SuprAdalid 25. Héroes y villanos #2
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25. Héroes y villanos #2

—Señor Walker —respondí—, prefiero no hablar de eso.

—Comprendo, eso indica que ya han sido unos cuantos.

Y no te gustó. Pues bien, préstame atención.

Átate a esos sentimientos porque, cuando los pierdas, cuando automatices el daño colateral y la vida humana se convierta en estadística, ya no serás un símbolo de libertad.

Serás… una de ellos . —Me enseñó los dientes, enfurecido de repente, sin colmillos transilvanos, pero igualmente agresivo—.

¡Agárrate a algo puro y que tenga sentido!

¿Me oyes? No lo normalices, recuerda esas caras y no lo superes jamás.

Si no te visitan todas las malditas noches, estarás haciendo algo mal, pequeña.

Es así. ¿Qué me dices, te ves capaz? ¿A quién mataste tú?

¿A algún cretino con ganas de llamar la atención, al transeúnte que no se apartó a tiempo o al niño escondido tras el cubo de basura que no lograste ver?

Quizá fuera ese borracho que…, puto idiota…

, no debería haber estado allí. —Sus ojos se humedecieron, tanto el que veía como el que no—.

Los dos operarios del camión de basura. Dos de aquellos oficinistas en la planta superior del edificio que se habían quedado a echar horas extra.

Nueve policías y dos bomberos, de los que se apresuraban de verdad a llegar a los sitios donde se producían las emergencias.

La mujer de la caja del banco. Uno de los cinco rehenes que pretendía salvar.

Y Dirk. —Entonces se rompió. Pareció más anciano que nunca.

Se llevó la mano a los ojos para que no viera sus lágrimas, a pesar de que todo su cuerpo se estremeció por el llanto—. Dirk… —dijo—, el chico… prodigio…

Yo me quedé ahí, sin saber qué hacer. Mirando a través de la cristalera por si algún médico me veía allí, con aquel suprAdalid olvidado que sollozaba como un niño. Pensé en acariciarle la cabeza o algo, tratar de decirle algunas palabras de aliento.

No hice nada.

Él dedicó algunos segundos a exorcizar demonios que no tardarían en regresar a lo más profundo de su corazón. Cuando se recompuso un poco, con dos ríos surcándole las mejillas, se restregó la nariz y se puso a asentir como si algo incontestable se manifestara delante de él.

—No los olvides jamás —incidió—. Ten pesadillas cada noche, Sigmar. Olvídate del concepto supra, sé humana. Es lo que tienes que ser.

—Haré lo que pueda.

El poblado perdido de Aljalizhistán acudió a mi mente. Padres, esposas, hijos y abuelas maldiciéndome con piedras y palos en las manos. Muriendo con el odio en sus caras como último alegato. No los derrotamos, únicamente les quitamos la vida.

Los ojos se me enrojecieron a mí también. Cuando me quise dar cuenta, me estaba arrancando pedacitos de guante a pellizcos.

Obscuromante se percató de ello.

—Es tu culpa —dijo, muy atento a mi reacción—. Es toda tuya. Te la has ganado y es tu mejor herramienta contra la perversión. Debes redimirte cada día. No hay festivos para un héroe de verdad. ¿Me estás escuchando, chica?

—Sí, señor.

—Muy bien. Creo que ya es suficiente. Querías venir a conocerme antes de que me muriera.

—Me agarró de la muñeca cuando yo ya estaba a punto de mentirle diciendo que no estaba allí por eso—.

¡No! ¡En serio, tranquila! Me parece genial.

Y te lo agradezco. De veras que sí. Y creo que tengo una habilidad suprahumana activa, que pienso utilizar: la testarudez.

Empeñarme en conseguir lo que quiero. Mira…

, no voy a volver a caminar más. —Su expresión vino a decir: «Qué le vamos a hacer».

Se secó la última lágrima que le quedaba y continuó hablando—.

Este otro brazo está del todo muerto —lo señaló—.

No se lo he dicho a la enfermera todavía.

Esta mañana podía usarlo. Ya no. Creo que antes de esta noche no podré ni hablar.

Así que espero que esta última conversación interesante de mi vida pueda servir para algo.

—Ha servido para mucho.

—¿Puedes quitarte la máscara para mí? Será sólo por una vez.

—No —le dije, sonriendo—. Tengo que proteger mi identidad.

