28. El miedo de un hombre #2
Estaba integrado y su trabajo importaba. Dirigía un ministerio recién creado, según Decurión, decisivo en su administración: el de Defensa contra Invasiones Exoplanetarias, le dejaba bastante tiempo libre.
Y, por algún motivo, se creía la mano derecha de Decurión, lo que le convertía en el verdadero vicepresidente, por mucho que Gax ocupara realmente el cargo.
Lo peor de todo era que estaba a punto de dar el salto de ser el tipo que siempre hacía lo que le decían al que obraba por propia voluntad.
Una parte de él clamaba por ser resolutivo, aportar ideas propias, acertar con las acciones apropiadas que a nadie se le habían ocurrido.
Tenía el respeto de Decurión y quería más.
Se excitaba con la idea de colgarse medallas imaginarias en el pecho.
Y nada daba más miedo que un hombre como Portalus excitado por algo.
Durante la penúltima sesión, mi enajenado paciente había tomado la determinación de castigar al traidor.
Al preguntarle que a quién se refería, me respondió que a Tip Lassard, es decir, Púlsar.
A quien, por otra parte, y según sus propias confesiones, nadie buscaba, pues a nadie le importaba.
Pero a él, sí. Y estaba dispuesto a darle su merecido por insultar la confianza que Facción Zero le había otorgado.
Como mis sesiones con él se basaban en escuchar sus discursos y procurar sobrevivir, no le hice mucho caso. Portalus tenía ocurrencias geniales que al día siguiente le parecían a él mismo sandeces que olvidar.
Por ello, cuando en la sesión de hoy confesó que la explosión del distrito Topacio había sido cosa suya y que la detonación había sido el propio cuerpo de Púlsar al ser dividido por un portal dimensional, supe que había rebasado la línea roja.
Y algo en mí se encendió.
No podía más. Mi pasividad les había costado la vida a decenas de miles de personas en un barrio obrero sin ningún valor simbólico política o ideológicamente hablando. Un atentado absurdo que sólo perseguía satisfacer el hambre homicida de un suprahumano mucho más poderoso de lo que nos convenía.
Era, en parte, culpa mía.
Portalus confiaba en mí. Yo no lo estaba tratando. A él no. La pregunta era la siguiente: ¿por qué no?
Porque no tenía remedio.
—¿Cómo se siente ahora que Púlsar ha desaparecido? —le pregunté, tras haberme confesado su crimen.
Mi paciente cambió de postura, recostado en el diván. Entrecruzó los dedos de ambas manos sobre el vientre.
—Bien —dijo, pensando bien lo que iba a decir—.
Un poco decepcionado porque no pude verlo.
Me trasladé allí al instante. El muy vanidoso estaba dejándose hacer unas fotos.
Nada de una sesión de modelos o algo así.
Ni siquiera era un fotógrafo profesional.
Acabarían de firmar un acuerdo o algo. Uno de los tipos importantes con corbata de Mainer se levantó para inmortalizar el momento con su móvil.
El director de la empresa y Púlsar se daban la mano.
Él tenía el cuerpo encendido energéticamente.
Yo llegué en un chasquear de dedos y, apenas habían reparado en mi presencia en aquella sala de reuniones, abrí el portal bajo los pies de aquellos dos idiotas.
Cayeron y cerré el portal enseguida cuando no lo habían atravesado por completo.
Púlsar actuó instintivamente y quiso salir del umbral, así que estuvo a punto de salvarse.
No lo logró. El portal se cerró a la altura de sus rodillas y la explosión se produjo en los dos sitios conectados.
El tipo del móvil, el director que le estrechaba la mano, todo el mundo se evaporó en una décima de segundo.
Yo me teleporté… lejos de allí porque sabía que debía hacerlo.
Iba con los deberes hechos, ¿sabe? Por eso…
realmente no lo vi. Fue como cortar un vídeo justo en el momento en que la espada del verdugo está a punto de decapitar al sentenciado.
—Y eso le decepcionó.
—Sí. Y tampoco fue tan genial —siguió explicándose— porque murió toda aquella gente, lo que le quitó un poco de heroísmo al momento.
No fue perfecto. Bueno, no sé, es verdad que algún Zero dijo que Púlsar era una especie de central nuclear con patas.
Lo cual me pareció una exageración. ¿Cómo ese palurdo iba a ser eso?
Medía menos de metro ochenta. No podía estallar tanto, pensé.
Yo sabía que destruiría el edificio de Mainer.
Y me parecía bien. Que se jodan esos creadores de refrescos con cafeína.
El azúcar mata. Lo que no me figuraba es que la explosión abarcara tanta superficie.
Hice como que anotaba un dato importante de la sesión en mi carpeta, cuando en realidad estaba haciendo un dibujo de una mosca en la esquina de la página, atrapada en una telaraña.
—¿Le importó que toda esa gente muriera?
—Por supuesto. No podía atribuirme el mérito de matar al traidor.
¿Lo comprende? Si mataba a Púlsar y a todos los de esa compañía, le estaría haciendo un favor a mi buen amigo, el presidente.
Decurión odiaba a Púlsar por engatusar a su hermana y querer aprovecharse de ella.
Puto traidor energético. Púlsar estaba mejor muerto.
—Se acurrucó en una pose infantil. Parecía casi indefenso—.
Mi decepción fue mayúscula al ver que Púlsar había arrasado tantas manzanas al morir.
Si hubiese confesado la verdad, Decurión se habría enfadado conmigo.
No se puede ser un héroe con tantos daños colaterales.
—Así que ocultó su implicación en el suceso.
—Correcto. Nadie sabe lo de Púlsar. Va a continuar desaparecido para siempre.
Un misterio por resolver. Y los medios de comunicación han informado de que los responsables de la explosión han debido de ser unos fanáticos de una célula independiente de terroristas aljalizhistaníes. Nadie puede demostrar nada.
«Nadie —pensé—, excepto yo.» Si había corrido peligro hasta ese momento, el nivel de riesgo había aumentado de modo exponencial. Mareaba pensar dónde estaba metido.
La única idea que se me ocurría para acabar con todo aquello era que yo mismo llamara a Decurión para contárselo.
Sin embargo, él dejó bien claro, desde el principio de nuestra relación, que no podía llamarle bajo ninguna circunstancia.
Los medios de los que yo disponía eran rastreables, mundanos, bastaría con que un solo suprAdalid se enterara de que yo informaba al jefe de Facción Zero de todas las terapias que efectuaba a sus colegas para que mi posición como loquero de los supras se tambaleara.
Si era Portalus el que llegaba a enterarse, me podía dar por muerto.
—¿Volverá a tomar de nuevo la iniciativa? —pregunté, tratando de disimular mi ansiedad—. No parece que este acto pueda considerarse un éxito.