SuprAdalid 18. Golpe de Estado silencioso
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18. Golpe de Estado silencioso

Golpe de Estado silencioso

Diario en audio de Gilbert Grimaux, superintendente del Espolón.

Ya ha empezado. Repito, ya ha empezado.

He dado orden a toda mi gente de que no oponga resistencia. El Espolón ha de ser como un látigo. Nos replegaremos, retrocediendo para después poder restallar en un golpe mortífero.

Esta mañana, mientras Crisis anunciaba en la gran sala de monitorización de La Aguja la nueva situación, Réquiem ponía al corriente a los operarios de los hangares de ingreso aeronáutico y Predadora daba instrucciones por megafonía para que la transición fuera suave y fluida.

Y lo cierto es que no hubo incidentes porque todo el mundo sabía que habíamos entrado en un protocolo muy concreto.

Envié un mensaje silencioso con la aplicación de emergencia de nuestros 4ut0-Phon3 especialmente configurados a la comandante Adeyemi y la agente Kim Ji-yoon.

«Escenario nuevo mundo.» Con eso bastaba. Era el código que habíamos convenido para afrontar la realidad que nos sobrevenía. Conciso y formal. Tras un par de segundos, añadí otro mensaje de mi propia cosecha: «Mucha suerte».

Siempre supe que, el día que los suprAdalides se confabularan para tomar el control, nadie podría pararlos. Confiaba en que no pasara nunca, pues, si algo habían demostrado nuestros ilustres metahumanos, era una naturaleza instintiva para el egocentrismo y la carencia de confianza entre semejantes.

Decurión se había transformado en un ser de potencia inaudita.

Así lo había demostrado en el incidente con Escuadrón Letal en el RMS Charlemagne.

Los medios de comunicación especializados en suprahumanos famosos lo bautizaron como Maximum.

Una denominación que hacía referencia a su nueva condición de supra de Nivel Omega, una fuerza viva de la naturaleza, tanto como una suerte de segundo nombre clave.

No tanto un apellido como un rango. Maximum Decurión.

Esperaba que fuera a venir él personalmente a mi despacho para comunicarme que estaba fuera de la ecuación. Que el Espolón se desarticulaba y que iba a ser arrestado o despedido. Lo que sabía con certeza era que no ordenaría mi ejecución.

Muy pronto para eso.

Así que los que entraron en mi despacho fueron Tip Lassar, alias Púlsar, y mi infiltrada, la propia Sigmar.

—Buenos días, superintendente —me deseó él, con su piel energética activada y un lenguaje corporal que denotaba tensión—. Espero que no nos lo ponga difícil.

Miré a Kim Ji-yoon, que dirigió la vista hacia mi oreja izquierda, pestañeó, luego hacia la derecha, luego izquierda, pestañeó, pestañeó, derecha, pestañeó, izquierda, derecha…

—Debo preguntarle si tiene alguna arma a su disposición —continuó diciendo Púlsar.

—En el cajón derecho de mi escritorio —respondí, totalmente paralizado y sin dejar de seguir el movimiento ocular de la agente Kim.

Mientras Púlsar rodeaba la gran mesa de mi despacho y registraba el cajón correspondiente, en busca de una pistola táctica Canik TTI Combat, yo desentrañaba el mensaje en morse de Sigmar:

APROX-YA-CONFI-CERO-ADAPMARCHA

Asentí imperceptiblemente. Al parecer la aproximación ya se había realizado.

La agente Kim había intimado con el jefe de los Zeros y, por lo visto, la situación no era nada segura.

Decurión era tan astuto como nos figurábamos.

Si sospechaba de ella, intentaría manipularla.

Al parecer, ella pretendía adaptarse sobre la marcha. Su posición podía quedar en entredicho.

—Su tableta personal, por favor —solicitó Púlsar—. Y la clave.

Se la entregué. Escribí en un pósit la contraseña de acceso.

—Ahí la tiene.

