29. Mover ficha
Mover ficha
Revisé de nuevo los cálculos. Mi cerebro, bastante potente como para efectuar el cómputo completo, se veía mejorado cuando me enchufaba a las dos grandes supercomputadoras encargadas de analizar la lectura de ondas psi residuales. Los resultados eran sorprendentes.
—El pico es incontestable —informé a todos—.
Se encuentra en Odeon. No es el pico cíclico que se repite cada cien horas, suave y etéreo, una tecla de piano siendo presionada y cuyo eco se pierde en la atmósfera.
Estoy hablando de un rasgueo de guitarra eléctrica atronadora ubicada en un lugar específico de la ciudad.
Recordé que los Prelados aprovechaban la frecuencia típica en la que emitía la conciencia humana para extender sus directrices y permitir que la realidad, sujeta al Vínculo Akáshico, se viera modificada.
Después de varios meses viendo cómo la contaminación psi disminuía hasta casi desaparecer, no mucho antes del golpe de Estado de los suprahumanos, detectamos un pico importante. Volvía a haber actividad telepática en el mundo.
La doctora Vega se recogió la rebelde melena en una cola de caballo en el cogote, se ajustó las enormes gafas y, apoyándose en mí hasta que permití que me apartara, observó los monitores con una curiosidad enfermiza.
—¿Lo tienes localizado ya?
—Estoy en ello. Se sitúa en el distrito Rubí. Si me permite seguir estudiándolo, localizaré el punto exacto.
El padre de la doctora Vega aprovechaba que los portales funcionaban perfectamente para juguetear y seguir haciendo mediciones.
Arrojaba una pelota de tenis a uno de los portales y corría con su carricoche altamente tecnificado a recogerla desde el otro.
La mayoría de las veces él fallaba y la pelota pasaba de largo; los portales, en cambio, ni una vez.
Ya habíamos conseguido superar el problema de la pérdida de masa. Ningún átomo era sacrificado en el proceso. Los portales formaban una continuidad del mismo espacio a través de un atajo interdimensional.
—¿Por qué, Andros? ¿Qué le ha hecho asomar la cabecita a nuestra ardillita oculta? ¡Papá, deja eso y ven!
—Quién sabe, doctora. Puede que haya comprendido que está solo, que es el único telépata que queda y quiera empezar a cambiar cosas a placer. Si hay un buen momento para hacerlo, es éste. No tiene competencia.
—¿Estás seguro de eso? Los Prelados podrían ser necesarios en un sentido cósmico, en fin, ya sabes cómo es esto. Podrían nacer otros once de esos cabritos psíquicos y, en cuestión de veinte años, estar todos otra vez sometidos a sus caprichos.
Seguí tecleando a toda velocidad y efectuando varias operaciones en el ordenador principal.
—Ya lo tengo. Dirección física. Quisiera, como decía, que supiera que este artefacto no nos servirá de mucho si no llevamos una de las puertas a otro lugar, la que deseáramos conectar con nuestro laboratorio.
Tengo una teoría al respecto, si bien aún no he sido informado de cuál es ese lugar preciso.
Ella se apartó y se sentó en el borde de la mesa, encima de un lío de cablecitos que iban hasta el suelo y se conectaban a numerosas amalgamas de plástico, goma y fibra.
—Los viveros, por supuesto. Es el desafío que debemos superar a continuación. Tal y como… —La pelota de tenis pasó botando muy cerca de nosotros—. ¡Papá, deja eso de una vez! ¡Basta!
El viejo físico se apoyó en el borde de la barra protectora anticaída de su cochecito e hizo un par de pucheros de ésos que derriten al género humano convencional, pero no a su hija cabreada. Y a mí, menos.
—Doctor, deje de dar la lata y abrúmenos con una de sus hipótesis al respecto.
—Sí, anda, papá, hazlo. ¿Por qué el telépata más escurridizo de todos se manifiesta de manera tan descarada de repente?
El bebé con mente de octogenario avanzó con su vehículo hasta acercarse a nuestra suerte de anfiteatro improvisado. De pronto, sus ojos estaban más secos que un desierto. Talento teatral.
—No lo sabe —dijo, con una sonrisa maligna—. Y, por eso, hace lo que hace.
La doctora Vega descruzó uno de sus brazos para rascarse la barbilla.
—¿Dices que el Prelado no sabe que lo es?
La deducción era maravillosa. El viejo seguía siendo un genio, había que reconocérselo.
—Brillante —admití—, porque es imposible, si tenemos en cuenta lo que sabemos de ellos. Saben lo que son, lo saben.
—A no ser que él mismo se lo haya hecho —añadió la doctora Vega.
—Mediante una especie de reestructuración de su memoria —deduje yo—.
Algo que no sabíamos que los Prelados pudieran hacer, pero que éste ha conseguido.
