24. Ventana de oportunidad
Ventana de oportunidad
La doctora Vega examinó los datos una vez más. Yo ya los había autentificado. Era indiscutible, la actividad de influencia psíquica global había caído. Podían ser malas noticias o las mejores que habíamos escuchado.
—¿Adónde se han ido? —preguntó ella.
Su padre se acercó con su cochecito hipertecnificado.
Se le empezaba a quedar pequeño. Comprobó un dispositivo, al alcance de sus manitas, que proyectaba la información mediante hologramas táctiles.
Toqueteó aquí y allá, haciendo sus propias averiguaciones.
Yo sondeé varios monitores a la vez y usé mi teclado especial de cuatrocientas teclas —sin abecedario, números ni símbolos— para exigir un cambio de directrices en ciertos programas, reescribiendo sus tareas.
Tecleé a una velocidad sobrehumana. Los datos volvían a dar el mismo resultado.
—La influencia psíquica sigue ahí —comenté—. La realidad no permuta, pero es cierto que no se sintonizan psiques de gran poder, salvo un esporádico pico que se repite en ciclos de cien horas, aproximadamente.
La doctora Vega echó un vistazo a mis pantallas y luego a la de su propio computador.
—Bastaba con la existencia de uno solo de esos mamones telépatas para que su influencia fuera detectada por nuestros sensores.
—Se ajustó la montura de las gafas y forzó la vista—.
No es un fallo de nuestros aparatos, está ocurriendo.
Poco a poco, esa señal había descendido, era así, pero ahora ha desaparecido por completo.
—Salvo ciclos de cien horas —insistí.
—Lo que significa que uno de ellos sigue por ahí, inoperativo la mayor parte del tiempo.
Con su psique tranquilita en su cabeza. Puede que escondido.
¿Qué significa? ¿Se han cansado los Prelados de sondear el mundo con esas mentes suyas?
¿Han perdido su poder, se han suicidado, qué demonios está pasando?
—Podría ser —respondí.
—¿Podría ser qué?
—Todo eso. Nada de eso.
—Tú y tus comentarios útiles. —La doctora Vega se puso en pie y contempló los dos enormes portales, fluctuantes de energía y emisores de un zumbido mínimo pero taladrante—.
Va siendo hora de que nosotros también movamos ficha.
—Sacó un dispositivo de su bolsillo del tamaño de un pendrive y activó el botón.
Un holograma se proyectó un poco más arriba, con el diámetro de un plato de cocina, mostrando casi de modo opaco un mapeado típico de GPS de un distrito de Odeon—.
Por otra parte, tu hermanito, Zephros —continuó diciendo y, entonces, me miró—, sigue sin aparecer. No voy a darle nunca por perdido.
Yo me levanté y contemplé mis manos, claramente robóticas y de un tono azul claro, como el resto de mi cuerpo. Yo no tenía recubrimiento de piel, como mi hermano. Zephros era diferente, mi hermano no parecía un androide en absoluto.
—No hay forma de reacondicionarlo —afirmé—. A no ser… —dije yo también mirando los portales.
Parecía mentira que la teletransportación se nos estuviera resistiendo tanto.
Con todo lo que la familia Vega había logrado tecnológicamente, el acto de saltar de un sitio a otro seguía siendo la ventaja de ventajas, el arma definitiva.
Y el hallazgo continuaba poniéndonos trabas para que no lo descubriéramos.
—Tenía que haber ido yo —opiné.
El doctor niño saltó desde su cochecito monstruoso al suelo y trató de caminar un poco con sus piernecitas ridículas.
Luego gateó otro poco y volvió a alzarse con esfuerzo.
Al final, se las apañó para avanzar hasta donde yo estaba y abrazarse a mis piernas tras una carrerita final.
Estaba superando todos los obstáculos del equilibrio en tiempo récord.
Dentro de poco sería un niño en condiciones.
En ese momento era un híbrido lamentable entre criatura físicamente inútil y criatura casi lo mismo.
Pese a todo, ese casi marcaba una diferencia notable.
—Tus partículas son diferentes, Andros —me recordó Lornias Vega—. Estás capacitado para lo extraordinario en tu naturaleza robótica, pero Zephros era el idóneo por ser más humano.
—Yo podría haber ido en su lugar y permitir que la narrativa me integrara de otro modo. Habría sido… otra trama argumental.
—Él servía mejor a nuestros propósitos.
—Su mente humana demuestra que no.
Zephros había sido una copia mía en casi todas sus consideraciones técnicas.
Nuestros cuerpos estaban basados en la misma tecnología.
Pero a él, Christelle Vega, nuestra creadora, le había dotado de una estructuración física de ensamblaje atómico autorregulable.
Podía controlar su cuerpo de un modo energético que le permitía efectuar ciertos trucos visuales.
Además, se le había injertado un cerebro orgánico, artificial, por supuesto, pero construido con materia humana clonada y programado para ser, en esencia, más empático y sensible.
Era mejor que yo en las interacciones humanas.
