SuprAdalid 23. La democracia siempre primero #2
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23. La democracia siempre primero #2

—Hay que encontrarle. Creo que podría ganarle a él también con este nuevo orden de esplendor que pretendemos hacer llegar a la Humanidad. Hasta él lo entenderá como algo bueno.

Inga cerró los ojos y dejó que el viento agitara su pelo suelto. Su máscara estaba abierta por la parte superior de la cabeza.

—Yo siempre he creído en ti —aseguró.

—Pues deseo conseguir eso mismo de cada eurotano y, luego, de cada habitante de esta roca azul perdida en el espacio.

He estado concentrado toda mi vida en prepararme para el día en que se me presentase la oportunidad de cumplir mi sueño.

Es posible que ahora esté pecando de ser un iluso cegado por una quimera.

Quién sabe. Sólo sé que es la primera vez que creo que el sueño puede realizarse.

—Jul, mira —le costó encontrar las palabras exactas—, no digo que no podamos ganar esas elecciones de lucecitas por la noche.

Es posible que lo hagamos. Lo que pienso es que gran parte de esa gente que apoyará tu propuesta lo hará por miedo.

Por el miedo que te tiene, por el miedo a perderte o por el miedo a ser reprendida por ti.

Y los que no nos voten, lo harán por miedo al cambio.

Es demasiado grande. Se esconderán en sus dormitorios, con las luces apagadas de toda la casa, por si acaso cualquier haz luminoso cuenta como un voto a favor, y se comportarán así porque los supras generamos pavor, tú más que ninguno.

—Giró su cuerpo y metió los pies de nuevo en el recinto amurallado—. ¿En serio puedes romper la Luna?

—Esta conversación con su hermana nos habla de fe y confianza… y me encanta, pero el problema es que estamos a punto de hacer una pausa técnica y me gustaría que llegáramos ya a la famosa madrugada púrpura. Fue una noche muy agitada en la que nadie durmió.

—Pues no hay mucho más que contar. A las dos de la madrugada, horario OTNE, la una en horario FE, durante cincuenta y nueve minutos, nuestra tecnología de vanguardia generó un apagón en toda Eurotania.

—Gax, otra vez.

—Gax, sí. Y los satélites Pretor contabilizaron el número exacto de participantes. Sin trampas y sin coacción. Hubo que revisar mucho y detectar los miles de intentos por falsear el recuento. Nada de eso pudo impedir las votaciones alternativas.

—Y los supras ganaron.

—Por un cincuenta y nueve frente a un cuarenta y uno por ciento, una mayoría no muy aplastante.

Legalmente, un partido no podría empezar a gobernar sin hacer coaliciones o pactos.

Nosotros ya habíamos advertido de que no respetaríamos la ley tal cual se había escrito.

Habíamos ganado y asaltaríamos el poder.

Punto. A nuestro lado, quien quisiera; en nuestra contra, quien pudiera.

Un golpe de Estado en el sentido pleno de la palabra, por mucho que fuera un golpe de Estado reclamado por el cincuenta y nueve por ciento de la ciudadanía federal.

Una acción ilegal hasta el momento en que nos instaláramos en la Cámara Celeste e interpretáramos la acción como necesaria.

Lo que se debe hacer por encima de lo que es legal.

—Los vencedores escriben la historia.

—No queríamos eso. Queríamos imponer un nuevo sistema.

Estábamos capacitados para ir más allá de la indignación en redes sociales, las protestas de los medios o el uso de películas y series de presupuesto para lanzar mensajes samaritanos, aunque inútiles.

El mundo no se cambia sentado en el sofá y toqueteando una pantalla táctil.

Lo hicimos porque podíamos. Nuestro modelo de gobierno era único, revolucionario y justo.

Tenderíamos la mano y seríamos flexibles, huyendo de un sistema burocrático enrevesado y vulnerable donde los granujas de vocación se aprovechan de lagunas legales para lucrarse a costa de terceros.

No queríamos un sistema penal donde las sentencias de cárcel del juez se redujeran asiduamente como en las rebajas de un supermercado.

Treinta años son treinta años. Sin excusas, los buenos comportamientos hay que tenerlos en las calles, no en las prisiones.

—Lo que más me gustó a mí fueron las nuevas leyes de impuestos.

—Gracias por decirlo. Los impuestos no son un bufet libre.

Se emplearían honrada e inteligentemente para sacarles el máximo partido y que toda la Federación se beneficiara de ello.

El nuevo método de aplicación de impuestos y reparto de fondos públicos había sido confeccionado por la mente más privilegiada que había existido.

Y funcionaría. El ciudadano pagaría menos dinero al Estado y cada eurolibra se emplearía de manera más eficiente.

—No aburramos a los oyentes con tecnicismos. Es bueno pagar menos impuestos y que todo siga igual, incluso que vaya a mejor. Transmítale mis felicitaciones al vicepresidente Gax.

—Lo haré.

—¿Podríamos hacerle un par de preguntas a él?

—¿A Gax? Está siempre muy ocupado, no creo que sea posible.

—¿Dónde se encuentra ahora mismo? ¿En qué anda metido?

(Pausa.)

—Lo que haga Gax o deje de hacer, señor Labianca, no se ofenda, no es asunto suyo.

—Disculpe. Era sólo curiosidad. El caso es que los suprahumanos nos venían con un nuevo plan de economía y progreso que prometía, y mucho. Siempre me ha gustado probar cosas nuevas. Y esto lo parecía. ¿Diría que el recibimiento fue bueno?

—Al principio no fue del todo como esperábamos.

Lo que más me sorprendió fue enterarme de que Clara Morris, primera ministra de Eurotania, en el amanecer que acaeció tras la madrugada púrpura se había suicidado.

Y, cuando desalojamos la Cámara Celeste a base de teleportar al personal no necesario directamente a sus hogares, un tipo alto y repeinado, con un traje corporativo y gafas de sol, perteneciente a la Unidad de Defensa Ejecutiva, entró en el despacho y al instante asumió que ahora trabajaba como mi subordinado (o ya venía con la asunción de casa).

El cargo era mío, si decidía tomarlo. Y era un nuevo cargo.

—Bienvenido a la Cámara Celeste, señor presidente —dijo.