SuprAdalid 20. La batalla de Odeon #3
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20. La batalla de Odeon #3

Con las siguientes, que formaron un grupo más sólido, la táctica fue diferente en ambos bandos.

Decurión se arrojó hacia los cazas como un pequeño cometa de luz cegadora.

Haciéndoles varias pasadas que ellos no pudieron esquivar en modo alguno, generó turbulencias de gran violencia, que afectaron la formación y obligó a los pilotos a centrarse en el pilotaje y olvidarse de las tácticas ofensivas.

Decurión los sobrevoló y se mezcló entre ellos, llegando a pasar muy cerca de algunas carlingas, haciéndoles gestos de retirada inmediata.

Al ser desobedecido, empezó a destruir con sus propias manos las piezas de hipersustentación de las alas y los estabilizadores traseros, así como a aplastar las tomas de aire de los motores.

Algunos cazas de combate se retiraron de la formación y buscaron un lugar donde aterrizar sin peligro en la ciudad más caótica del mundo.

Gracias a la capacidad de vuelo vertical de sus turbinas vectoriales, podían apañárselas para descender a los helipuertos de ciertos edificios de gran altura.

A pesar de todo, la zona de combate se había extendido varios kilómetros y los cazas de combate restantes lograron situarse a distancia de disparo de sus armas más mortíferas sobre La Aguja.

Cuando esto fue así, tres misiles de esfera nuclear implosivos salieron de sus departamentos cerrados en el vientre de los aviones y cruzaron varias avenidas en dirección al edificio.

Si uno solo de ellos alcanzaba la base de Facción Zero, aquella enorme pluma de escribir gigantesca caería en diagonal sobre la ciudad y la catástrofe sería colosal.

Ante este ataque desesperado, Decurión se olvidó de los cazas y voló en línea de interceptación hacia los misiles lanzados, aproximándose al más rezagado desde atrás y abrazándolo por la parte media como un boxeador haría con un púgil de cuatro metros, para sacarlo con brusquedad del curso de su trayectoria fijada con tal grado de fuerza que fundió los circuitos internos.

Pudo así redirigirlo hacia la exosfera. Aquel misil nunca alcanzaría su objetivo.

Su explosión sería registrada en el límite del espacio poco después, sin causar el menor daño a la población odeonense.

Los otros dos, no obstante, se acercaban peligrosamente al blanco fijado.

Decurión aceleró hasta alcanzar al segundo y colocarse en su base de propulsión.

De un golpe, introdujo su puño a través del fuego del motor turborreactor, apagándolo en el acto y reventando desde dentro su sistema de propulsión, dejando así el cuerpo del misil inutilizado.

Sin dejar de volar a toda velocidad, acompañado por la inercia del arma de destrucción masiva, arrancó a las bravas la puntiaguda ojiva, del tamaño de una bañera corriente.

Agarrándola con las dos manos, incrementó su velocidad de vuelo y no tardó en aproximarse al misil que quedaba y empujarlo con la espalda, procurando sacarlo de su ruta de impacto.

Los motores del arma teledirigida rugieron con rabia y gastaron combustible para estabilizar la dirección y regresar a su trayectoria programada.

Sin embargo, la presión de Decurión era irresistible y la desviación no pudo ser corregida por los sistemas de navegación internos del misil.

Hombre y ojivas pasaron escorados a varios metros de la fachada cilíndrica de La Aguja.

Pero el cuerpo del misil computarizado ya había programado una nueva trayectoria, que incluía una maniobra de giro de varios kilómetros y un nuevo intento de impacto desde la fachada opuesta.

Aquello, por otra parte, daba al menos un minuto o más al líder de Facción Zero para desembarazarse de la ojiva que sostenía en sus manos.

El seguimiento que hacían los satélites, perforando las superficies sólidas con sus ojos tecnificados, registró cómo Decurión entraba en los hangares superiores con la ojiva averiada y la ponía a disposición de los técnicos especializados mientras volvía a salir despedido como una bala en dirección al misil.

Este ya estaba iniciando su giro a varios kilómetros de allí.

Sin más distracciones, Decurión fue de cabeza contra el misil, interceptándolo enseguida y reventando de un golpe el motor de impulsión, lo que le permitió hacerse con el control del aparato.

Luego se dirigió hacia el cielo, surcando las diferentes capas atmosféricas hasta los límites del globo terráqueo como un proyectil humano, superando la frontera misma del planeta y, una vez en órbita, arrojó el misil averiado hacia la inmensidad de la nada espacial.

Incluso se permitió el lujo de acercarse al Pretor-10 más próximo, que le estaba enfocando en estos momentos, y colocarse delante de las inmensas lentes para que pudiéramos ver su rostro a dos metros de distancia.

Su expresión podía ser interpretada de muchas maneras, ya que no estaba dirigida especialmente a nadie en concreto. Amenazante («no volváis a intentarlo»), conciliadora («estáis a salvo»), incluso apenada («me habéis decepcionado»). En función de quién opinara, Decurión lanzaba un mensaje distinto.

Yo creo que su gesto, en realidad, lo que venía a decir era «se acabó». Con todo lo bueno y lo malo que eso implicaba.