Si lo deseaba, claro. Dudo mucho que alguna vez fuera capaz de seducir a un hombre o una mujer, aunque estaba capacitado para simular emociones románticas veraces.
También tenía más paciencia que yo con los humanos convencionales, véase no genios.
Su inserción en la realidad sobrescrita, con una mente humana que yo no poseía, lo convertía en mejor infiltrado. En teoría. La práctica, en cambio, nos había dado un resultado diferente.
—Tienes razón —dijo el doctor.
Su hija escondió las manos en los bolsillos de su larga bata blanca.
—Su mente humana ha acabado cediendo a la influencia psíquica exterior —conjeturó la doctora Vega—.
Y la realidad le ha integrado por completo en su mitología, añadiéndole pasado, propósito, idiosincrasia…
En pocas palabras, le ha dado contexto y, de ese modo, le ha esclavizado al mundo, como ocurre con los demás.
Se creerá por completo su rol. Lo asumirá como su personalidad auténtica.
Zephros podría llevar años por ahí, convertido en alguien famoso a quien no hemos sido capaces de identificar.
Si es así, lo hemos perdido. Como a nuestro joven Sol Navar.
—Tontísimo de él —añadió el doctor—, no me canso de repetirlo.
El viejo doctor de cuerpo infantil me pidió que lo subiera en brazos, tirándome insistentemente de la bata. Yo le miré desde arriba, sin expresión. No iba a subirlo en brazos. Negativo. Él insistió y yo permanecí impasible.
Al final, su hija le agarró y acunó como si fuera a darle el pecho, lo que, por supuesto, no era necesario. Entonces, el caprichoso veterano científico se pronunció.
—Sin señal emisora de telépatas Alpha —dijo con su vocecilla odiosa, acurrucado entre los senos de su hija, en una imagen que una mente humana podría encontrar perturbadora—, la realidad se mantendrá como hasta ahora, pero no habrá nuevas reescrituras.
Esta realidad se mantendrá. La gran complicación con que nos encontramos dentro de este laboratorio secreto, protegidos por nuestra esfera antipsi, siendo los únicos que sabemos de dónde venimos y cuál es la realidad que nos arrebataron…
, es que estamos encarcelados. No tenemos trasfondo ahí fuera.
—Se deshizo de alguna partícula de cerumen adherida al dedo—. Al menos, hasta que salgamos.
Padre e hija parecían muy resueltos a recuperar su realidad, una realidad donde los suprahumanos no habían salido de las viñetas, las películas ni las series de televisión, sobrestimando por completo el mundo que ellos recordaban, sin darse cuenta de que ellos mismos, ahí fuera, quizá también podrían ser dioses.
A fin de cuentas, su realidad original tenía ventajas, sin duda, y terribles inconvenientes, por otro lado.
Muchos de sus últimos hallazgos se debían, en gran parte, a que el mundo en que vivíamos era otro muy distinto al que recordábamos.
Aquí, la ciencia podía llegar mucho más lejos.
Algunos descubrimientos recientes, como el nuevo metal del doctor, el Nyxium, y su carrito cibermejorado, no eran posibles en la realidad que pretendían traer de vuelta.
La doctora Vega devolvió a su padre al carricoche. Luego se dirigió a mí.
—¿Cuánto les falta a los portales para estar listos, Andros?
—Muy poco. En unos días podremos utilizarlos con total seguridad. La nueva configuración del reactor y el subreactor que diseñó el doctor ofrecen garantías.
—Ya no es un dieciséis por ciento, ¿verdad? ¿Qué porcentaje tenemos ahora?
—Un noventa y nueve.
—Un noventa y nueve por ciento mola mucho.
—Estoy de acuerdo, doctora. Por mucho que un uno por ciento sea todavía una probabilidad de fracaso.
—Me da igual, en cuanto estén listos, los usaremos. Tenemos una ventana de oportunidad.
—Estoy de acuerdo. No podemos esperar más.
Y nos pusimos a trabajar, los tres, porque era necesario.
Habíamos visto en las noticias exteriores, captadas por nuestros receptores, que el tal Decurión había iniciado un movimiento político nuevo, un movimiento que podría ridiculizar a cuantas revoluciones se habían dado hasta la fecha al superar a todos los agitadores, profetas o mesías de las crónicas de este mundo.
Estuvimos trabajando durante quince horas cada día.
El laboratorio, aséptico en su día, se convirtió en una montaña, casi un estercolero, de cables, manguitos, tubos, artefactos, refrigeradores, ventiladores, monitores y consolas de diversos tipos, de toda la miseria habitual que los humanos acostumbran a dejar en sus entornos de convivencia.
Entonces, encontré un segundo de tiempo libre para descargarme el plan del Supragobierno diseñado por Gax. Lo leí varias veces.
Y algo muy inapropiado para un cerebro electrónico como el mío, algo que rozaba lo preocupante y entraba en el terreno del genuino misterio, ocurrió en mi interior. Un asomo de duda había germinado.
Y si…