SuprAdalid 22. El primer día del resto de tu vida
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22. El primer día del resto de tu vida

El primer día del resto de tu vida

—¿Son seguros estos trastos, superintendente?

—Todos nuestros operativos logísticos trabajan ahora para Facción Zero.

—¿Entonces? ¿Cuáles son mis órdenes?

—Quiero que me mantenga informado siempre que pueda.

Y, por lo que más quiera, Kim, actúe con discreción.

Con diligencia, cuando sea posible, procurando que nadie detecte que es una infiltrada.

Y espere. No hay otra forma de operar en estas circunstancias.

Intégrese. Adáptese. Conviértase en agente durmiente.

Ya encontraremos la forma de sobreponernos.

No podrá volver al piso donde estaba alojada ni establecer contacto con la comandante Adeyemi.

Ahora es una suprAdalid. Actúe como tal.

—Decurión va a por todas. Nunca el ser humano ha visto un levantamiento semejante. Da miedo.

—Y lo más triste de todo es que podría tener razón.

—¿De veras lo cree?

—Usted misma parece insegura. Ha escuchado su discurso.

Va a pasar a la historia. El momento del ser humano ha pasado.

Es la hora de los dioses. No lo ha expresado exactamente así, pero es lo que ha querido decir.

Quién sabe, Kim, podría ser verdad. ¿Y si lo consigue? ¿Y si logra un maldito mundo perfecto?

—Un gobierno de suprahumanos. A mí eso me suena al peor régimen que haya existido. No habrá ningún tirano peor que un tirano con superpoderes. ¿Puede lograrlo?

—Ha convocado unas elecciones alternativas.

Si consigue una respuesta masiva y esa madrugada el pueblo se pronuncia mediante las linternas de sus móviles, los Pretor-10 podrían calcular con precisión el número de ciudadanos que participan en el experimento.

Por otra parte, el cálculo de los que se abstuvieron es bastante sencillo.

Si obtiene la mayoría, se alzarán. Lo dijo bien claro.

—Pero es ilegal, Grimaux.

—¿Y? Ellos tienen al ejército de su parte ahora. Tabris es la autoridad militar máxima y come de la mano de Decurión. Suprahumanos y todas las fuerzas armadas. ¿Quién puede discutirles nada? Morris no dispone de capacidad de maniobra.

—¿Y la policía?

—Si las autoridades tratan de impedir la manifestación, aunque sea a través de ventanas y balcones…

, ellos mismos. Vosotros, Sigmar, defenderéis el derecho de la población.

Y si hay revueltas, lossupras las cortarán de raíz.

Cualquier coche patrulla que vea a un enmascarado llegar al lugar, como un meteorito y con ganas de pelea, saldrá de allí a toda velocidad.

Toda la división de satélites tipo Pretor estará activada y sus objetivos orientados a cada punto estratégico de Eurotania.

Con esos satélites puede cubrirse Odeon entera.

Nadie va a impedir que ocurra. Habrá elecciones alternativas.

—¿Y la gente querrá eso?

—No lo sé. Los suprasdan miedo. Generan envidia y frustración, son diferentes.

Muchos los odian. El problema de todo esto es la alternativa.

Decurión dijo que, si no los llamábamos ahora, nos abandonarían a nuestra suerte.

Y ya sabemos lo que eso significa: volver a lo de antes.

Probablemente ellos formarán un nuevo país independiente.

La nación de los suprahumanos o algo así.

Tienen poder para hacerlo si se lo proponen.

Si Eurotania pierde a sus suprAdalides, Estados Unidos, Rusia Oriental y China lo aprovecharán.

Corea del Sur, Taiwán y Japón se saldrán del tratado de la OTNE y la tensión se sentirá en todo el planeta. Y eso da mucho más miedo.

—Dios mío.

—Sí. La protección de un dragón serena el espíritu. Por supuesto, es un dragón que se come tu ganado, calcina tus tierras y, de cuando en cuando, exige un sacrificio humano. Es impredecible y peligroso. Pero su protección es genuina. Sin él, hay peligros en el mundo que no tardarán en devorarte.

—Yo… estoy tan indecisa.

—Kim.

—Dígame.

—Lo que quería decirle es que la vi en las noticias. Estuvo fantástica en la batalla de Odeon. Por eso confío en usted. Quiero que permanezca cerca de Decurión. Siga ganándose su confianza… y mantenga claras sus lealtades.

—Entendido.

