26. La ingratitud del género humano
La ingratitud del género humano
Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod & Herocast .
Dirigida y conducida por el generador de contenido Shawn Labianca.
Edición y sonido a cargo de Ferdinand Cortés.
—Día tres de nuestro ciclo de entrevistas. Y cada una promete ser más intensa que la anterior. Señor Diamandis, si me permite que se lo diga, la transición de poder fue demasiado tranquila, ¿no está de acuerdo?
—El ejército es una fuerza pensada para el ataque o la defensa territorial que, ocasionalmente, puede usarse para reprimir al pueblo. Dentro de un país, el ejército es la máxima fuerza posible. Hasta que llegamos nosotros, a mediados del siglo XX , y cambiamos las reglas de ese antiguo juego.
—¿No hubo ninguna clase de acción hostil?
—Hubo pequeños movimientos. Estábamos preparados.
Todas las bases militares eurotanas estaban siendo controladas desde la órbita.
El Coronel Tabris había tomado posesión de un nuevo tipo de cargo que lo elevaba sobre las fuerzas militares de toda índole: general supremo.
Así que hubo que modificar su nombre en clave.
—General supremo Tabris. Siempre sonó… mal.
—Demasiado largo, pero la mayoría de los altos cargos militares estaban con él. No fueron… sometidos, si usted me entiende. Se aliaron de buena fe.
—Así que, sí, fue una transición tranquila.
—Por fortuna. Gax había calculado métodos para sofocar una guerra civil en las primeras fases del conflicto.
No fue necesario, de lo que me alegro mucho.
Era el típico caso de un hogar lleno de gatos con uno viejo, cascarrabias y peleón, acostumbrado a mandar y copular con todas las hembras, cuando el dueño de la casa, de repente, mete allí un maldito tigre.
—Esto nos lleva a la siguiente pregunta obvia: ¿por qué no funcionó, cuál fue el motivo de que el Supragobierno perfecto y utópico, confeccionado por la mente preclara de Gax, fracasase en sus primeros estadios?
—Porque el ser humano nunca ha agradecido, comprendido ni aceptado sus privilegios.
La libertad, cuando se obtiene de nacimiento y no se ha luchado por ella, se subestima, se desprecia.
La gente nunca ha valorado lo que tiene.
Hace falta perder los lujos de una sociedad avanzada, como el agua corriente, la electricidad o la libertad de expresión para que asimile lo que entraña perderlos.
Y, por encima de todo, el ser humano es injusto y mezquino. Nunca se ha hecho merecedor de ayuda.
Nos llevó un mes apoderarnos de los tentáculos legislativos y convertirnos en el gobierno imperante.
Los enmascarados mandábamos. Convertimos la Cámara Celeste en un decorado de cartón piedra.
Allí sólo trabajaban funcionarios a nuestra disposición.
La Aguja era el nuevo palacio del poder.
Desde allí dábamos forma al futuro del pueblo a golpe de tecla y lo legislábamos negro sobre blanco.
Cada poco tiempo había que hacer alguna demostración de poder.
Portalus y yo debimos irrumpir en muchos espacios privados para dialogar con los principales instigadores de maniobras sediciosas, ya fueran militares, policiales, periodísticas o civiles.
No hacía falta más despliegue. Únicamente él y yo.
Mientras el resto del mundo clamaba por lo escandaloso que le parecía el golpe de Estado ilegal, en Eurotania, las opiniones en contra del gobierno del pueblo, surgido del pueblo para hablar por el pueblo (por mucho que se tratara de personas con poderes sobrehumanos), descendían cuantitativa y cualitativamente.
Es cierto que el primer uso que hicimos del presupuesto federal fue para poner en órbita doce satélites Pretor-11, el siguiente modelo, perfeccionado por Gax y que, al sincronizarse con los que ya existían, mejoraban las potencialidades de los anteriores.
Habíamos logrado crear el temido Gran Ojo.
Podíamos verlo todo. La idea era emplear esa vigilancia para garantizar el bienestar común.
Por ello, cuando empezaron a verse los primeros síntomas de insatisfacción en la población, pudimos constatarlo enseguida.
En el interior de la base, Gax se había afincado en uno de los veintitantos laboratorios de la zona media del edificio titánico, habilitándolo para que una parte del mismo fuera su hogar.
Apenas salía de allí. Para un hombre como él, adicto al desarrollo y la perfección de tecnología punta, un laboratorio podía ser algo más que una casa.
Disponía de un asistente que le recordaba comer y dormir en las horas pertinentes y una especie de entrenador motivacional que le inspiraba sentimientos empáticos y le desaconsejaba seguir trabajando cuando rebasaba jornadas de más de quince horas.
