25. Héroes y villanos
Héroes y villanos
—¿Todavía nada, superintendente?
—Estoy esperando. Y, cuando tenga algo que decir, ya me encargaré de hacerles llegar mi mensaje a todos.
Por lo pronto, y esto ya se lo dije, debe obrar por su cuenta.
Confío plenamente en su iniciativa. Este proceso implica eso, que cada miembro del Espolón es el Espolón y, por sí mismo, constituye cuanto hay de la organización y lo que la organización puede hacer por él.
Ahora mismo, más que nunca, es la causa lo que importa.
Cada cual debe encontrar los medios para luchar por ella.
»Los técnicos de monitorización orbital están donde quiero que estén. No son rehenes. Yo estoy donde debo estar. Y usted, Kim. Cada cual, defendiendo la causa a su manera. Hasta nueva orden.
—Comprendo.
—Y no vuelva a llamarme hasta que no haya algo útil que decir.
—Me reconforta hablar con alguien de fuera, señor.
—No diga eso.
—Es la verdad. La Aguja es un completo manicomio. Nadie es de fiar. Yo… al menos antes podía refugiarme en mi pisito de las afueras. La comandante Adeyemi fue… muy amable conmigo. Hoy ya no sé ni con quién hablar.
—Es su misión. Se supone que usted es la experta en establecer perfiles psicológicos, sabe cómo tratar a la gente. Es empática y consigue sus objetivos a fuerza de atacar directamente las debilidades psicológicas ajenas. No me venga con que necesita hacer terapia.
—Hoy he tenido la oportunidad de hablar con Obscuromante.
—¿En serio?
—Era… uno de mis héroes.
Cuando empecé el entrenamiento especial para agentes metahumanos del Espolón, no voy a engañar a nadie, soñaba con convertirme en una heroína enmascarada con un uniforme negro reluciente lleno de líneas luminiscentes azules y amarillas.
Algo que se viera eléctrico y llamativo, con una máscara de metal que casi fuera un yelmo de combate, con una pantalla delante de mi rostro que mostrara imágenes, emoticonos y otras chorradas que harían enloquecer a mis fans adolescentes.
Quería proteger Hwaeon yo sola, ser la puta ama de la ciudad.
A pesar de que yo quería ser una tía flipante que epatara en las redes sociales coreanas, mi héroe favorito era Obscuromante.
Obscuromante era otra cosa. Públicamente se lo consideraba categoría Singular, lo que le convertía en Adalid y no suprAdalid, pero no era verdad.
Los expedientes secretos del Espolón revelaban que tenía varios grados de superfuerza y un poco de invulnerabilidad.
Si respetábamos las clasificaciones oficiales, no llegaba ni a Nivel 2; aun con eso, había empezado barriendo el distrito obrero de Rivermere y se había convertido en el dueño y señor de toda la ciudad de Cavendorn.
No era un gran peso pesado, pero lo parecía.
Obsesionado con la justicia, en la línea de Shuriken, Obscuromante se servía de la oscuridad de la noche, el subterfugio, la tecnología punta diseñada por él mismo para una multitud inagotable de gadgets y un conocimiento profundo de las técnicas de combate más poderosas del mundo.
El primer Hombre del Saco con máscara. Incluso tenía capa, que, además de proporcionarle un toque sombrío, le camuflaba con el entorno, ya que la superficie del tejido tenía una película de nanotecnología cristalina.
Si se cubría con ella a modo de vampiro, podía dejar de ser visto mientras no se moviera.
Y todo eso estaba muy bien, eran motivos de sobra para ser mi favorito, si bien el componente de su personalidad que más me llamaba la atención no era otro que su incorruptibilidad.
Fue el primero en irse de Destacamento-W en cuanto la cosa se desmadró; investigó y arrestó a otros compañeros suprAdalides y los llevó hasta las autoridades.
Jamás le vencieron, pues contrarrestaba su escaso poder metahumano con una inteligencia superior a la hora de elaborar complejos planes. Podía anticiparse a todo. O eso decían.
Era uno de los clásicos.
Me enteré esa misma mañana de que había sufrido una hemorragia cerebral y le habían ingresado en el Hospital General de Gloomstadt.
Yo estaba en una de las cafeterías de la centésima planta de La Aguja cuando lo escuché.
Lo estaban comentando unos técnicos de monitorización con Crisis y Réquiem, recién llegados de sus misiones del amanecer púrpura por diferentes puntos de Eurotania.
A ninguno le importó mucho. Es más, lo comentaron como si fuera extraño que el viejo no se hubiera muerto hacía tiempo.
Tenía sesenta y un años. Tampoco era tan viejo.
Me equipé con mi uniforme oficial y salí volando para el hospital a toda velocidad.
Todavía no había conseguido la fama de otros Zeros, pero mi aspecto ya era conocido por la mayoría de la gente dentro de un rango de edad tirando a joven.
No me pusieron muchas pegas en la recepción del hospital a la hora de hacerle una visita.
El doctor que atendía personalmente a Bradley Walker, alias Obscuromante, me informó con amabilidad de que la hemorragia cerebral se había debido a la rotura de un vaso sanguíneo, algo que tenía que ver con una antigua lesión craneoencefálica que había sufrido tras un servicio suprahumano.
