SuprAdalid 19. Ultimátum #2
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19. Ultimátum #2

Un frente de tanques de última generación y vehículos blindados salió de la base de Gloomstadt, avanzó hacia Odeon y entró en las calles de la capital como una fuerza opresora contundente y despiadada.

Quien no se apartaba de su camino era aplastado.

Y estoy hablando de población civil, ¿de acuerdo?

A su vez, varios escuadrones de los novísimos cazas de combate AKTIS-300 despegaron desde la base de Brisbourg.

Para cuando recibimos el aviso, sobrevolaban Castavello, así que los tendríamos allí, en La Aguja, en cuestión de minutos.

Por último, desde la cercana base de Vernovia, dentro de Odeon, se realizó un despliegue de casi diez mil soldados de infantería, entre los que se encontraban varios pelotones de shockers .

Todos ellos a bordo de un verdadero enjambre de helicópteros de transporte de tropas.

Era la iniciativa típica de las Fuerzas de Choque Eurotanas, siempre iban primero y se ponían en marcha con un chasquear de dedos, lo que significaba que la primera ministra Morris estaba montando una maniobra mucho mayor, de combate total.

El tiempo no estaba de su parte. Organizar eso no se hace en cuestión de horas, sino de días.

En ese caso, nos habría dado margen de maniobra para darle la vuelta a la tortilla.

Pero un ataque relámpago podía pillarnos desprevenidos y causar bajas importantes.

Ese poderío militar habría bastado para poner en aprietos a otras potencias. Los chinos y estadounidenses se habrían arremangado y se habrían apretado el cinturón. Un pulso reñido.

Aunque nosotros éramos la fuerza que desequilibraba todo.

A pesar de eso, por muy rápidas que fueran las ESF a la hora de desplegarse, lo que estaba pasando debía de haberse organizado previamente. Morris ya se olía alguna jugada parecida por nuestra parte y había perpetrado una ofensiva fulgurante con muchísima antelación. Nunca se fio de nosotros.

En La Aguja habíamos acogido al Coronel Tabris, Núcleo y Eón.

No quedaba claro si seguían siendo Ultraguardianes o habían cambiado de equipo.

El caso es que se pusieron a mis órdenes, voluntaria y obsequiosamente.

De Shuriken seguíamos sin tener noticias, cosa que no me preocupaba.

Tenía otros aprietos más acuciantes de los que ocuparme.

Envié a Predadora con Portalus para que se encargara de las unidades blindadas. Con muy poco, se podía hacer mucho en ese frente.

—Confío en tu imaginación, Bernard.

—¿De verdad?

—Te doy carta blanca, amigo mío. Sólo quiero ponerte una condición. No quiero ni un muerto civil.

Lo estuvo meditando un rato.

—¿Y los militares?

—Ojalá pudiéramos ser más delicados con ellos. De todos modos, Portalus, son militares, ¿no? Deben de estar mentalizados.

—Oh, sí.

En cuanto se pusieron en marcha, manipulé la señal interna para conectar con el audífono personal de Predadora.

—Vigila a ese tío, por Dios.

—Sí, jefe. Descuida.

A todos los demás suprahumanos que se hallaban en las instalaciones les ordené que tomaran posiciones defensivas dentro de la base para resistir, incluso repeler, el ataque de las ESF que se aproximaban en varios centenares de helicópteros.

—No respondáis hasta que no abran fuego —les dije a través de los intercomunicadores, pues todo el mundo se estaba moviendo de aquí para allá—. No hace falta que os diga por qué. Permitid que nos machaquen un poco. Hagámonos los sorprendidos.

Era importante que la ciudad viera que ellos nos atacaban primero a nosotros, que nosotros reaccionábamos en defensa propia.

Predadora y Portalus irían a por los tanques que, para ese momento, ya habían causado destrozos civiles importantes, probablemente bajas, ya que una cifra elevada de heridos estaba garantizada con aquellas bestias acorazadas.

Nuestros dos compañeros podían llegar y ponerse serios sin más contemplaciones. Los militares se lo habían ganado.

Aquí en La Aguja debíamos encajar un par de tantos en contra, antes de remontar el marcador.

Conecté con el dispositivo de comunicación del todavía vigente supervisor de seguridad.

—¿Leo? ¿Leo Barta?

—¿Es usted, Decurión?

—Me gustaría que hiciera algo por mí.

—¿En serio?

—Sé que usted trabajaba para el Espolón. Ahora trabaja para Facción Zero. Su trabajo sigue siendo el mismo, así como el sueldo. Todo igual. Sólo que ahora su jefe soy yo. ¿Tiene algún problema con esto o debo buscar un sustituto? No tengo tiempo que perder.

—No hará falta que me sustituya, señor. Soy consciente de dónde estoy y de lo que está pasando. Y sigo siendo un operario muy eficiente.

Era posible que fuera otro de los perros fieles de Grimaux. Puede que todos lo fueran. Grimaux no era un jefe al que le gustara rodearse de gente que no fuera de la más estricta confianza. Era un líder nato.

Ni Leo Barta era de fiar para mí, ni yo lo sería para él.

Las cosas, de una en una.

—Bien, Leo, quiero que llame a todas las cadenas televisivas y ponga en marcha una maniobra de contagio en redes.

Quiero La Aguja rodeada de furgonetas y helicópteros de prensa.

Sé que el Espolón tiene un dispositivo que genera un efecto trending topic en cuestión de media hora.

Actívelo. Quiero ese algoritmo funcionando a pleno rendimiento.

La información viral que liberar es la siguiente: «La Aguja está siendo atacada / Los ciudadanos de Odeon corren peligro / Facción Zero no tiene más remedio que defenderse».

¿Lo ha comprendido? ¿Tengo que repetírselo?

—Sí, señor. No, señor.

—Póngase a ello, por favor. Gracias.

Todo estaba saliendo a pedir de boca. Y sí, habría deseado que no fuera necesaria la violencia, pero el gobierno golpeaba primero, lo cual nos concedía permiso kármico para actuar en consecuencia, otorgándonos la razón de cara a la opinión pública.

—Un momento, señor Diamandis. Había varios escuadrones de los mejores cazas de combate del mundo acudiendo al campo de batalla. ¿Quién iba a encargarse de eso?

—Yo.