—¡Bien dicho, joder! ¡Sí! Llevamos máscaras para proteger a los nuestros, nuestra intimidad, no para quitárnosla al llegar a un sitio para que la gente vea nuestra maldita faz de gilipollas.

Nuestra identidad suprAdalid es más importante que nuestra necesidad de manifestar nuestros sentimientos.

Cada segundo me gustas más. —Se pasó la lengua estropajosa por los labios resecos—.

En cuanto te vayas, voy a emperrarme en morir.

Es un momento cojonudo. Gracias, Sigmar.

Y no lo pude evitar. Me eché a llorar. En esa ocasión no pude resistirme y le agarré con fuerza la mano que aún podía utilizar. Las lágrimas recorrieron toda la superficie de Nolex que cubría parte de mi rostro.

—¡No debería acabar así! ¡Usted no!

—Ojalá pudiera descuajaringar a algún capullo blindado y morir en condiciones.

En el último momento, él podría lanzarme una bomba adhesiva y tendría una muerte épica de cojones.

Y aquí me tienes, en cambio, enchufado a un suero que hace que me piten los oídos.

Lo que me queda, al menos, es la voluntad de decir: «Me voy a morir ahora mismo y punto».

Ya está. Me concentro y fuera. Así que, recuerda esta visita y lárgate de una vez a hacer lo que tengas que hacer. Se te acumula el trabajo.

Antes de marcharme de allí, tenía que hacerle una pregunta primordial. Creo que dependía de su respuesta que yo no volviera jamás al edificio de La Aguja o regresara convencida para acometer mi misión.

—¿Cree usted en el Supragobierno? ¿Cree que lo podemos conseguir?

Él se libró de la presa de mis manos enguantadas y pasó el pulgar por encima de una de mis lágrimas. La gota de agua salada permaneció en la yema de su dedo. Se la acercó al ojo y, por un momento, pensé que se la iba a beber (lo cual habría sido raro). Lo que hizo fue secársela en su bata azul.

—Fue… curioso ver… votar a la gente. Ver tantos haces de luces apuntando al cielo.

Me gustan, ¿sabes? Veo un haz luminoso bailando entre las nubes y me da por indagar qué demonios pasa.

Una manía mía, supongo. Y… respondiendo a tu pregunta…

No lo sé. Es lo que puedo decirte. Lo que debes hacer es ayudar a Decurión a lograrlo, hija.

Si no es sincero, si traiciona su palabra, entonces mátalo sin contemplaciones.

Ahora ésa es tu tarea. Igual que yo estuve siempre pendiente de Supremix.

Todo el mundo cargaba misiones sobre mis espaldas sin decirme cómo llevarlas a cabo. Ser una agente durmiente del Espolón, derrocar a Decurión si se torcía… Parecía fácil de decir. Hacerlo ya era otra cuestión.

—Es Decurión, que el Infierno lo lleve —imprequé, recordando aquellas imágenes de él transportando un portaviones hasta la estratosfera—. No sé si yo sería capaz siquiera de…

—¡Eh, Sigmar! ¡Eh! ¿Me escuchas? Oye esto que te voy a decir.

—Apretó mi mano con la fuerza de un niño grande—.

Es un hombre. Un hombre de carne y hueso.

No derrotes su poder. Diría que es imposible.

Derrota al hombre. Si no está a la altura, ha de caer.

No te inventes excusas. Los muros de Troya cayeron desde dentro.

—Debió de ver alguna reacción por mi parte, porque entendió que lo había comprendido.

Me dio una palmada sonora en el anverso de la mano como una abuelita que reprende al mozalbete que ataca la tarta antes de apagar las velas—. Deja de vaguear y vete.

Fruncí los labios y asentí. Era suficiente. Me había encantado hacer aquello. Esa persona moribunda me había insuflado unas fuerzas que yo no creía tener.

—Hasta siempre, Obscuromante. Lord Nocturno.

—Gracias por esto, suprAdalid.

Me fui de allí con la necesidad de empezar a hacer algo. La paciencia no iba conmigo. Por eso llamé al superintendente Grimaux, con la esperanza de que ya hubiera un plan en marcha. Aborrecía tener que esperar.

—¿Qué le dijo Obscuromante, agente Kim?

—Quisiera guardar eso para mí, señor. Si no le importa.

—Me parece estupendo. ¿Cómo se encontraba? Por lo que he podido escuchar, estaba en las últimas.

—En estos momentos, estará… transformándose. Ha sido un héroe casi toda su vida. Ha llegado la hora de que se convierta en leyenda.