zephros ser Shuriken? ¡No puede atravesar paredes como un fantasma! ¡No puede!

—En realidad, doctora Vega, se desplaza entre átomos no excitados por fotones. Las sombras, si lo prefiere.

—¡Zephros no podía hacer eso! No lo diseñé así, aunque la idea es cojonuda. ¿Por qué lo hace ahora?

No me hizo falta procesar muchos datos para alcanzar una hipótesis viable.

—Su integración en la reescritura de la realidad ha sido total, por culpa de su mente humana.

Mi medio hermano se adaptó por completo a la narrativa, eso ya lo previmos.

La propia mitología del mundo le otorgó poderes debido a la creencia popular, quiero recordar que esto también lo contemplábamos.

Probablemente empezara siendo un ninja de los buenos.

Yo mismo puedo hacer eso. Sólo necesito ropa negra y tengo el armario lleno.

Como androides, podemos ser sigilosos en extremo, rápidos y fuertes.

Conocemos todas las técnicas de artes marciales inventadas por el ser humano.

Sin embargo, si la gente creyó que Shuriken era capaz de mucho más, sus poderes pudieron verse aumentados progresivamente.

Previmos que su mente podía perderse en el vendaval de la nueva realidad.

Y ahora está claro que esa nueva realidad le ha transformado en… el Shuriken en quien la gente cree.

—¡Coño!

—Sí.

El niñito contempló el monitor con un buen moco líquido colgándole de la nariz como un péndulo.

—Ottosson no ha podido verle tan bien como nosotros.

Tal y como había aparecido, entre las sombras proyectadas en el respaldo del sofá, Shuriken desapareció.

Necesitaba unos instantes para atravesar el río de sombras que separaba su ubicación del piso del doctor y, ahora, debía regresar al mismo lugar.

De noche, las sombras se multiplican. Si Shuriken era capaz de atravesar largas distancias como un fotón cualquiera en un chorro de luz, su desplazamiento real podía ser tan vertiginoso que ofrecía una ilusión de teletransportación sin serlo de verdad.

—Fascinante.

Incluso yo podía terminar haciendo eso, siempre que la Humanidad lo creyera.

La doctora se sacó una piruleta de un bolsillo de la bata. Desenvolvió la lámina de caramelo rojo rosáceo y se la metió en la boca.

—Va a colgar la llamada —se aventuró a teorizar.

Pero el doctor Ottosson no colgó la llamada. Utilizó la luz de la pantalla del portátil para comprobar que volvía a estar solo y aguardó a que su agente protector regresara al punto desde el que se estaba produciendo la conexión online.

«Eso espero.»

Ottosson se sorprendió de nuevo al escuchar la voz del ninja artificial en su aparato portátil, desprendiéndose de él como si quemara. Siguieron hablando del peligro que corría la suprAdalid Crisis, hermana de Decurión.

La doctora me puso una mano en el hombro.

—Andros, tienes que ir allí. Necesitamos a este tipo.

—¿Ir allí?

—Ahora mismo. La influencia psíquica no te afecta, eres poderoso. Has de ser tú. Tienes localizada la señal. —Señaló la imagen que nos llegaba de la webcam —. Ve a su piso y tráenos a este pedazo de figura. Movemos ficha hoy mismo.

—No puedo desplazarme tan rápido como Zephros.

—Llévate nuestro Skyzenith. ¡Mira! Está contándole lo que ha pasado esta tarde en la sesión con el tal Portalus. Va a estar un buen rato explicándole todo. Debes darte prisa. Ponte el abrigo negro largo con capucha. ¡Ve!

—Es buena idea —intervino el padre que parecía el hijo—. Con el último Prelado en nuestro poder, podemos darle la vuelta a todo este asunto.

Entraba en lo posible que los Prelados se reencarnaran y volvieran a la vida en una generación futura.

O que no fueran sólo doce. O que el superpoder definitivo de la telepatía le sobreviniera a algún adulto que hasta ese momento no hubiera gozado de él.

Quizá siempre habían de ser doce, fueran cuales fueran las circunstancias.

Nos movíamos en el terreno de las hipótesis.

El exterminio de los demás psíquicos, asesinados por el perro de caza de algún ser malintencionado, podría obligar al Vínculo Akáshico a tomar medidas drásticas.

La madre naturaleza tenía esos caprichos y, cuando se empeñaba en algo, lo obtenía.

Nadie hacía más trampas que la propia vida.

Ulf Ottosson no podía ser el psíquico que mandaba matar a sus compañeros. Tenía que tratarse de aquel que había decidido ocultarse, dejando de emitir su señal cerebral, como el Prelado que era. Reconfigurando su mente.

—De acuerdo —asentí—. Lo haré.

—He modificado los sistemas stealth del Skyzenith que conseguimos hurtar —dijo el doctor Lornias Vega—.

Ahora su señal calorífica se disipa más deprisa y, con su nueva película adherida al fuselaje, las ondas radar se dispersarán de un modo más eficiente.

Ni los radares de banda ancha ni los sensores térmicos más sensibles podrán detectarlo.

Es la aeronave espía más avanzada de este tiempo.