23. La democracia siempre primero
La democracia siempre primero
Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod & Herocast.
Dirigida y conducida por el generador de contenido Shawn Labianca.
Edición y sonido a cargo de Ferdinand Cortés.
—Comenzamos ahora una nueva sección dentro de este ciclo de entrevistas. Día dos. Creo que ya hemos hecho suficiente calentamiento, señor Diamandis, hablemos de lamadrugada púrpura. ¿Por qué ese nombre?
—Por alguna razón que nadie sabe, es el color de los asuntos suprahumanos.
Un código púrpura es una alerta relacionada con suprahumanos, la utilizan las autoridades, la PAL significa Ley de Aserción Púrpura y, por lo que tengo entendido, las carpetas donde se archivaban nuestros expedientes en el Espolón, allí donde se recogían nuestras características, nuestros datos personales y demás información, eran las famosas carpetas púrpuras.
—¿Usted vio las carpetas púrpuras?
—Hasta los años noventa, existieron y, después, con la digitalización de la información, las carpetas púrpuras fueron destruidas a medida que los informes que contenían se introducían en discos duros.
Y, con respecto a esas bases de datos digitales, el Espolón las hizo desaparecer en cuanto Facción Zero se apoderó de La Aguja.
—O sea, que no.
—No. Supongo que esa madrugada famosa no podía llamarse de otra manera.
Unos días antes de la madrugada púrpura empecé a detectar una cierta animadversión entre mis propios subordinados y colegas de grupos aliados.
Es cierto que nadie apalabró cómo se iban a distribuir los cargos.
Se había hablado de asaltar el poder y controlar la Federación tratando de seguir el plan orquestado por Gax, con su economía a prueba de bombas y un sistema comprensivo y empático.
Sin embargo, nadie habló de que yo fuera a ser primer ministro hasta que el Coronel Tabris lo comentó de pasada en una reunión.
Y la verdad es que, a partir de ese momento, percibí que todo el mundo cambiaba su forma de tratarme, con miradas suspicaces y cuchicheos que se silenciaban en cuanto yo hacía acto de presencia.
Mi intención era ser una especie de centinela de las buenas maneras y del uso adecuado de nuestra fuerza.
Casi asumía que Gax fuera nombrado primer ministro y yo, su heraldo, encargado de hacer valer su autoridad y velar por la seguridad del pueblo, atento a las acciones de grupos de poder, naciones rivales, mis propios compañeros y, en general, de todo el mundo.
Gax sería algún día el regidor de la Tierra y, por mi parte, asumiría el rol de sheriff absoluto del planeta. El vigilante de los vigilantes.
No debo engañar a nadie: la idea de ser yo el que se pusiera al frente de todo desde el comienzo me gustó. No lo había pensado y quiero insistir en ello: prometo que ni se me había ocurrido. Pero, una vez la idea se instaló en mi cabeza, allí se quedó.
No me gustaba cómo sonaba eso de primer ministro, secretario general o director administrativo. Yo prefería presidente. Canciller no estaba mal, aunque cargaba con reminiscencias locales muy potentes de los tiempos previos a la federalización del continente.
Nadie lo comentó en profundidad, nadie discutió mi validez para el cargo. Todos los supras daban por hecho que sería yo quien guiara. Incluido Gax. Así que mantuve las cosas así hasta la noche que cambiaría nuestras vidas.
Habíamos acordado que, en caso de que la votación eurotana se tornara en contra de nuestro mandato, aprovecharíamos las leyes propias y extrañas para fundar legalmente un principado independiente, semejante a la Sanctopolis.
La Aguja podía convertirse en algo parecido.
Una nación en sí misma. Nos desentenderíamos de todo y ofreceríamos nuestros servicios de lujo bajo ciertas condiciones, procurando no salirnos de nuestra visión humanitaria.
Exportaríamos nuestras habilidades y los diseños de nueva tecnología confeccionados por Gax, convirtiéndonos así en el producto primordial de nuestra nación. De ese modo, subsistiríamos.
Si el mundo no nos quería gratis, acudirían a nosotros rogando por alquilarnos.
Era el plan B. Y, como las apuestas estaban tan divididas, podía pasar cualquier cosa.
El mismo día que sirvió de tensa víspera para la noche de las noches, mi hermana vino a buscarme mientras yo daba un paseo aéreo por la ciudad.
Me encontró cerca de Castavello, igualó mi velocidad y se colocó a mi lado, haciéndome una indicación para descender y evitar hablar a gritos.
Aterrizamos suavemente en una de las almenas del castillo de Sicania, vacío de turistas porque era domingo de cierre.
—Julek —dijo en cuanto nos posamos en el suelo—, ya está todo listo. ¿Adónde ibas?
—A ninguna parte. Alguien me sugirió que me vendría bien volar por el mero placer de hacerlo. No para llegar rápido a resolver alguna emergencia ni perseguir a algún malhechor suprahumano. Como conducir un coche por diversión. Sólo volar.
—¿Quién te dijo eso?
Podía haberle contado la verdad. Decidí no hacerlo.
—¿Qué es lo que has venido a decirme?
—Te he preguntado primero quién te ha dicho eso de volar por volar.
Suena muchísimo a tía. Y el único Zero masculino que vuela no te hablaría en plan coleguita ni aunque le pagaras.