Mientras el suprahumano energético comprobaba que le había pasado una clave correcta y ojeaba por encima ciertas carpetas que parecían importantes, utilicé la misma comunicación que mi subordinada. Dirigí mis ojos hacia las orejas correspondientes y pestañeé cuando tenía que hacerlo.

OP-DISCRON

«Opere a discreción.» Ella puso cara de extrañeza y yo volví a asentir.

Estaba claro que la comunicación entre nosotros se iba a tener que reducir a la mínima expresión a partir de ese día.

Además, habría que ver qué grado de operatividad iba a tener yo mismo desde ese momento.

Las cosas iban a ponerse feas y asumí que Sigmar podría cambiar de bando.

No era tan infrecuente. Muchos policías y espías infiltrados terminaban por abandonar sus lealtades originales e introducirse de lleno en las organizaciones donde se los había encajado.

En ocasiones, porque realmente se veían seducidos por las idiosincrasias del entorno; otras, porque las pocas personas que conocían su verdadera misión concluían sus funciones o sufrían muertes repentinas, quedando ellos totalmente desamparados.

Le estaba dando permiso a Sigmar para pasarse al enemigo. Cabía la posibilidad de que Decurión no fuera realmente el enemigo.

Cuando Púlsar se cansó de toquetear mi dispositivo electrónico personal, adoptó una actitud compungida.

—Yo… siento mucho esto, señor Grimaux. No sé…

—Tranquilo, hijo —dije poniéndole una mano en el hombro. En efecto, su piel podría rondar los cuarenta grados Celsius, equivalente al calor de una taza de cerámica con café recién hecho en su interior.

—No sé muy bien —dijo— lo que estamos haciendo y… yo no…

Le estreché el hombro con fuerza.

—No pasa nada. Haga su trabajo. Cumpla las órdenes. No se preocupe por mí.

Púlsar no atravesaba el mejor momento dentro de Facción Zero. Estaba en el punto de mira del jefe, su romance se había acabado abruptamente y la nueva situación podía ser muy difícil de digerir.

Desactivó su piel energética y su rostro de perrito mojado y tembloroso me rompió el alma.

—Tiene que abandonar la base en la próxima media hora —me informó, a punto de verter lágrimas—. Le ruego que no se busque problemas, señor.

Le arreé una palmada con cierta fuerza en el tríceps.

—¡Oh, venga, Púlsar! ¡No se venga abajo! Recuerde que, en este sitio, las paredes hablan.

Él se recompuso y miró al cielo. Yo contaba con que Decurión estuviera muy pendiente de ese momento a través de las cámaras ocultas tras el Plastceramix. Por eso había enviado a Sigmar y Púlsar, los dos miembros de Facción Zero sometidos a prueba.

—Me han dicho que le diga… —Púlsar no podía sostenerme la mirada al tiempo que me informaba— que no sería adecuado que saliera de Odeon. Debe estar disponible.

—Por supuesto.

—Será auditado convenientemente.

—Ya me estoy acostumbrando.

Me ofreció la mano.

—Adiós, señor.

Se la estreché.

—Hasta pronto, Tip. —Cuando aparté la mano, sonreí amargamente a Kim Ji-yoon—. Cuídese, Sigmar.

De repente, apareció Crisis. Al final había optado por el nuevo uniforme. Casi idéntico, pero con bandas de escamas amarillas de diseño más estilizado.

Como solía ser costumbre, los trajes de los suprAdalides llevaban mucho negro.

Era práctico, discreto y no pasaba de moda.

Como las carrocerías de los monoplazas de Fórmula 1, muchísimo negro y algún adorno de color chillón.

Algunos supras incluso empezaban a lucir nombres de patrocinadores en brazos y espalda.

Lamentable. En Facción Zero eso estaba terminantemente prohibido, lo que no quitaba que la mayoría de sus integrantes cuidara mucho su imagen.

