SuprAdalid 19. Ultimátum
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19. Ultimátum

Ultimátum

Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod dos de ellos sentados (aunque se levantaron, asustados, cuando se produjo la brecha en la realidad) y un tercero apoyado sobre la mesa. Clara Morris puso la expresión más divertida que he visto en mi vida.

Atravesamos el portal y entramos con toda la insolencia del mundo. La apertura en el tejido de la realidad se esfumó detrás de nosotros. Portalus se quedó a mi espalda, con la actitud de un chófer que está allí sólo para abrirle la puerta a su cliente y llevarle adonde sea.

—Buenos días —les dije.

Todo el mundo miró a la primera ministra.

—Julek, ¿qué estáis haciendo?

Yo la ignoré un momento para dirigirme a los ayudantes.

—Caballeros, fuera.

—¡Julek! —se escandalizó ella.

—¡Caballeros —insistí, mis ojos se volvieron esferas de luz púrpura, en las que chisporroteaban pequeños rayos, produciendo emulsiones de energía—, fuera!

Uno de los que estaba sentado fue más listo que los demás y salió, presuroso y ligero como una pluma.

Sin mediar palabra. Otro de los tipos se quedó allí, como un ciervo ante las luces de un coche.

El que estaba apoyado en la mesa con una carpeta en las manos todavía confiaba en que la primera ministra enfrentara con autoridad aquella falta de protocolo.

—Portalus, haz el favor.

—Sí, Decurión.

Unos portales dimensionales circulares del tamaño de alcantarillas se abrieron bajo los pies de los dos hombres.

La gravedad los atrajo de inmediato y desaparecieron, cayendo desde una altura de tres metros al pasillo contiguo a la Cámara Celeste.

Desde la estancia se pudo escuchar los golpes secos al otro lado de las puertas ornamentadas, así como los gritos de dolor de los ayudantes expulsados y de sorpresa de las personas que los vieron aparecer por arte de magia.

Señalé uno de los dos teléfonos que ella tenía sobre la mesa.

—Llame a su equipo y dígales que estará ocupada los próximos minutos. Nadie la molestará mientras hablamos. Esas puertas no serán atravesadas por nadie. Hágalo ya, Clara.

Jamás la había llamado por el nombre de pila, pero había llegado el momento de superar las formalidades.

Ella empuñó el auricular del teléfono como si fuera una espada y se lo colocó en el oído con un arrebato de cólera irreprimible.

—¡Seguridad, rápido!

Un error.

Tras las caídas de los asistentes en el pasillo de al lado, los miembros de la Unidad de Defensa Ejecutiva ya debían de estar en alerta al otro lado de las puertas dobles.

La señal de emergencia del teléfono de la primera ministra podía llegar al mismo tiempo a los audífonos de todos los agentes de la unidad en el edificio.

Los dos primeros en entrar, y lo hicieron al instante, no tenían forma de saber que estábamos allí dentro, así que, en cuanto nos vieron, nos apuntaron con sus armas y se pusieron a disparar sin dilación.

Sin darse tiempo para entender la situación, dejándose llevar por el instinto y la disciplina de su entrenamiento.

Portalus abrió un portal del tamaño de un escudo delante de él y otro justo encima del agente que lo tenía como objetivo (era el mismo portal, en realidad).

Las balas entraron por la abertura frente a Portalus y salieron por la de arriba, abatiendo al mismo individuo que las había disparado.

Para cuando eso ocurrió, yo ya había utilizado mi supervelocidad, me había dirigido al otro agente, le había atravesado el tronco con el puño, dispersando todas las inmundicias sanguinolentas de su cuerpo por todas partes.

Como un globo de metro noventa relleno de potingue rojo oscuro estallando.

Cerré las puertas y me di la vuelta para que la primera ministra pudiera contemplar mi semblante apocalíptico.

—Tarjeta amarilla —le dije, con mis ojos sobrecargados de antimateria, cegadores, crepitando cada vez más.

Contemplé mi brazo diestro lleno de sangre y restos humanos desgajados. Todavía no controlaba mi nuevo nivel de poder. Me daba miedo a mí mismo, así que pude imaginar el terror que anegaba el corazón de aquella incauta.

