26. La ingratitud del género humano #3
—Está en la naturaleza del ser humano protestar por repetición cíclica —afirmó mi compañero hiperinteligente—.
El individuo se adapta con celeridad a los cambios favorables y, de manera inmediata, exige un umbral superior de condiciones.
No importa cuán grandiosas sean las reformas implementadas, nunca le parecerán suficientes.
El lujo no puede ser un obsequio. Si la oferta de mejoras aumenta sin esfuerzo, el ciudadano demandará más y más.
—Enchufó un enorme conmutador y esperó a que se produjera un chisporroteo y un zumbido sordo.
Cuando ocurrió, sonrió y siguió hablando, de nuevo muy serio—.
Y, en lo que respecta al crimen, los recientes eventos han puesto de manifiesto una nueva dimensión de su capacidad operativa.
Cuando las formas tradicionales de infracción de la ley se ven sofocadas hasta cierto punto, la criminalidad se transforma en terrorismo, es decir, el crimen pierde en términos cuantitativos, pero gana cualitativamente.
El sistema penal también fracasa porque los delincuentes encarcelados mostraron, en su mayoría, una conducta irreformable.
No es posible imponer virtud sobre la voluntad humana.
Podemos matarlos, una solución definitiva, pero tal aplicación no sería recomendable este año.
Mi evaluación puede considerarse concluida, Decurión.
Te solicito que no interfieras más en mis actividades.
«La criminalidad se transforma en terrorismo», repasé en mi mente.
No hacía ni dos días que una enorme explosión se había producido en el distrito Topacio, arrasando varias manzanas en lo que parecía una pequeña detonación nuclear.
No se había registrado radiactividad ni pulsos electromagnéticos, así que había sido otro tipo de explosivo.
Ahora los criminales iban en serio. Sin contemplaciones.
Sí, eran poquísimos, pero mucho más difíciles de localizar y de un salvajismo inaudito.
—Entonces, lo estamos haciendo bien —concluí.
—Correcto, Decurión. Nuestra actuación es intachable. Es pronto. Se adecuarán.
Gax me dio la espalda y se puso a interactuar con unos hologramas que aparecieron frente a él.
—Pero la gente no es feliz —añadí, dispuesto a mantener aquel diálogo abierto.
—Ya te advertí al respecto, apreciado amigo.
El objetivo no era proporcionar satisfacción efímera a las masas, sino implementar el mejor gobierno posible.
Dispongo de un plan para proceder a la liberación controlada de compuestos psicoactivos en la atmósfera, los cuales alterarían profundamente la percepción sensorial de la realidad.
Tenemos droga incautada suficiente y se puede procesar un mayor volumen.
En tal escenario, nuestra Federación se desplomaría, pero, en contraposición, la población experimentaría una satisfacción absoluta. ¿Qué preferencia tienes?
—Ya sabes la respuesta a eso.
—Las personas protestarán mientras existan. Y, tras la tormenta de su indignación, retomarán la inercia de sus vidas. Si me concedes el privilegio de expresarlo mundanamente, el pueblo lleva siglos tragando mierda.
Hice el sonido de un latigazo y lo acompañé de un gesto con la mano. Le di unas palmaditas en el tríceps y me retiré. El lugar empezaba a oler a ozono y temí que alguna explosión los matara a todos. Confié en que supieran lo que estaban haciendo y me retiré.
Los pasillos me parecieron especialmente silenciosos mientras caminaba abatido, con mi uniforme de placas estilizadas de umbraferro, que le añadían un toque tecnológico, propio de una armadura superligera, que yo no necesitaba para nada (estéticamente quedaba de fábula), y con mi máscara de Gomalix, que, para ese instante, con mi identidad civil hecha pública, tampoco tenía utilidad (también quedaba de fábula, qué le iba a hacer).
Tenía la convicción de estar siendo observado a través del Plastceramix de paredes, suelos y techo por Leo Barta y otros operarios del Espolón.
Yo quería alcanzar el paraíso en cuestión de meses.
Pues bien, la realidad tenía otro plan para mí.
Algunos detalles nos daban pistas de cómo funcionaban las grandes masas de población.
La aplicación MyVote había sido un éxito durante el primer mes; la gente de la calle quería apretar el botón de «Sí» o «No» en función de la nueva normativa que se presentara.
Habíamos puesto en manos de la clase media y baja un genuino poder legislativo del que jamás habían gozado y, sí, la oportunidad se aprovechó, por desgracia, sólo mientras fue novedad.
Al cabo de tres meses, la iniciativa perdió vigencia.
El nivel de abstención ascendió hasta más de tres cuartos del total del pueblo censado. El eurotano medio no se implicaba.
Yo me estaba esforzando por redimirme. Lo estaba dando todo. Y ni la ciudadanía me lo sabía reconocer, ni yo me sentía realizado del todo.
Supuse que, en un par de años, todo el mundo aceptaría las cosas de mejor manera.
Estaba ensimismado en estos pensamientos cuando abrí las puertas de mis dependencias, que seguían siendo las mismas de siempre, y me encontré allí a Ji-yoon, uniformada pero desenmascarada.
Y me reveló algo que me heló la sangre.