SuprAdalid 28. El miedo de un hombre
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28. El miedo de un hombre

El miedo de un hombre

Conversación telefónica entre el doctor Ulf Ottosson y el presidente Julek Diamandis, nombre en clave Decurión.

—¿Diga?

—¿Doctor Ottosson?

—¿Por qué ha tardado en llamar? Esto es cada vez peor.

—¿Está con usted nuestro trastornado amiguito en común?

—Ya se ha marchado. La sesión de los martes, ya sabe.

—¿Hace cuánto que se ha ido?

—Hace una hora. Y usted insistió en que jamás le llamara. Jamás. Y no le he llamado, señor Decurión, pero debería haberlo hecho. ¿No lo entiende? Puede ser demasiado tarde. Ha ido a por la señorita Inga.

Entrevista online a través de Broadcastly al doctor Ottosson por parte del misterioso Agente-777.

—Buenas noches, doctor. ¿Por qué ha tardado tanto en responder a la llamada? Se supone que debemos reunirnos cada martes por la noche.

—Ha pasado algo grave.

—Cuénteme. Hablar conmigo le reconforta, por eso lo hacemos, después de cada sesión con Portalus.

—¡Ha vuelto a hacerlo! Está desbocado. Lo bueno es que ahora sí le pararán. Deben hacerlo.

—¿De qué está hablando? ¿Quién le parará?

—El Suprapresidente.

—Sigue siendo su confidente, ¿verdad?

—Por supuesto, ¿qué otra opción me queda? Ayer era la persona más poderosa del mundo, hoy tiene el cargo más poderoso del mundo, ¿cómo voy a resistirme a alguien así?

—No puede.

—Oiga, he leído cosas en internet. Se han filtrado ciertas informaciones acerca del Espolón. ¿Es cierto que ha sido desmantelado?

—Ha oído bien.

—¡Pero usted es un agente del Espolón! ¿Quién me va a ayudar ahora?

—Yo no dije eso.

—Usted me dejó creer eso. Ahora ya no sé con quién estoy hablando. Ni siquiera nos hemos visto nunca en persona. ¿Es suprAdalid? ¿Quién diablos es usted?

—Llámeme Agente-777. Dejémoslo así.

—Voy a cortar la conexión.

—Si lo hace, jamás volveremos a hablar. Dejará de tener mi protección.

—¿Qué protección me está dando? Cuando ese teleportador chiflado viene, estoy completamente a solas con él. ¿Cómo puede protegerme de ese ser despreciable?

—De acuerdo. Soy suprAdalid.

—¿En serio? ¿Quién? ¡Dígame quién! Dígame quién es o juro que saldré de esta sala de Broadcastly y no volverá a hablar conmigo.

—Créame, soy suprAdalid.

—Deme su nombre en clave.

—No.

—Tiene que demostrármelo. Necesito protección.

—Usted gana. Se lo demostraré.

—De acuerdo.

—Apague las luces de la casa.

—¿Cómo dice?

—Apague todas las luces de la casa y quédese sólo con la luz que sale del monitor que tiene delante.

—Esto… es…

—¡Apáguelas! ¡¿Quiere una demostración?! ¡Haga lo que le digo!

—De acuerdo. Lo haré.

Le hice caso. Me levanté de la silla de escritorio con ruedas y fui a apagar la luz del salón, la única que estaba encendida. Volví al sofá y me quedé mirando la pantalla del ordenador portátil, que coloqué sobre mis piernas.

—Ya está, he apagado las luces —informé al misterioso agente.

—Lo sé —dijo él, con su voz robotizada a través de los altavoces.

Hubo un tiempo de quietud. No sé cuánto duró, lo que sí puedo asegurar es que se me hizo eterno.

Yo estaba allí, en mi casa, en penumbra, y, por algún motivo, estaban a punto de hacerme un truco de magia o algo parecido.

Tenía esa sensación. Miré hacia todos los rincones de la casa con nerviosismo.

¿Para qué me había pedido que hiciera eso?

Estaba a punto de protestar al micrófono cuando ocurrió.

Unas manos que parecían de acero surgieron desde detrás del sofá.

Con una, el intruso me tapó la boca. Con la otra, los ojos.

No podía mover la cabeza, ni emitir sonido alguno.

Quise zafarme de la presa, sin éxito. Golpeé los antebrazos del individuo, recubiertos por algún tipo de protección metálica laminada.

Me giró la cabeza, quedándose a mi espalda, la mano que me cerraba los ojos se apartó y me estrujó un músculo cercano a la clavícula que paralizó mi cuerpo.

—No me obligue a volver a hacer esto —dijo el intruso, con la misma voz que el Agente-777 de Broadcastly. Sonaba pura y natural pegada a mi oído. Estaba allí realmente. Detrás del sofá.

Sólo un suprahumano podría salir del computador y aparecer detrás, en un hueco minúsculo entre el sofá y la pared contra la que casi estaba arrinconado.

—Ahora dígame si lo ha entendido —siguió diciendo, con una voz siniestra—. Si grita, le haré muchísimo daño. Más del que ha experimentado nunca. Voy a soltarle. Recuerde lo que le he dicho.

Liberó la presión sobre mi boca y el músculo pinzado. Apoyó las manos en mis hombros.

—Le he entendido, señor —afirmé, a punto de empezar a tartamudear.

