SuprAdalid 17. Pasajeros, huéspedes y amos #5
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17. Pasajeros, huéspedes y amos #5

—Sí que hay, Julek, pero da igual, no se puede respirar. Los humanos se mueren más allá de diez mil metros. Yo aguanto casi seis minutos sin respiración, lo que me obliga a subir y luego bajar muy rápido.

Me lo imaginé nítidamente.

—Seguro que son seis minutos muy buenos.

—Son… increíbles. Deberías probarlo. Escuchar lo que el planeta te murmura. Allí es la Tierra quien habla. Y nadie más.

—No sé si aguantaría tanto la respiración. —Lo cierto era que nunca había probado algo semejante.

—Somos suprAdalides. Podemos hacerlo. Nuestra resistencia soportaría la presión de la fosa de las Marianas. Y, en cuanto al oxígeno, qué quieres que te diga, tenemos tecnología para todo.

—¿Es una invitación?

Ella se llevó la pajita a la boca y sorbió un poco de su combinado. Ya no le quedaba mucho, así que los hielos del fondo del recipiente tintinearon.

—¿No te gustaría? —me preguntó.

Se le había puesto cara de niña. Si era pura interpretación, se trataba de una actriz excepcional.

—¿Te refieres a… volar contigo?

—Sí, claro. Volar por diversión. No porque haya que ir a ningún sitio a hacer no sé qué o… matar a no sé quién. Hacer uso de nuestros poderes por puro entretenimiento. No por trabajo ni responsabilidad. ¿Has llegado a hacerlo alguna vez, Decurión?

La pregunta era buena. Y la respuesta, demasiado triste.

El barman, atento a todo, ya tenía lista para ella otra copa de su cóctel preferido y se lo ofreció con una sonrisa. Sigmar alzó los brazos como celebrando una canasta difícil y acometió la bebida como si acabara de salir del desierto más ardiente.

La música empezó a entrar en el terreno de lo intolerable, a pesar de lo cual, para mi desconcierto, la pista se había llenado.

—Parece un buen plan —dije.

—¿Cómo?

—¡Digo que parece un buen plan!

¿Qué estaba pasando con el volumen? Taladré con la vista al disc-jockey y, prestando algo más de atención, me percaté de lo que estaba pasando.

Orko y Piedra, los dos de categoría Golem, se habían enzarzado en una bronca.

Se limitaban a gritarse, aunque estaban a punto de empezar con los empujones.

Con aquellas voces cavernosas, entendí que el pinchadiscos optara por subir el volumen para que el menor número de asistentes se percatara del conflicto y, como suele decirse, la diversión continuara.

El problema vino cuando Piedra le soltó el primer gancho zurdo a Orko (pude verlo con nitidez y me dolió incluso a mí) y ya no hubo vuelta atrás.

Con sus monumentales corpachones, los destrozos que iban a ocasionar serían mayúsculos.

Al menos cinco suprahumanos trataron de separarlos.

En ésas estaban cuando supe que era la señal que el mundo me enviaba para cambiar de escenario.

Yo me negaba a intervenir. No en ese momento.

—¿Nos vamos volando de aquí —le propuse a Sigmar—, en cinco segundos?

Ella apartó la pajita de sus labios.

—¿Ahora?

—No, en cinco segundos desde el instante en que digas que sí. Quiero decir, si dices que sí, por supuesto.

—A ver, a ver, a ver. Despacito. —Ella miró al tumulto que se estaba organizando a unos treinta metros de donde estábamos. No quiso hacer caso—. Supongamos que digo que sí, entonces contamos cinco segundos y nos vamos volando. ¿Es eso?

—Sí.

—¿Volando adónde?

—Adonde sea.

—¿No es una especie de plan a lo «salimos volando a tu casa o a la mía»?

—En principio, no.

—«En principio, no» no es un no.

—Te garantizo que no es un no. Ya pensaremos en eso, si llega la oportunidad. —No sabía ni lo que estaba diciendo, así que me llevé la mano a la frente, pensando que era un completo estúpido—. Soy un completo estúpido.

—No. He conocido a un montón de completos estúpidos. En serio, soy experta en la materia. Mientras no me sueltes esa mierda de «no haremos nada que tú no quieras», yo, contenta. Odio esa pretenciosidad. «No haremos nada que tú no quieras» es la antesala del folleteo más consentido.

La pelea empezaba a ser evidente para todo el mundo. Todas las cabezas se volvieron hacia el fondo de la fábrica, donde Orko y Piedra ya estaban machacándose a puñetazos con varios enmascarados enganchados a sus espaldas.

—¿Qué me dices? —pregunté, con cierta impaciencia. Si ella no aceptaba, me iría yo. Cualquier cosa antes que cabrearme. Y esas dos moles del fondo empezaban a sacarme de mis casillas.