El primer avestruz que aprende a enterrar su cabeza en la tierra, (por decirlo así, ya que se trata de un mito del mundo animal.
Una idea genial si quieres pasar desapercibido para las mentes más poderosas del planeta.
Especialmente si…, aquí lo tengo. Ulf Ottosson.
Como estaba diciendo, especialmente si los telépatas han empezado a matarse entre sí.
—Aunque para ello debas convertirte en una persona normal —dijo la doctora Vega como si se sintiera orgullosa de este telépata ancestral de poder ilimitado—.
Si bien, cada cien horas, durante un latido, tu psique vuelve a ser de un Prelado.
Un pequeño tic, como una especie de ancla, para que la voluntad del telépata no se pierda en la de la persona normal, con toda certeza una identidad creada exprofeso para tal fin.
—¿Puedo seguir jugando con la pelota?
—¡No, papá, no puedes! Lo que podrías ir haciendo es pensar en la manera de localizar los viveros. Hay un portal que debería llevar allí.
El informe resultante me llevaba a una pantalla de ordenador concreta: la de un individuo que resultó ser un doctor especializado en psiquiatría.
—El piso donde se produjo el pico de señal psíquica es el de este señor: Ulf Ottosson. La onda telepática se ha sentido allí, pasado el mediodía.
—¿Podría ser él? Me refiero al Prelado.
Miré la fotografía de carnet de identidad. Desde luego, no parecía un Prelado, un tipo con siglos de antigüedad que llevase gobernando en la sombra a todos los seres humanos junto a otros once privilegiados de la peor calaña. Tenía cara de pringado.
—La identidad de Ulf Ottosson existía en nuestros archivos preescritura, por lo que la identidad civil ya estaba registrada. Es posible que adoptara la identidad de un muerto o que él mismo mandara a alguien incluir esa identidad civil en los registros oficiales. Todo es posible.
La doctora Vega arrugó la cara mientras miraba aquella foto.
—Quiero que le hackees todos los dispositivos, ordenador, móvil, todo. Y quiero…
—Eso ya lo he hecho, doctora.
—¿En serio?
—Sí.
El falso bebé se puso otra vez a arrojar la pelota contra los portales activados.
—¿Le has hackeado todo el equipo mientras hablábamos? —preguntó la doctora.
—Hace un minuto. Seguíamos hablando, en efecto.
—No dejas de asombrarme. Y eso que te construí yo. ¡Un momento! ¿Este colega es el loquero de los supras? Ya decía yo que me sonaba su nombre.
—Ha debido de ocurrir algo para que se produjera un pico psíquico tan potente en su lugar de residencia.
Mientras yo seguía realizando tareas secundarias, la doctora se acercó a uno de los portales y agarró al vuelo la pelota que surgía directamente de la ventana interdimensional. Su padre estuvo a punto de estrellarse con el carricoche contra sus piernas.
La doctora sacó una navaja automática de un bolsillo de su bata y pinchó la pelota. La rajó como si estuviera abriendo una naranja y, cuando quedó inservible, la dejó caer al suelo, contemplando a su padre con expresión de madrastra de cuento mientras guardaba la hoja dentro del mango.
—Viveros. Buscar. Concentración. Madurar.
Y se fue a atender al pobre Sol Navar, quien seguía siendo nuestro prisionero.
Resultaba curioso que el joven ayudante estuviera demostrando una teoría por la que no apostábamos demasiado.
La influencia exterior psíquica en su cabeza retrocedía, como la marea cuando baja.
Nuestra cúpula antipsi le mantenía alejado de la corriente de influencia exterior, de modo que la información relacionada con la nueva realidad impuesta psíquicamente se veía obligada a replegarse.
Era un dato importante, pues nos indicaba que la realidad necesitaba ser retroalimentada a perpetuidad.
La zona de influencia alcanzaba la órbita del planeta, pero no llegaba mucho más allá.
Si unos astronautas eran enviados a la Luna o a Marte, verían cómo sus recuerdos antiguos se abrían paso a codazos entre los nuevos.
No olvidarían nada, sino que recordarían dos realidades diferentes.
Los Prelados eran inútiles en un futuro donde la conquista espacial constituyera la moneda de cambio. Ahí estaba la verdadera libertad. Entre las estrellas.
O ampliando sus mentes mediante cibermejoras electrónicas que los llevaran a superar su humanidad y convertirse en seres pensantes superiores. Comparables a androides.
Para cuando se hizo de noche, yo ya había averiguado todo lo que nos interesaba saber sobre el psiquiatra en cuestión.
En efecto, tenía en su lista de clientes a gente muy particular.
También había monitorizado su conversación telefónica con el nuevo presidente de Eurotania, informándole de las intenciones de Portalus con su hermana.
Ahí fuera se estaba montando un buen jaleo.