27. La antesala de la sospecha
La antesala de la sospecha
Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod & Herocast .
Dirigida y conducida por el generador de contenido Shawn Labianca.
Edición y sonido a cargo de Ferdinand Cortés.
—Antes de que nos diga qué le dijo Sigmar, ¿seguían ustedes dos teniendo encuentros íntimos?
—No. Ocurrió una vez, ya sabe, en el cumpleaños de Réquiem.
Y no volvió a ocurrir. Es cierto que nunca volvimos a mirarnos igual y ella me gustaba, pero la cosa se enfrió.
Me observaba con atención, sin perder detalle de cuanto hacía, mis salidas, mis ordenanzas, con quiénes me reunía…
Siempre con discreción, pero creo que quería que yo lo supiera. Como puede figurarse, yo actuaba igual.
—Ese primer año de gobierno fue estresante a más no poder, me imagino.
—No, no se lo imagina. Envejecí diez años por dentro, se lo aseguro.
No había tiempo para nada. La política ha sido el rival más duro al que me he enfrentado.
Habría preferido combatir al Profesor Invierno y a un ejército de clones de él mañana, tarde y noche antes que aquello.
Horrible. Yo envidiaba a algunos de mis compañeros, como Predadora, que se encargaba de tratar con los medios de comunicación, o el General Tabris, que sólo se ocupaba de las cuestiones de estrategia militar.
—¿Qué hacía Sigmar?
—Era ministra del Tesoro, Justicia, Energía y Desarrollo Urbano.
La tenía ocupada con todo lo que podía, como a casi todos los demás, sin que sus responsabilidades obstaculizaran mis planes.
Necesitaba a todo el mundo centrado. Ya iríamos liberando responsabilidades.
No era necesario que cada ministerio estuviera regido por un suprAdalid y, además, casi ninguno estaba capacitado para el cargo, sólo había que seguir el plan que Gax suministraba.
Como fiscal general, Sigmar debía investigar el caso de la explosión en el distrito Topacio.
Y, creyendo que se encontraba ante una célula de criminales extremos, descubrió algo.
Y ese algo fue lo que me heló la sangre.
Me sorprendió encontrarme en mis dependencias a Ji-yoon.
Olvidé que había añadido la señal de mi cerradura electrónica a su tarjeta personal de acceso (el equivalente para los de mi generación a hacerle una copia de la llave de mi piso) y, como ella nunca la usaba, di un pequeño respingo y mi mano derecha se iluminó en rojo blanco.
En lo que dura un latido estaba dispuesto a descargar un rayo de plasma.
No me gustaban las sorpresas, así que era una reacción natural en mí.
Tras el sobresalto inicial, dominé la reacción energética y me disculpé con un gesto.
—Me has asustado. —Solté un bufido y me pasé una mano por el pelo.
—Julek —dijo acercándose a mí antes de rodearme la espalda con el brazo y meterme en la habitación principal, permitiendo así que la puerta automática se cerrara—, hay algo que debo decirte.
La cautela de su comportamiento volvió a acelerar mis pulsaciones, que ya estaban relajándose.
—¿Qué pasa?
—Es la explosión del distrito Topacio de hace unos días.
—Me condujo a una silla y me obligó a sentarme—.
¿Recuerdas que parecía una pequeña explosión nuclear?
Se descartó porque no se detectó radiactividad en la zona ni el típico efecto de pulso electromagnético.
Por ello, se creyó que era algún nuevo tipo de explosivo plástico.
—Buscó otra silla y la puso delante de mí—.
Bien, he estado indagando por mi cuenta y recabando información de las autoridades pertinentes.
Sí que hubo un efecto de fisión atómica, aunque de forma excepcional generó isótopos estables en lugar de radiactividad residual de tipo gamma, beta o alfa.
Es lo que algunos denominan radiación theta.
Según tengo entendido, ese mismo día, a la misma hora, se produjo otra explosión similar en las estepas de Zemnograd, cerca de una zona poblada, en la Moscovia profunda.
No lo hemos sabido hasta hoy. La información ha tardado en llegar, por ello no lo ha relacionado nadie.
La cuestión es que se ha registrado el mismo tipo de radiación theta en ese lugar remoto.
Misma hora, misma escala de la explosión y mismos isótopos estables.
Me froté la frente.
—Vale, Ji-yoon, déjame adivinar. Es un ataque suprahumano.
—¿Quién estaría interesado en atacar un pueblo perdido en Zemnograd? Hasta hoy, yo no sabía ni localizar en un mapa esa zona del planeta. Sí, tiene que ver con asuntos suprahumanos, eso está claro.
—Suéltalo ya.
—Estuve revisando las filmaciones próximas a la hora de la explosión de esa área urbana, la que se conservaba en los Pretor-11 y sus predecesores.
Si no se ajustan las lentes para que hagan zoom al interior de paredes y otras superficies sólidas, sólo recogen una imagen normal, por lo que las filmaciones son del exterior.
Y, observando a conciencia, pude verificar que, justo en el punto donde se produjo la deflagración…
, había un edificio de oficinas, un rascacielos con forma de y griega.
Una de las plantas pertenecía a la compañía Mainer de bebidas energéticas.
—¿Mainer?
—Te suena, ¿verdad? Estuve revisando todas y cada una de las fachadas del edificio donde, estaba convencida, se había producido la detonación del artefacto, justo el segundo antes de que todo explotara.