—Lo de volar —comentó Sigmar— no es del todo imprescindible, ¿verdad?

Sonreí, no podía evitarlo. Me encantaba aquella mujer.

Eso sí, me tomé la libertad de agarrarle la pajita, sacársela del vaso y tirarla por encima de mi hombro.

—Acábate eso de un trago y nos largamos. No haremos nada que…

Ella se quedó muy seria por unos segundos. Pensé incluso que iba a plantarme allí. Era una broma, por supuesto, pero no acabé la frase, por si acaso.

Luego, imitando mi gesto, tiró la copa, casi entera, por encima del hombro. Con los estropicios que estaban organizando Orko y Piedra, nadie prestó atención al estallido del vaso.

Después me besó. Rápidamente. Un beso húmedo, pero muy corto. Cuando se apartó me dio un lametón en la punta de la nariz como posdata.

—Sí —dijo—. Unodostrescuatrocinco.

Me agarró de la mano y me sacó de allí como un misil, sobrevolando las cabezas de todo el mundo y calculando mal la trayectoria directa hacia una ventana cerrada, lo que produjo un boquete en la pared por la que salimos en lugar de un montón de cristales rotos.

Luego me dejó guiarla a mi casa.

—¡Tremendo! Sigmar es lo que yo llamo una mujer de armas tomar. ¡Me encanta! Se diría que la fiesta ya importa menos que nada. ¿Cómo fue? ¿Explosivo y apasionado o suave como un río de pétalos de rosa?

—Lo que le dije a ella entonces sigue valiendo hoy. Un caballero no habla sobre su vida privada.

—¡Oh, venga, señor Diamandis! ¡No puede venirnos con ésas ahora!

—Estuvo bien. Es todo lo que voy a decirle. Fue raro, eso debo admitirlo. Cómo lo explico… Sigmar tenía bien ensayada la teoría y había practicado suficiente. Fue… sexo muy disciplinado.

—No le pillo ahora.

—Todo lo que hizo estuvo bien. Y estoy seguro de que todo lo que le hice le agradó. Y parecía todo muy natural… Pero no.

—¿Fingía?

—Esas cosas se notan cuando llevas toda la vida prestando atención al detalle. A pesar de lo que estoy diciendo, gozó, su cuerpo no mentía y, aunque su entrega fue absoluta, su mente estaba en otro lugar o con otra persona.

—Al final nos lo va a contar, ya se lo digo yo.

—No. Hasta aquí voy a llegar.

—¿Puede darnos algún detallito? ¿Llevaba ropa interior bajo ese vestido ajustado?

—Se acabó, Labianca. Hablo en serio.

—… Vale, de acuerdo.

—En la fiesta, por ir rápido, cuando Sigmar y yo salimos, según me contaron, Apocalypsa tuvo un arrebato de furia despechada suprahumana.

Se cargó, con su visión calorífica, el techo, una buena porción de la pared oeste y varios bafles.

Réquiem trató de aplacarla y se llevó un patadón, que lo hizo volar por medio hangar.

Y luego Apocalypsa se despachó a puñetazos con todo el mundo.

Cuando Réquiem se levantó del suelo, hizo lo mismo con la gente que había corrido a auxiliarle. Y se armó.

—Como en una vieja peli del Oeste.

—Sí. La fábrica desapareció. Ahora mismo hay un cráter allí.

—¡Válgame Cristo! ¿En serio?

—Hubo que ingresar a decenas de heridos en el hospital más cercano. Réquiem prometió no cumplir más años. (Risas.) ¡Todo el mundo se enteró de ese follón! ¿Dónde estaba usted para no haberse enterado?

—En una burbuja de realidad. (Risas.) Perdóneme, señor Diamandis, soy un tío bastante despistado.

De todos modos, hay una duda que me corroe ahora mismo.

Después de que su relación de amistad con encontronazos casuales bajo las sábanas con Apocalypsa se interpretara erróneamente, ¿qué supuso para usted esa noche con Sigmar?

Permítame que le diga que suena fatal sobre el papel: el jefe zumbándose a la empleada nueva.

Uf, no me quiero imaginar los escalofríos que estarán sintiendo los indignados de piel más fina.

—Fue la siguiente en enterarse del plan.

—El plan, el oscuro y enigmático plan. Por fin llegamos a eso.

—Sí. Nuestra revolución particular. Los suprahumanos haciéndose con el poder.

Tenía treinta y ocho años.

Aún había solución para mí. Podía corregir todo lo que había hecho mal. Redimirme. Había tiempo para que me transformara en un genuino y auténtico superhéroe.

El problema seguía siendo el mismo: el mundo acostumbraba a ser complicado.