Demasiadas peleas.
Por el momento, tenía el cuerpo paralizado de cintura para abajo, había tenido episodios puntuales de afasia y perdido la visión de un ojo. Obscuromante se retiró hacía años y le tocaba, en su retiro pacífico, pagar el coste de una vida de justiciero.
Cuando entré en la habitación donde le alojaban se me encogió el corazón.
Ante mí tenía a un hombre arrugado como una pasa, con poco pelo y de mala calidad en la parte posterior de una cabeza llena de venas azules y manchas oscuras.
Sus cuencas parecían las de un zombi de película.
El ojo ciego mostraba la pupila partida en dos; se parecía a una señal de prohibido.
Aquel tipo corporal, raquítico y enfermizo no podría entablar combate ni contra un fox terrier atado en corto.
—Hola, señor —le dije, con la cabeza asomada y el resto del cuerpo fuera de la habitación.
Él me examinó con una ceja enarcada.
—¿Quién es usted? —quiso saber, aunque mi máscara delataba mi profesión, por lo que me invitó a pasar enseguida con un gesto de la mano en cuanto enfocó bien la vista—. ¿La conozco?
Yo entré tímidamente y cerré la puerta tras de mí.
—Mi nombre en clave es Sigmar.
—Los supras me dan igual, ya no estoy muy al día. —Me siguió indicando con la mano que me acercara al borde de la cama—. Santa María, Madre de Dios, eso es un traje de heroína en condiciones. Sí, señor. ¿No se le corta la circulación, señorita?
No sería tan anciano, a pesar de que su comportamiento lo sugería, y me dio mucha pena.
—He venido en cuanto me he enterado de lo de su hemorragia cerebral. Yo, verá, era su fan. ¡Soy su fan!
—¿Es fan —preguntó dándose un par de palmadas en los pectorales— de esto?
—Todo cuanto hizo usted en sus años de oro fue suficiente. Me inspiró. Inspiró a muchos.
Él no se sintió muy halagado, a juzgar por su expresión.
—¡Qué dice usted! Yo sólo inspiré miedo.
Y eso era lo que deseaba hacer. No estaba en mi plan animar a nadie ni infundir valores a ningún miembro de su generación, señorita.
Quería acojonar a todos esos maleantes que podrían salir cada noche a organizar algún jaleo para que se lo pensaran mejor y se quedaran en casa.
—Usted acabó con el crimen en Cavendorn.
—¿Sabe qué fue lo que conseguí? Criminales más poderosos.
Es cierto que arrinconé a los delincuentes comunes como bolas de billar en las troneras correspondientes.
Entonces, llegaron los supras malintencionados y tuve que recular.
No podía con ellos. Ideé planes para contraatacar al cabo de un año y fue cuando Dios, nuestro Señor, decidió recompensar mi dedicación con un mieloma múltiple, que me incapacitó para…
seguir. Y contra Él no hay victoria posible, señorita. Gana siempre.
No sabía nada de todo aquello.
—No hable usted así —dije poniéndole una mano en el antebrazo—, hizo mucho.
—Es usted adorable, Sigmar. Hacía tiempo que no venía nadie a interesarse un mínimo por mí. Ahora soy uno más, un código de barras. Un «normal». Vendí mi uniforme en eTrade. Creía que podría sacar un millón de eurolibras y tuve que conformarme con algo más de tres mil. Penoso.
—¿Nadie le visita?
—Sólo Supremix. Ya sabe, el mejor entre los mejores, y tan sólo para anunciarme que nos abandona y se vuelve de nuevo a Krentis. ¿Quién iba a decirme a mí que el bueno de Ran-Ul se fuera a cansar de este mundo? Ha sido una despedida emotiva.
Entonces me vino a la memoria un artículo que había leído hacía tiempo, en el que se teorizaba que Obscuromante oscilaba entre la lucidez intelectual y episodios de un trastorno delirante que le llevaba a ver y comunicarse con suprahumanos extraterrestres de gran poder que sólo él veía, compañeros juveniles, vestidos como mamarrachos.
Hasta se inventó una caterva de villanos implacables que le hostigaba a menudo.
Yo no tenía más remedio que seguirle el juego.
—He querido visitarle —le dije volviéndole a tocar el antebrazo—. Estoy aquí. —No podía decirle: «Soy real» o podría tomárselo mal por las implicaciones.
El pobre hombre estuvo un buen rato escrutándome con su mirada de muerto viviente.
—¿Sigmar, eh?
—Sí. De Facción Zero.
—¡¿Facción Zero?! ¡Jesús desclavado me asista! ¡Aspiras a mucho, jovencita!
Me sonrojé como una colegiala, sintiéndome todo lo estúpida que podía. Era una mitómana y estaba hablando con lo que quedaba de una persona a la que había admirado de verdad. Y no hacía tanto tiempo, maldita sea. No hacía tanto tiempo.
—¡No diga eso! Aún tengo mucho por aprender. Muchísimo.
Él congeló su sonrisa en el rostro. No me habría extrañado que dos pares de colmillos afilados hubiesen asomado entre sus labios resecos.
—¿Y a cuántos te has cargado ya, hija?
Desde ese momento, me tuteó y aplicó un grado de confianza a la conversación que desde luego no le había otorgado.