Después de mi conversación con el superintendente Grimaux (para mí seguía en el cargo, pues yo tenía fe en el Espolón y garantías de que mi jefe aún tenía mucho que decir en todo aquello), asistí a la siguiente reunión de Facción Zero con un hormigueo extraño en el estómago.

El plan de Decurión estaba en marcha. Se habían dado pasos importantes y aún era necesario afrontar tareas que pasarían a ser históricas al momento.

Asistíamos al preludio de una época de todo grado imprevisible. ¿Quién podía estar seguro de nada?

La sala de reuniones era un caos de cuchicheos y conversaciones nerviosas. Nadie advirtió que cerré la puerta tras de mí ni que aquello podía pasar a ser oficial en cualquier momento, pero yo fui la última en llegar. Decurión sí me vio. Era el único.

Junto a los Zeros oficiales —el jefe, su hermana Crisis, la turgente Predadora, el monstruoso Réquiem y el energético Púlsar (sólo faltaba Shuriken)—, se encontraban el Coronel Tabris y su ahijado, el tipo con piel dorada conocido como Eón.

A pesar de ser Ultraguardianes, casi daban la sensación de haber cambiado de equipo.

Además, estaba Portalus, con su traje retro de color rojo, el único supra con capa en la actualidad, y, recién llegado de quién sabía dónde, el ilustre Gax.

Gax era un individuo extraordinariamente alto y delgado y su traje de Gomalix verde y blanco, tan ceñido al cuerpo, le daba el aspecto de un auténtico extraterrestre.

Embutido en un exoesqueleto metálico (según los informes del Espolón que pude revisar en su día, era de una aleación irrompible de durusita y umbraferro), le protegía en todo momento un escudo de fuerza que parecía mantenerlo dentro de una atmósfera azul celeste.

Su cráneo tenía forma de hongo nuclear, con el rostro y las orejas enclavados dentro de la zona normal de la calavera; sin embargo, a partir de la frente, su cabeza crecía en todas las direcciones formando una especie de sombrero de champiñón, sin pelo y con venitas azules que recubrían la superficie de la piel como un mapa con demasiados ríos.

Se decía que Gax había diseñado La Aguja, las lentes de los satélites modelo Pretor y las primeras armas portátiles tipo láser. Y a saber qué más.

Como solía hacer cuando quería poner orden, Decurión dio unas palmadas.

—¡Damas y caballeros, es la hora de comenzar la reunión!

Todo el mundo tomó asiento. Para dar cabida a los invitados excepcionales se había hecho traer sillas de otras salas, de diferentes modelos. La mesa era lo suficientemente grande para acoger al doble de quienes estábamos allí, sin perder confortabilidad.

—Como ya sabéis, Portalus y Gax son ahora miembros agregados de Facción Zero.

—Me guiñó un ojo. Parecía decirme que ya no era la nueva, aunque tuviera mucha menos de experiencia que ellos—.

No es tiempo de hacer presentaciones oficiales a los medios.

Os podéis figurar que debemos hacer tan sólo declaraciones vitales.

Y está claro que son los días más importantes de la historia de este equipo.

De hecho, podríamos saltarnos los aplausos, si a Bernard y Gaspard no les importa, y empezar a acometer el asunto de…

—¿En serio no va a haber aplausos?

Todos miramos a Portalus. Bernard Carón era un tipejo grimoso de facciones desagradables y parecía haber descuidado su estado de forma desde hacía años.

Aún tenía buenos bíceps, pero los pectorales empezaban a caérsele y la barriga casi le tocaba el pecho.

Su uniforme presentaba partes oscuras que no tenían pinta de oler muy bien y zonas desteñidas o desgarradas por años de uso.

La máscara no tenía cortes heterogéneos en la zona de los ojos, dando la sensación de que uno de los lados se había agrandado con tijeras.

Tenía barba de algunos días y los labios resecos y agrietados.

Y quería que le aplaudieran.

Decurión apartó la vista de la tableta electrónica que había pertenecido al superintendente, quizá esperando que Portalus estuviera bromeando. No era así.

—Eh… Sí, supongo que podríamos perder un poco de tiempo.

Todos aplaudimos sin ganas unos segundos. Cuando la pequeña ovación acabó abruptamente, el líder del equipo continuó hablando.

—Hemos sabido que la primera ministra estaba realizando una auditoría de todo el Espolón. Seguramente haya registros en alguna parte. Sigmar —dijo y, de repente, me convertí en el centro de atención—, encárgate de encontrar esas grabaciones. Quiero supervisarlas. ¿Crees que podrás obtenerlas?

—Haré lo que pueda —respondí.