28. El miedo de un hombre #3
Me daba la espalda mientras estaba girado de lado. La mano izquierda se puso a frotar el hombro derecho.
—No lo hice bien con Púlsar. Ahora sí lo haré de la forma correcta.
Sonaba mal. Sonaba muy mal. Eran los engranajes corruptos del psicópata Bernard Carón poniéndose en marcha. Una mente como ésa no podía perpetrar nada bueno.
—¿Qué está pensando hacer?
—Decurión es el mejor líder mundial que el hombre ha visto.
Debemos ayudarle a conseguir el mundo perfecto.
Nadie ha confiado en mí como él ha hecho.
Se lo debo. El mundo será perfecto o será destruido.
No hay más. Decurión tiene ahora mismo muchísimas responsabilidades.
Lo menos que puedo hacer es reducir al mínimo las distracciones a su alrededor.
—¿Distracciones?
—Sí. Empezando por la imprudente de su hermanita. Nunca mereció ser Zero. Estoy seguro de que dará problemas, vaya si los dará. Estaba con Púlsar y alguien que es capaz de emparejarse con un cretino como ése merece… ser restada de la ecuación.
—¿Qué va a hacer?
—Luego vendrá esa chinita nueva. Otra distracción. Y quizá me encargue de la antigua primera ministra Morris, porque algo andará tramando. No dejará que la echen de la Cámara Celeste sin armar algún jaleo. Todas ellas, fuera.
Estaba tan fuera de la realidad que ni siquiera se había enterado de que la primera ministra Morris se había suicidado hacía tiempo.
—¿Qué va a hacer, señor Portalus? Dígamelo, se lo ruego.
—Voy a… llevármela. —De repente se incorporó y me arrebató la carpeta de las manos.
Mientras yo me quedaba helado viendo cómo miraba los dibujitos torpes y un laberinto que había empezado a trazar, Portalus adoptó una expresión que yo no había visto jamás, aunque sí la había imaginado en mis pesadillas.
Me devolvió con suma tranquilidad la carpeta, con unos ojos llenos de iniquidad—.
Tenga su carpeta, doctor Ottosson. —Dejó que yo la recuperara—.
Se le ha puesto cara a usted, si me permite que se lo diga, de distracción.
Supe entonces que iba a matarme. Estaba seguro de ello.
Todo mi cuerpo se puso en tensión, preparándose para cualquier cosa.
Lo que fuera que se le ocurriera a este maníaco.
Quizá una máquina pesada caería sobre mí a través de una ventana dimensional abierta sobre mi cabeza.
O me vería atravesando un agujero ovalado hacia la orilla de un río infestado de cocodrilos.
—Infestado de cocodrilos —dijo él con gesto de extrañeza.
Una gota de sudor surcó mi frente. Estaba muy fría.
Y se teletransportó. Portalus dejó de estar allí.
Era la primera vez que lo hacía delante de mí.
Estaba acostumbrado al miedo. Portalus me generaba esas sensaciones con cada segundo de su presencia.
En ese momento, el pánico que experimentaba llegó al tope del paroxismo.
Creí que iba a darme un ataque. Me fumé dos cigarrillos seguidos en cuestión de segundos.
Con bocanadas desesperadas, el humo entraba en mis pulmones hasta llenarlos por completo.
No abrí las ventanas para airear el despacho.
Tenía que salir de allí.
De camino a mi casa no paraba de darle vueltas.
Portalus me había incluido en esa lista de futuros proyectos.
Vendría a por mí. Se trasladaría dimensionalmente adonde estuviera y me conduciría a un destino fatal.
Sólo mis contactos suprahumanos, entendiendo al agente-777 como tal, quizá, y al propio Decurión, podían ayudarme.
Estuve aguardando a que Decurión me hiciera la llamada de los martes, pero no la hizo.
Tras la sesión con Portalus, contactaba para saber cómo había ido la cosa.
Y, el día que más necesario era, no me llamaba.
¿Por qué no me llamaba? ¡No había nada más importante!
Imaginé mil planes y los deseché todos. Estaba en manos de terceros.
Al final, el presidente me llamó. Bastó con decirle que Portalus había ido a por su hermana, la señorita Inga Diamandis. Y no hizo falta más.
—¿Adónde podría llevarse Portalus a la hermana de Decurión?
—¿Cómo quiere que lo sepa?
—Doctor, concéntrese.
—Espere un… Dios… ¡Eh! ¡Qué coño! ¡Eh! ¡¿Quién es usted?! ¡No! ¡No se acerque a mí! ¡No, por favor! ¡Socorro!
—¿Qué pasa, doctor? ¿Qué está ocurriendo?
—¡Agente-777, tiene que ayudarme! ¡Hay alguien aquí, conmigo! Quieme paparme ma moca… No mof mamof… Mmf… Mmf…
—¿Doctor? ¿Qué pasa?
—…
—¿Quién está con usted? ¡Ottosson! Encienda la cámara. ¿Ottosson?
—…
—…
—…
—¿Quién anda ahí? Oigo su respiración.
—Eso es imposible.
—¿Quién es usted? ¿Qué ha hecho con el doctor Ottosson?
—No reconoces mi voz. Es muy desilusionante. ¿En qué te has convertido?
—¿Está el doctor Ottosson muerto?
—No lo está. No deseamos eso. Ahora… tienes que venir.
—¿Para qué?
—Todo el mundo está apostando fuerte. Nosotros ya estamos preparados. Es nuestro turno. Y te queremos de vuelta con nosotros, hermano. Debes venir. Te llevaré de vuelta al redil.
—¿Quién es usted?
—Voy a apagar las luces, hermanito. Y esperaré a que vengas. Y te lo haré comprender. Te lo vamos a explicar todo bien claro.