—¿La tienes? —preguntó la hermana del líder a Púlsar. En cuanto vio la afirmación de cabeza de su antiguo amiguito de juegos prohibidos, Crisis tomó el relevo y habló con autoridad—: Debe acompañarme, señor Grimaux. Le escoltaré hasta la nave que le dejará en su casa.

—Por supuesto. —Agarré la chaqueta que descansaba sobre el respaldo de la silla y la doblé sobre el brazo pegado al cuerpo—. La acompañaré.

Me disponía a abandonar mi despacho, recorriéndolo con parsimonia, cuando reparé en que no había allí nada por entero mío.

No tenía fotos familiares que llevarme, ningún juguete que me recordara a mis críos ni piezas de coleccionismo.

Nada. Me iba como había llegado. Por mucho que me hubiese dejado en ese maldito despacho los mejores años de mi vida.

Antes de pisar el umbral de la puerta, Crisis me plantó una mano en el pecho y me detuvo con brusquedad.

—Un momento —dijo—. Dentro de un tiempo prudencial, cuando usted haya podido verificar que nuestra labor es… positiva, podrá tener la oportunidad de regresar aquí y continuar con su labor.

El uso del rango me venía a decir que aún me consideraban el alma del Espolón. Debo decir que me sorprendió tanta delicadeza. Esperaba más rigor en el trato.

—Ya veremos qué pasa, señorita Crisis.

—El Espolón no está siendo desarticulado. Sólo… suspendido.

—Conforme. ¿Nos marchamos ya?

De camino a los hangares pude verificar que cada miembro del equipo tenía varias funciones que acometer.

Aparte de Púlsar, Crisis y Sigmar, vi a Predadora encargándose de los técnicos de comunicaciones, informáticos y otros operarios.

Ellos se quedaban. Continuarían trabajando aquí bajo una nueva supervisión.

Réquiem seguía gestionando los hangares, registrando los despegues de aeronaves y preparando el del Skyzenith que iba a llevarme a casa.

A quien no vi fue a Decurión. Prefería mantenerse en segundo plano, aunque se podía ver su firma en cada acción que se llevaba a cabo en ese edificio.

Y tampoco a Shuriken, seguro que había dimitido y se habría ocultado. Podía seguir por allí. ¿Cómo saberlo?

Grabación con código GG7. Archivo digital F0037. Entrada 070325/1145.

Me han dejado en la puerta de casa. El Skyzenith aterrizó en mitad de la calzada y emprendió el vuelo en cuanto hube bajado por la rampa automática.

La vecindad estaba habituada a ver grandes SUV negros de cristales tintados venir a recogerme o dejarme allí, pero esto era nuevo.

Los Skyzenith estaban a mitad de camino entre un helicóptero y un caza de combate: entiéndase, aterrizaje y despegue vertical, transporte de tropas, velocidades hipersónicas y gran variedad de configuraciones de armamento.

Y siempre era espectacular verlos aterrizar en una calle pública.

Voy a dedicar el día a prestar atención a los medios de comunicación. Seguir el golpe de Estado en directo.

Grabación con código GG7. Archivo digital F0037. Entrada 070325/1514.

No se ha hecho pública ninguna noticia sobre la sublevación de los suprAdalides. Todo está llevándose con sumo sigilo.

Nunca pensé que la mayor revolución de la historia de la Humanidad fuera a ser así. Menos aún con nuestros protagonistas enmascarados. Su estilo es más estruendoso.

¿Es posible que no vaya a haber ningún arrebato de violencia? Observo la ventana y todo está tranquilo. Un día normal y corriente.

La batería de la grabadora se me está agotando. Voy a parar para recargarla.

Finalizo esta entrada apostando a que las cosas se estropearán en algún momento porque los suprahumanos son, por definición, belicosos y con un fuerte componente de matones de colegio, y porque los humanos normales de toda la vida tienen muy mal perder.

Habrá guerra. La habrá.