Casi puedo asegurarlo, la deflagración comienza allí, en las oficinas de Mainer.
A cámara superlenta no se ve muy bien, ya sabes cómo va eso: todo está perfecto y, de repente, hay un cegador haz de luz que se traga medio edificio. Me da igual. Fue en Mainer.
El recuerdo me vino de repente.
—La marca que Púlsar pretendía patrocinar —dije golpeándome la frente con la palma de la mano—. Antes de que Facción Zero se lo prohibiese.
—Retrocediendo la grabación desde ese punto, una hora hacia atrás —continuó ella—, se puede ver a Tip Lassar llegando en taxi al edificio, con un traje lustroso y gafas de sol de última moda.
—¿No llegó volando? ¿Por qué no? Querían al suprAdalid, no al hombre.
—Púlsar desertó de Facción Zero sin decir nada.
Descontento y despechado por todo lo que la familia Diamandis le había hecho.
No te ofendas, sólo digo lo que él debía pensar.
No quería llamar la atención y un supra volador llama la atención de los transeúntes.
Siempre ocurre. Nadie se acostumbra a ello.
Llegó al edificio con discreción. Seguramente luego se quitaría la ropa y se pondría el uniforme oficial, que, al activar la energía de su cuerpo, desaparecía a la vista.
Se haría un montón de fotos y aceptaría el contrato millonario que le ofrecieron.
¿Recuerdas lo que decía? Si alguien le procuraba una herida, podía estallar.
Su piel era irrompible a causa de la agrupación de sus partículas hacia una densidad insólita.
Si algo se abría paso entre esos átomos… , bum.
Ella separó las manos para simular una explosión invisible delante de su rostro.
Yo me puse en pie y me acerqué a la nevera, repasando los datos en mi cabeza.
—Vale, Púlsar estaba en ese edificio cuando se produjo la explosión. Y sí, tiene sentido que él fuera la explosión. Sigamos a partir de ahí. —Me hice con dos botellines de cerveza fría y cerré la puerta de la nevera—. Algo le atraviesa y le hace estallar. ¿Qué o quién podría hacer eso?
—¿Tú podrías? —preguntó ella con recelo.
Le ofrecí la cerveza y ella la aceptó. Quité la chapa del tapón a rosca y bebí, sopesando el desafío mental que se me presentaba. ¿Podría yo herir a Púlsar? Sin ningún género de dudas.
—¿Has comprobado dónde estaba yo?
—Sí —respondió Ji-yoon, bebiendo un poco—. Tienes coartada. Lo he comprobado.
—No sé si eso me ofende.
—Fue lo primero que verifiqué. Pero hoy llegó esa noticia, la deflagración con radiación theta no letal en Moscovia, ocurrida exactamente al mismo tiempo y… Dos y dos son cuatro.
El velo de mi torpeza se retiró al fin de mis ojos.
—¡Hijo de puta! —bramé.
—Sólo él podría hacerlo. Puede que tú, también Shuriken, pudierais partirlo en dos, pero sólo una persona en todo el planeta sería capaz de dividirlo limpiamente, enviando una parte del cuerpo de Púlsar al otro lado del continente y quitándose él mismo de en medio al instante para salir del radio de la detonación.
Y ese alguien es tu amiguito de correrías por todo el globo terráqueo.
—Portalus.
—Está loco, Julek. Lo has sabido desde siempre. Tabris lo expulsó de Ultraguardianes por buenos motivos.
Volví a sentarme y me bebí media cerveza de un trago. Me estaba cabreando de verdad. Yo sabía de qué era capaz Bernard Carón. Era un mal necesario. Muy necesario. Pero un mal enorme.
—Debió de abrir un portal justo debajo de él —conjeturé—, conectado con Zemnograd a gran altura, Púlsar cayó a plomo medio segundo y, antes de que pudiera reaccionar y usar su capacidad de vuelo, Portalus cerró el portal con él en mitad del umbral, cortándolo en dos y haciéndolo explotar a la vez en dos puntos distantes.
—Y, respondiendo a la pregunta que se le hizo hace tiempo, no, no podía regenerarse como sí podía hacer Semtex, aquella suprahumana explosiva de otra generación.
Hice un brindis con el botellín.
—Buen trabajo —dije antes de rematar la bebida—. Portalus, Portalus, Portalus, puto Portalus.
—¿Qué vas a hacer ahora, Decurión?
No me pasó desapercibido el uso del nombre en clave. Esto no era problema del presidente, sino del jefe de Facción Zero. Cosa de superhombres.
—¿Sabes dónde está ahora?
Ji-yoon negó con la cabeza.
—No está en La Aguja. Lo he comprobado. Necesito tu autoridad para emplear un Pretor-11 y sacarlo de su órbita establecida.
Un pensamiento lógico se aposentó en mi cerebro. Miré la hora.
—¿Hoy es martes? Lo es. —Saqué el teléfono móvil de un compartimento oculto del traje, uno de esos modelos que tenía la consistencia de una lámina de goma, que se podía doblar y tenía toda la superficie transparente.
Lo activé e hice una llamada—. ¿Doctor Ottosson?
¿Está con usted nuestro trastornado amiguito común?
¿Hace cuánto que se ha ido? —Colgué y miré a Ji-yoon con el rostro tan descompuesto que debí de impresionarla, a juzgar por cómo me contempló—. Tenemos problemas, Sigmar.
—¿Qué ocurre?
—Mi hermana. El maldito Portalus tiene a mi hermana.