—¿En serio? ¿Nunca salió de allí?
—Al final, sí. Cuando yo me vi obligado a desmantelar el laboratorio.
—Vaya.
—¿Por qué le interesa tanto eso?
—¿Cómo? No, por nada, continúe, por favor.
Habían pasado nueve meses desde la instauración del Supragobierno eurotano.
Portalus y yo seguíamos haciendo visitas sorpresa, incluyendo a líderes extranjeros, para ver si todo iba bien.
¿Y por qué no iba a ir bien? Es cierto que, al principio, el presidente estadounidense, J.
J. Smith-Johnson, así como el jefe de Estado chino, Wang Wei, vieron nuestras teleportaciones como ataques directos a su hegemonía.
Dejaron de personarse en sus despachos oficiales y permanecieron escondidos en silos subterráneos o localizaciones ciberprotegidas contra el espionaje orbital.
Sin embargo, cuando se percataron de mi buena fe, conseguimos organizar un cuadrante de visitas más o menos continuadas, porque una nueva idea empezaba a cuajar en el mundo político: un Gobierno Terráqueo Unido. El techo de la política.
Era una quimera que rozaba el sensacionalismo, pero resultaba atractiva y garantizaba las buenas formas en las cumbres internacionales.
Constituía el siguiente paso evolutivo de la sociedad humana.
El fuego y la rueda eran inventos que tenían que llegar tarde o temprano.
Todas las tribus humanas llegaron a esos descubrimientos cuando les llegó la hora.
Gracias a las mentes unificadas de la especie, no hacían falta más que quinientos mil individuos que dominaran la técnica, pero la cuestión era quién la idearía, porque estaba claro que el ser humano llegaría a eso.
Con la evolución de la política ocurría igual. La cumbre de todo era un gobierno unitario del planeta.
Por supuesto, el terror era la herramienta más útil.
Podían existir guerras frías basadas en la filosofía «no me ataques y no te atacaré».
Con las armas atómicas, se podía decir que era la cara de una moneda.
La otra cara era la destrucción mutua asegurada.
Es mejor existir todos y llevarse mal que no existir ninguno.
Los suprahumanos nos habíamos convertido en las armas de destrucción masiva más desequilibrantes de la historia.
Un supergrupo podía destruir una capital en menos que dura una jornada laboral.
Facción Zero, sin mí, podía hacerlo en cinco horas.
Yo estimé que, sin ayuda de nadie, era capaz de destruir York Prime en ocho minutos, convirtiéndola en un gigantesco cenicero humeante.
Cuando una potencia tenía más suprAdalides que nadie, ningún país se atrevía a cuestionar su superioridad táctica. Sin las generaciones que nos precedieron, nunca habría habido una Federación en este viejo continente. Ahora nos tocaba a nosotros cambiar el mundo para siempre.
—¿Tienes un momento, Gax?
Treinta y seis semanas habían sido tiempo suficiente para comprobar que las cosas se estaban empezando a torcer. Y eso que el primer mes del Supragobierno había sido muy prometedor.
Acudí al laboratorio que Gax utilizaba entonces como casa, donde él y su equipo estaban desarrollando un láser de contención dimensional restringida.
Cuando se volvió a mirarme, creí ver un breve atisbo de fastidio. No le gustaba ser interrumpido en momentos de éxtasis científico. Y él experimentaba uno o dos casi todos los días. El coitus interruptus no le impidió seguir siendo una calculadora humana.
—Mi capacidad operativa permite una interrupción.
—Serán sólo unos minutos. —Me acerqué a él y le quité la consola manual que sostenía, una forma de garantizar su atención mientras durase la conversación—. ¿Qué está pasando con el plan gubernamental? ¿Es un pico calculado o no está resultando?
—El proceso se está desarrollando conforme a las previsiones algorítmicas. Los parámetros observables coinciden con mis estimaciones. La economía ha experimentado una optimización significativa. Estamos… mejor.
—La gente protesta, Gax. El nivel de insatisfacción crece día a día.
—Dicho fenómeno carece de solución definitiva.
Incluso obteniendo una administración óptima, con una eficiencia y una precisión en la gestión de los recursos sociopolíticos que se aproximen a la perfección, persistirán individuos en estado de disconformidad.
La naturaleza humana se caracteriza por la insatisfacción perpetua.
Concibe su realidad como la peor posible, aun no siendo así.
Nuestra directriz inicial, Decurión, consistía en la construcción de un paradigma social superior.
Hemos cumplido. Diferente es que la cognición colectiva interprete la situación actual erróneamente.
Gax cerró los ojos, algo que hacía cuando trataba de recordar una cantidad masiva de datos concretos.