Así que… ¿quién kiwis ha sido? Estoy ansiosa por oírlo.
Espero de verdad, espero y confío, hermano mío, que no vaya a ser alguna compañera suprahumana, menos aún perteneciente a nuestra querida Facción.
Después de nuestro altercado en mis dependencias, con todo aquello de no mantener relaciones personales con otros miembros del grupo por estar prohibido o no sé qué, que ahora tú estés montándotelo con una Zero me pondría a un millón por hora y te mordería la cabeza, te sacaría el cerebro y luego lo tiraría al mar, pero luego lo recuperaría del mar y lo tiraría al Sol porque me lo habría pensado mejor y porque te querría joder de lo lindo.
Así que no me digas que te estás cepillando a Predadora o Sigmar, más aún después de haber dinamitado que te cagas mi rollito con Púlsar. Que, por cierto, se ha marchado.
—¿Púlsar se ha marchado?
—Se ha cansado de tus mangoneos. Y lo nuestro se ha roto.
Se ha roto porque tú te lo has cargado, no es por restregártelo otra vez por la cara, pero es así.
Supongo que ya nada le ataba a este equipo.
Y que sepas que era un suprAdalid de puta madre, así que acabamos de perder a un buen efectivo.
Y guapísimo. Y era bonito mirarlo cuando activaba su cuerpo energético, bueno, siempre.
¡Y no me cambies de tema! Tienes que responder, Julek. Responde ya.
Resoplé de puro sopor mental y agotamiento físico.
—No es una relación.
—No es una relación, mis ovarios. Sí que lo es. Te la zumbas y te viene con eso de volar por placer. Eso es una relación. Suena a relación. Es una relación. Lo sé porque yo entiendo mucho más que tú de relaciones. Una relación… ¿con quién?
—No es una relación —insistí.
—No es una relación, mis putos ovarios del Infierno que sí lo es. ¿Con quién?
—Mira, Inga, yo…
—¿Con quién? ¿Con quién tienes una relación? ¿Con quién tienes una relación? ¿Conquiéntienesunarelación? ¿Coniéntenusaración?
Le había tenido que poner una mano en la boca y ella me la apartó de un manotazo.
—Con Apocalypsa —le dije.
—¿Lypsa? —prorrumpió, sardónica, casi a carcajadas—. ¿Apocalypsa, la legionaria? ¡Mis malditos ovarios hijos de la gran puta del Infierno sangrante! ¡No cuela! ¿Sabes por qué no cuela?
—Inga, por favor…
—¡No cuela porque, cuando te fuiste del cumpleaños de Vislav, agarrando la manita tersa y amarilla de la tal Fiyún como se llame Kim, alias Sigmar la recluta, pobrecita ella, teóricamente inexperta de la vida y empíricamente probada como trepa de nivel Dios, Apocalypsa la pagó a golpes con todos los invitados, ciega de celos, sintiéndose traicionada por ti y odiándote a muerte, como es comprensible y hasta recomendable! ¡Cabrón!
—En realidad, ella…
—¡Rompisteis la pared de las ganas de follar, señor Noesunarelación!
—… es una…
—¡¿Lo de los ovarios te lo he dicho ya?!
—… espía del Espolón.
Entonces se calló. Dejó caer los brazos como si los huesos le hubiesen desaparecido y su ceño se arrugó tanto que el Nolex de su frente parecía un acordeón.
—No jodas —susurró.
—Por el momento, al menos. Pronto dejará de serlo.
Ella se subió al borde de la almena y se sentó entre dos merlones, con los pies colgados hacia el exterior.
—¿Lo has hecho para descubrirla?
—Lo estoy haciendo para ganarla. Que se una a nuestra causa.
Ella se palmeó el muslo y encontró graciosa una broma que aún no había pronunciado.
—Madre mía, hermano, las convences a golpe de pelvis. Eres un monstruo de arriba abajo y de atrás adelante. Sobre todo, adelante.
—Sigmar cree que me sedujo —expliqué— para acercarse a mí y ganarse mi confianza.
Y yo se lo permití porque quiero ganarme su confianza de verdad.
No me refiero a que crea que soy el más poderoso, sino que crea en mí como el mejor intencionado.
El caballero del Grial o algo así. Quiero que todos lo crean sin ayuda externa, por ellos mismos.
Sin dejarse influenciar por un pensamiento viral de medio millón de personas. Quiero ganarme ese pensamiento.
Comprendí enseguida que mi hermana no podía saber de qué estaba hablando. Ella no sabía nada de Estela de Molay, los viveros y la realidad sobrescrita una y otra vez. Eso no volvería a pasar.
Pese a que, según parecía, todavía quedaba un Prelado oculto. Por lo menos.
—¿De qué hablas?
—Nada, Inga. Lo que quería decir es que ya estoy harto de ser ese Decurión jovencito que se pone a las órdenes del alcalde Carpi y va ascendiendo a base de vender su alma a cada diablo que le sale al paso.
Ahora ya no hay diablos por encima de mí.
Y quiero mi alma de vuelta. —Sentí un aguijón en algún rincón de mi corazón—. Y a Púlsar, también. ¿Sabes dónde está?
—Ha desaparecido sin decir nada.