SuprAdalid 22. El primer día del resto de tu vida #3
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22. El primer día del resto de tu vida #3

—Si estuviéramos destinados a guiar al mundo entero, como tú dices, bien por una fuerza superior, o bien por un designio cósmico, no seríamos humanos.

Nuestra mente habría sido modificada como nuestros cuerpos.

Yo tengo la fuerza de una bola de demolición, sí, lo que ocurre es que mi cabeza sigue siendo la de una persona corriente.

Si fuéramos los heraldos del universo o algo así, pensaríamos de otra manera, tendríamos mentalidad de ángeles y manejaríamos otros intereses.

¿Sabes qué? A mí me gustan las mismas mierdas que a la gente de ahí fuera.

—Abrió la boca y salió un anillo de humo de ella, que se elevó un instante antes de ser absorbido por el artefacto de la pared—.

Quiero comer bien, beber bien, tener tiempo libre y echar algún polvo mientras pueda.

Nuestros cuerpos son mejores que los suyos, nada más… Nuestras mentes son idénticas.

Gax giró su extraña cabeza en dirección al Coronel enmascarado.

—Le insto a que exprese su valoración de manera individual, absteniéndose de circunscribirme en tal descripción.

—Y luego está Gax, por supuesto. —Nuestro invitado de excepción mordió la punta encendida del puro y la escupió, guardándose el resto del habano en un bolsillo de su pantalón—.

Su humanidad queda en entredicho. De hecho, es más máquina que persona.

Y habrá quien ponga en duda si tiene algún valor moral que defender.

Gax no dijo nada. Decurión, muy serio, valoró todo lo expuesto y mostró su decepción.

—No voy a consentir la corrupción. Desde hoy, seremos ejemplos.

—¿Y eso quién lo dice, Julek?

—Lo estoy diciendo yo.

El Coronel se acercó de nuevo a la mesa, pero no en dirección a su silla, sino hacia donde nos encontrábamos los que estábamos más cerca de la puerta de acceso.

—¿Y qué pasaría, amigo mío, si alguno de los presentes se… desmelenara un poco? —Se colocó detrás del respaldo de Portalus y apoyó las manos sobre los hombros de su excompañero Ultraguardián—. ¿Eh, Bernie?

Portalus se agitó en su asiento y se volvió para mirar desde abajo a su antiguo jefe de supergrupo. Según contaban las leyendas, la expulsión del excéntrico teleportador no fue muy amistosa.

—¿Qué estás insinuando, Tabris? —preguntó el aludido.

—No estoy insinuando nada, Bernard, estoy haciendo una pregunta. Una pregunta que no sé si es simple o complicada. ¿Qué me dices, alabado Decurión?

Decurión pestañeó muy lentamente y respondió sin mucho entusiasmo.

—Olvidemos el pasado —dijo fríamente—. Me importa el futuro.

—Ya. Mi temor viene de que alguno de los presentes —advirtió Tabris señalando con el pulgar a Portalus, sin mirarle— vuelva a las andadas.

El hombre llamado Julek Diamandis, que había entregado públicamente su identidad civil para sorpresa de todo el mundo, sacó de un compartimento interior de su uniforme su máscara de Gomalix plegada y la extendió encima de la mesa. Contempló la máscara como si de un rostro se tratara.

—Si alguien es merecedor de un castigo —dijo con aire ausente—, lo tendrá.

No sé por qué os cuesta tanto entenderlo.

De algún modo, estamos destinados a la grandeza.

Aspiremos a eso. Luchemos por eso. Puede que no tengáis el menor remordimiento por vuestros excesos pasados.

Puedo respetarlo, pero, llegados aquí y con lo que se supone que nos espera, lo que no puedo es consentirlo.

Gax apoyó un codo en la mano contraria y, con la mano libre, se frotó la barbilla.

—Presumo que la raíz de este proceder radica en el hecho de que eres, Decurión, quien acumula mayor volumen de acciones reprobables, de lo que se podría inferir esta apremiante necesidad de redención.

Tabris le dio una sonora palmada en el hombro a Portalus y se dirigió a su asiento.

—Puede que algún otro de los que estamos aquí tenga un volumen superior.

Portalus se puso en pie, enfurecido, volcando la silla a sus espaldas.

—¡¿Te estás refiriendo a mí, Tabris?! ¡¿Te refieres a mí?!

El líder Ultraguardián se detuvo y luego miró por encima del hombro al suprahumano peor vestido del mundo.

—Vaya, resulta que tenemos dos putos genios en la sala.

Crisis se puso en pie, yo la imité y rodeé los hombros de Portalus, tratando de relajar el ambiente. La hermana del jefe agarró de la cintura al Coronel y le empujó amablemente hasta su asiento.

—Venga, Coronel —dijo Crisis, con una sonrisa preciosa—, está a punto de rebasar la línea roja del fastidiómetro. Por favor, tengamos una sesión tranquila.

El tipo la correspondió con idéntico gesto y aceptó sentarse.

Gax arrugó el ceño.

—¿Fastidiómetro?

El tío más inteligente del mundo seguramente fuera un zote en inteligencia emocional y todo un primate en materia de sarcasmo.

Decurión le indicó a Portalus que volviera a tomar asiento con un gesto cómplice. «No hagas caso.»

—Estoy convencido —dijo de Diamandis con tono conciliador— de que nos beneficiará a todos convertirnos en la versión ideal de suprAdalides.

Es un sueño por el que merece la pena luchar.

Es cierto que el ser humano es… difícil de gobernar.

No digo que vayamos a afrontar una misión sencilla.

Lo que digo es que merece la pena intentarlo.

—Yo estoy contigo —dijo Portalus, con decisión—. Jamás… me he sentido… así. Formar parte de esto y… salvar la ciudad.

—Estuviste genial con aquellos tanques. Predadora me lo ha contado y… sí, yo sabía que esto funcionaría.

—Gracias, Decurión. —Portalus tenía los ojos encharcados.

—Y ahora que eres Zero —añadió Crisis—, te diseñaremos un nuevo y mejor uniforme, si no te importa.

—¿Nuevo uniforme?

Decurión plegó de nuevo su máscara y se la guardó.

Luego toqueteó la superficie táctil de la mesa y abrió unos archivos, que compartió con los demás.

Enseguida se puso a hablar de estadística y probabilidades matemáticas acerca de los resultados de aquellas votaciones apócrifas que se iban a llevar a cabo.

Yo había dejado de prestar atención. Ese empecinamiento del líder Zero por que empezáramos de verdad a comportarnos como paladines de la justicia me recordó la conversación telefónica que había mantenido con mi verdadero jefe.

Grimaux le concedía el beneficio de la duda.

Y yo debo confesar que me sentía intrigada por saber si, después de todo, Decurión no era más que un hombre atormentado por todo lo que se había visto obligado a hacer y, aunque fuera a la fuerza, que ahora buscaba redimirse.

Yo deseaba estar ahí, a su lado, en caso de que su voluntad se torciera hacia la depravación y se convirtiera en aquello que juraba combatir.

De ser así, le partiría el cuello o, al menos, lo intentaría.

Y estaría de igual forma a su lado, si todo lo que salía de su boca era cierto, porque la idea de ser una suprAdalid genuina e incorruptible que hiciera de éste un mundo mejor se me antojaba estimulante.

Y, para mi misión, había dejado de ser necesario acostarme con él.