22. El primer día del resto de tu vida #2
—Excelente. Predadora y Réquiem, seguiréis con la investigación de Shuriken.
No creo que encontréis nada y, menos, a él.
Da igual, no pasa nada por intentarlo. Por otra parte, unos días antes de que llegue la madrugada púrpura, me he permitido el lujo de llamarla así, quiero un dispositivo global suprahumano que sondee y permanezca cerca de cada gran ciudad de Eurotania para asegurar que las elecciones se llevan a cabo dentro de unos márgenes de seguridad y libertad.
Al menos, un suprahumano de Nivel 6 o superior por ciudad.
Para ello contaremos con la ayuda del resto del equipo de Tabris —al decirlo, elevó el mentón en señal de saludo al Coronel— y la Legión Final, los Protectores y un listado de suprAdalides oficiales independientes.
Ni que decir tiene que nuestros magníficos satélites espías harán todo el trabajo, serán los que detecten los problemas, pero quiero un supra cerca de cada núcleo urbano, por si surgen complicaciones.
Debido a eso, todos los que estamos aquí nos repartiremos el territorio.
Sé que preferiríais quedaros en Odeon, es comprensible.
Bien, pues no puede ser. Yo me quedaré aquí, con Gax.
Podremos con todo. Los demás seréis debidamente asignados en función de vuestras habilidades.
Gax y yo hemos confeccionado una lista. La tenéis ahí —y, al decirlo, en la superficie de la gran mesa se abrió un archivo digital—.
También os la hemos enviado a vuestros dispositivos electrónicos personales.
Todos tendremos acceso a esas disposiciones a través de nuestro canal interno.
Así, todo el mundo sabrá dónde están los demás o quiénes son sus compañeros más próximos.
—Un momento —intervino Púlsar—. ¿Tokio? ¿Me mandas a Japón?
—No me fío mucho de los suprahumanos nipones.
Nadie dijo nada. Creo que todo el mundo se preguntó cuánta confianza tendría Decurión en el amiguito despechado de su hermana. De hecho, Púlsar lanzó una mirada de compasión a Crisis, pero ella apartó la vista mientras tragaba saliva.
Observé el mapa que se había dispuesto para tal operación y comprobé que a mí me enviaba a Brisbourg, el lugar donde se encontraba una de las dos bases aéreas desde donde habían despegado las escuadrillas de cazas de combate que nos habían atacado hacía día y medio.
Fuera de Odeon, aunque no muy lejos. No era mal destino, comparado con otros.
A pesar de eso, se dejaba sin cubrir muchísimas ciudades importantes y una cantidad ingente de zonas pobladas donde los satélites tampoco estarían mirando constantemente.
Los Pretor-10 podían, por turnos, echar un vistazo a todos los países de la Federación, pero no contemplar a perpetuidad cada punto de la geografía para advertir de cada incidente que se produjera.
Por ello, se había dado a la ciudadanía instrucciones de mantener las linternas encendidas durante la hora que durara el ejercicio de manifestación de voto.
Los satélites cubrirían una cantidad de terreno impresionante, hectáreas incontables y, dentro de ese plano abierto, la definición y la percepción de los sensores era de una precisión inaudita, hasta el punto de detectar si un ciudadano estaba utilizando dos móviles en lugar de uno o si se disponían sobre una superficie muchos emisores de luz diferentes para falsear los resultados.
Con todo, Eurotania era demasiado grande y nuestros numerosos ojos debían ir de un lugar al siguiente para no volver atrás en ningún momento.
Yo podría cubrir la distancia de Moscovia a Vernovia en unos minutos volando a toda velocidad, cosa inviable para suprahumanos como Tabris, Réquiem, Enigma, Piedra y un montón más, que necesitarían de Skyzeniths u otras aeronaves.
Y, aunque la mayoría teníamos formación para pilotarlos (no requerían mucho más talento que para jugar a ciertos videojuegos arcade ), con determinados sujetos era mejor designar un piloto. Todo aquello complicaba la operación.
Gax aprovechó el momento para pronunciarse por primera vez.
—Resulta imperativo concebir una estrategia de difusión meticulosamente optimizada que atenúe las disonancias percibidas en nuestra proyección pública. Como mínimo, una que incremente la percepción de honestidad en nuestra narrativa corporativa.
Su voz estaba ligeramente robotizada.
Decurión puso mala cara.
—No me gusta el marketing aplicado a nuestra imagen. No vendemos champú.
—Me refiero a inducir en la audiencia una apreciación inequívoca de nuestra integridad.
Transmitir con absoluta claridad que, si bien en el pasado encarnamos lo execrable, en el futuro no seremos otra cosa que redentores.
Y, para lograrlo, no existe método más eficaz que una divulgación exhaustiva de nuestras transgresiones, acompañada de una manifestación estratégica de arrepentimiento.