Recorrí toda la enorme habitación en un microsegundo y me planté delante de ella.

Casi una teletransportación. El efecto físico del aire llegando después de mí la empujó contra las banderas y se golpeó la espalda contra la pared.

La agarré de la muñeca sin miramientos y la puse en pie como si no tuviera peso.

La coloqué delante del teléfono, mangoneándola igual que a una niña pequeña.

—Llame a su equipo, Clara, diga a todo el mundo que está reunida y no quiere ser interrumpida. Si muere más gente, será culpa suya. ¿Lo ha entendido? ¡¿Lo ha entendido?! ¡Reaccione, señora!

—Sí, sí, sí —lloriqueó. Y cumplió la orden tal como yo se la había formulado, empleando las mismas palabras, incluso dejando ciertos verbos sin la conjugación correspondiente.

Aunque los pasillos y salas contiguas se llenaron de personal de la Unidad de Defensa Ejecutiva y todo el edificio se puso en alerta roja, no nos interrumpieron.

—¡Impresionante! ¿Cuánto tiempo llevaba deseando someter a Morris?

—Mucho. Habría preferido no tener que liquidar así a aquellos dos agentes. ¿Puede creerse que sólo quería desarmar a ese tipo?

—¿Desarmarlo? ¡Lo reventó como un tomate! He visto cosas así en mi microondas, se lo juro.

—Quería desencajarle el carril a la pistola y luego colocarme detrás de él e incapacitarle con una presa.

Yo era rápido antes, sobre todo en vuelo.

Aquello era distinto. Eran mis primeros días en estado Maximum.

No tenía control sobre mi velocidad y fuerza.

Creo que todavía tenía el corazón de ese pobre diablo dentro del puño cuando su cuerpo aún no había tocado el suelo, con todo ese confeti sanguinolento cayendo por la habitación.

—Uf. Asqueroso. ¿De qué habló luego con la primera ministra?

—Queríamos un nuevo mundo donde la corrupción política no tuviera lugar.

Los héroes gobernarían. No del modo en que el Capitán Insignia se metió a político, él lo que hizo fue adaptarse al medio y ser uno más.

Lo que yo anhelaba era un nuevo sistema, organizado y lógico, donde imperase el sentido común.

Flexible para cada ciudadano, empático. Y también duro y tajante con el crimen.

Con la burocracia justa. Fuera de las calificaciones habituales: derecha, izquierda, republicano, demócrata.

Era un orden nuevo y necesario, una utopía.

Eso era lo que yo deseaba. Me había manchado, literalmente, las manos para llegar hasta ahí.

El coste había sido muy alto, pero estaba dispuesto a conseguir mi mundo más o menos perfecto.

»Traté de hacerle entender a Clara Morris que podíamos asaltar el gobierno por la fuerza.

¿Quién podría detenernos? En lugar de eso, queríamos que ahora ella trabajara para nosotros.

Que se convirtiera en nuestra imagen pública.

Nuestro avatar, si me permite la expresión.

Un gobierno en la sombra. Nosotros le diríamos qué hacer y ella haría el papeleo y las ruedas de prensa.

Marioneta y titiritero intercambiando sus roles.

—Y no le pareció bien.

—No.

—¿Cómo fue? ¿Qué le dijo la primera ministra en aquella habitación? ¿Se atrevió en ese momento a negarse a sus peticiones?

—En absoluto. Me siguió el rollo con lágrimas en los ojos y la tez enrojecida. Tartamudeando y dando toda la pena posible. Dijo que sí a todo. Y, en cuanto nos marchamos, activó un operativo militar ideado para casos de invasión extranjera.

—Resumiendo, les declaró la guerra.

—Sí.

El Coronel Tabris había sido oficial de alta graduación en infantería, uno de los principales impulsores de las ESF y del desarrollo del nuevo ciberarmamento con aquellas brigadas de apoyo microdrón que permitieron que Eurotania pusiera orden en no pocos países revoltosos de Oriente Medio.

Por ese motivo, todavía tenía gente leal en el ejército que le facilitaba información muy valiosa.

Fue él quien nos alertó del operativo que se estaba poniendo en marcha.