No me atreví a girar la cabeza para verle el rostro. No quise ni mover una ceja. Me quedé ahí, congelado de miedo. Cuando me quise dar cuenta, aquellas manos poderosas ya no se apoyaban en mis hombros. Sólo entonces me aventuré a mirar hacia atrás.

Y no había nada. Agarré el portátil con ambas manos y lo elevé hasta colocarlo a la altura de mi cabeza y enfocar con el haz de luz el hueco que había tras el sofá.

No había nadie, sólo la pared, el hueco de un palmo de distancia con respecto al respaldo del sofá y un cuadro de arte moderno.

Dirigí la luz de la pantalla hacia arriba, hasta llegar al techo y recorrerlo.

Después me incorporé un tanto para permitir que la luz alumbrara los rincones más sospechosos de la estancia. Parecía que volvía a estar solo.

—Eso espero —dijo la voz de 777 a través de los monitores del ordenador portátil.

Del sobresalto, tiré el portátil a la mesa que tenía delante como quien se desprende de un insecto bien grande.

El dispositivo no sufrió daños. Me quedé mirándolo como si el aparato fuera el responsable de todo aquello, de la intrusión y del susto reciente.

En la sala online abierta para esta ocasión, con los avatares genéricos de la propia aplicación que nadie se había molestado en sustituir por otras imágenes, todo parecía en calma.

Las cámaras desactivadas y los micrófonos indexados conectados. Mi interlocutor aguardaba.

—¿Cómo lo ha hecho? —fue mi estúpida pregunta.

—Quiero que me cuente qué ha ocurrido —me exigió—. Y, se lo ruego, vaya al grano.

—Es esa chica, Crisis.

—¿Crisis?

—Corre peligro.

—¿Crisis corre peligro?

Y le conté lo sucedido.

En los últimos meses de tratamiento a Bernard Carón, alias Portalus, su mente no experimentó mejora.

Es cierto que la confianza depositada en él por parte del líder de Facción Zero insufló en mi paciente el deseo de orientar su vida hacia rumbos más esperanzadores.

Podía ser un buen comienzo. Además, Portalus era fundamental para la organización y la estructura de ese gobierno de los suprahumanos.

Nadie más en el mundo poseía su poder de categoría Insólito.

Era el único teleportador. Paradójicamente, resultó ser uno de los superpoderes con mayor potencial que se habían registrado.

Además, podía teletransportarse adonde se propusiera sin necesidad de portales.

Simplemente se esfumaba y surgía de repente donde quisiera.

De forma instintiva, Portalus no sabía explicarlo, sabía cuál era el otro punto de conexión en cualquier lugar del planeta, incluso aunque no lo hubiera visitado en su vida.

Bastaba con desear que el portal se abriera delante de una zona a la vista (a su propia vista) y conectarlo con una idea aproximada del sitio geográfico elegido.

No hacía falta más. Así fue como me lo contó, el día que formó equipo con Predadora en las calles de Gloomstadt y mandó al océano los tanques y demás vehículos blindados enviados por la primera ministra Morris.

Puro y simple. Deseaba y el deseo se cumplía.

Los tanques que pretendían atacar La Aguja pasaron de recorrer una de las autovías interiores de la ciudad a atravesar el portal dimensional que se abrió bajo sus orugas y caer como piedras desde mil pies en algún lugar del Atlántico.

Portalus lo contó todo en terapia, como un niño recreándose en la narración de un partido del colegio en el que hubiese marcado un par de tantos.

Emocionado y risueño. Hablando de los tanques como si fueran objetos animados que no albergaran operarios humanos en su interior, humanos que fallecieron en el preciso instante en que sus vehículos impactaron contra la superficie del mar.

Dijo que sintió la visión roja, aquella fue la primera vez que aquello se asociaba a algo bueno y útil para los demás.

También confesó que, por el estrés de pasar a formar parte del supergrupo más importante de todos, tuvo que raptar mediante sus portales a algunos presos peligrosos ubicados en cárceles de Ruanda o Diyarbakir.

Maleantes que se lo merecían, insistió, a los que teletransportaba junto a él hasta lugares remotos y luego hacía caer por portales conectados con la misma ubicación por coordenadas terrestres, pero a cincuenta metros de altura.

Los veía caer con excitación y desplomarse contra el suelo como muñecos.

Experimentaba con su poder, como, por ejemplo, cuando obligaba a que una parte de un cuerpo ajeno entrara por un portal hasta una parte interna del propio cuerpo.

Y lo que más le entusiasmaba: cerrar portales cuando las extremidades de sus víctimas los habían atravesado a medias.

Hablaba de amputaciones perfectas. Cortes en línea recta limpios y pulcros. Hermosos, decía.

Portalus necesitaba matar en torno a un par de personas cada semana para reprimir la visión roja. Y se jactaba de que ahora ya no elegía a cualquier transeúnte con el que se cruzaba por la calle. Era positivo que se divirtiera con criminales y gente de ese talante. «Estaba bien», decía.

Además, sus nuevos compañeros metahumanos le habían diseñado un uniforme, sin capa y fortalecido por musculación artificial bajo el tejido, que le hacía parecer en forma y le obligaba a permanecer recto y digno.

No era completamente rojo, como el anterior, sino que incorporaba nuevos adornos, blancos y negros.