—¿De qué estás hablando?
—La selección de una plataforma de difusión no convencional, quizá el canal de un cloudtuber o un streamer de amplio alcance, optimizaría nuestra capacidad de generar afinidad y consolidar el respaldo de los sectores aún vacilantes de la población.
Exponerlo… absolutamente todo. —Tras una pausa calculada, Gax dirigió su mirada hacia Decurión y, con un gesto preciso, lo señaló—. Y tú deberías ser el primero.
—¿Yo? No. No puedo permitirme eso. Sé… demasiadas cosas que no se pueden saber.
—Será necesario que procedas.
—No voy a hacerlo.
—Al final, la ejecución de dicha estratagema será ineludible.
—Lo haré algún día, quizá, pero no antes de la madrugada púrpura. Ni hablar.
—Te granjearías la confianza de una masa sustancial de la ciudadanía que aún recela de ti. El poder corrompe y… tú… —dijo observándolo de arriba abajo— posees más que nadie.
—¿Qué quieres decir, Gax?
—Me has convocado aquí para que articule lo que ningún otro se atrevería a verbalizar. Mi capacidad de conceptualizar lo inconcebible me sitúa como el arquitecto supremo de estrategias en este planeta y sostengo que esta es la mejor opción.
—Si yo fuera completamente honesto, Gax, te garantizo que dentro de unos días no habría ni una linterna en mitad de la noche.
—En cualquier caso, deberás considerar que, en un momento u otro, la ejecución de esta acción será ineludible.
Su impacto resultará beneficioso para la totalidad del sistema.
Si en el presente lo juzgas inapropiado, es plausible que, en el futuro, cuando las variables escapen a tu control, te veas compelido a proceder.
Y, llegado ese punto, la reticencia no será una opción.
Deberás revelar incluso lo que ahora conjeturas como irrevelable.
Decurión negó con la cabeza y sonrió con amargura.
—Confesar lo inconfesable. No creo que llegue ese día.
—Todo es matemáticamente factible. Incluso aquella improbabilidad que nuestra lógica desconsideraría. —Gax se cruzó de brazos o algo parecido, lo que aquellos enormes exobrazos externos permitían.
El jefe se centró en el resto de los asistentes. Algunos todavía estaban procesando la conversación. Yo misma no había pillado la mayoría de las cosas que se habían dicho.
—Por lo demás —prosiguió Decurión—, ahora mismo es imperativo que nos tomemos en serio nuestro nuevo cometido. Y no estoy hablando por hablar. No quiero vender camisetas, no quiero ser un político al uso. Quiero salvar el mundo.
—Julek.
—No, hermanita, déjame que siga. No es un plan megalómano.
Los suprahumanos clásicos empezaron siendo lo que todo el mundo preveía que fuéramos, acorde con aquellas publicaciones juveniles en viñetas.
Con el pasar del tiempo, ellos mismos se convirtieron en otra cosa.
Yo…, cómo decirlo, conocí al Capitán Insignia, ¿sabéis?
—¿En serio? —se interesó Eón.
—Hace mucho tiempo. Era el héroe de mi padre.
Para cuando yo lo conocí, como alcalde de la ciudad, ya estaba corrupto hasta la médula y la institución de los suprahumanos se había echado a perder.
Las siguientes generaciones no hemos hecho nada por cambiarlo.
Utilizamos nuestros poderes de forma egoísta.
Podríamos alcanzar el cielo y, en lugar de ello, hemos mantenido todo igual.
El Coronel Tabris se levantó de la mesa y se acercó a un extractor de humo y partículas calcinadas que había en la pared para poder encenderse un puro enorme sin molestar a nadie.
Su negro rostro era mucho más tosco que el del superintendente Grimaux, aunque compartía muchos elementos de su fisonomía.
—Mira, Julek —dijo, tras aspirar el humo—, te quiero mucho, tío, y lo sabes.
Lo que no quita que prefiera no escuchar ese discursito tuyo de nuevo.
—Expulsó el humo por la nariz—. Me encanta la idea de probar el sistema gubernamental de Gax, tenerte como primer ministro y que me nombres ministro de Guerra.
Formar parte de un gobierno compuesto por individuos excepcionales.
Faraones, joder, si se tercia. Y dejar de ser el perro mordedor de personajillos inferiores.
Vale. Me apunto a eso. Por eso estoy aquí.
Anexionaré Ultraguardianes a Facción Zero si eso te viene bien.
Lo que quieras, socio, pero no me creo toda esa palabrería idealizada.
Decurión se echó hacia atrás en su asiento y separó las piernas.
—Es palabrería, Caleb, porque otros antes que nosotros la convirtieron en eso y nosotros lo hemos mantenido.
El Coronel Tabris le dio otra calada a su puro.