17. Pasajeros, huéspedes y amos #4
«Estás imaginándote cosas» había sido una cagada de campeonato, la peor frase posible. Era como decirle a la cara que estaba loca.
Apocalypsa se encrespó y quiso escupir algún desprecio verbal, pero no encontró nada que decir y me dio un empujón.
—Ya hablaremos, maldito idiota —dijo antes de marcharse en línea de interceptación hacia un chico que portaba una bandeja con más copas de champán.
Yo sabía que volvería a por mí con más alcohol en las venas, más ganas de montar guerra y ni un gramo de paciencia para escuchar una sola palabra que yo tuviera que decir. No podía darle la oportunidad de que me encontrara allí para entonces.
Sigmar seguía bailando para mí. No había otro mensaje posible.
Bebí un trago de mi Jameson con cola, con los hielos derretidos por la furia apocalypsica . Me eché hacia atrás y apoyé la espalda contra la inacabable barra del bar. Coloqué un codo en el límite del mostrador, como si estuviera dispuesto a quedarme allí hasta el fin de los días.
Yo no soy de bailar. No iba a acudir a la pista. Fin del tema.
Estuve así un minuto entero, saludando, entrechocando manos y mirándola alguna que otra vez, como si nada, encontrándomela siempre pendiente de mí. Luego me di la vuelta, para que viera mi espalda y mi nuca con precisión. No quería líos.
Por no hablar de que todo aquello resultaba harto sospechoso. El ardid más manido del mundo. Si era una espía del Espolón, le estaba entrando prisa.
Llamé al barman más cercano y pedí otra consumición. Los ojos de Sigmar y los míos se encontraron en el reflejo del cristal del mueble que sostenía toda una fila de botellas por estrenar.
Muchas mujeres lanzan señales de interés evidente y no hacen nada más. Si el pez no muerde el anzuelo se van a otras aguas a pescar. El maldito juego. Y se pierden lo que sea que les llamaba la atención. Otras mujeres meten el brazo entero en el agua.
Sigmar salió de la pista de baile. Llevaba zapatos elegantes de tacón, no excesivamente alto (acabado casi en punta, eso sí), que permitían ver todo el pie excepto los dedos. Caminaba como si no se quitara ese calzado ni en casa. Su fragancia me rodeó antes de que se situara a mi lado.
—¿Puedo tomarme un refresco con el jefe? —dijo, con ese ligerísimo tono que denotaba el principio de la embriaguez, mientras pasaba su mano por mi cintura y me obligaba a girarme para hacerle caso.
Luego se apartó. Contacto, el necesario.
—¿Un refresco? —pregunté, animoso—. ¿Eres menor de edad?
—Un refresco con algo más.
—Pide lo que quieras. Está todo pagado.
—Ya lo sé. —Aguardó a que el barman sirviera mi consumición para pedir un Grey Goose con jugo de lima y almíbar—. La lima es lo que me importa —cuchicheó, achispada, acercándose a mí para soltármelo con una sonrisa juguetona.
—Ya.
Señaló con la barbilla a Apocalypsa, reunida con los miembros de su equipo.
—¿Confraternizando con la competencia, jefe?
—La Legión Final siempre se ha llevado bien con nosotros. Su líder es… muy diligente.
—Creo que ese vestido suyo es adherente, ¿no? Parecía un chicle en una butaca de cine.
—No te has perdido detalle, por lo que veo.
Sigmar miró a Apocalypsa, creo, un segundo más de lo necesario.
—La verdad es que le sienta de miedo esa especie de película líquida. Qué cerda —dijo riéndose con desparpajo, contagiándome la risa sin que yo pudiera evitarlo—. Es un cañón de mujer, las cosas como son. ¿Por qué no es ella la que está bebiéndose el vodka gimlet contigo?
—Digamos que no nos entendemos muy bien.
—Qué pena. Algún entendimiento tenía que haber, sobre todo si ella se arrimaba tanto. ¿Tampoco os entendíais en la alcoba?
—¡Qué descarada es usted, señorita novata! Lo cierto es que un caballero nunca habla de su vida privada.
—¿Hay muchos de ésos por aquí? Me muero por conocerlos.
—Siendo sincero, sólo conozco a uno. —Le ofrecí la mano—. Decurión, para servirla, mademoiselle .
—¡Oh! —exclamó ella tapándose la boca con la punta de los dedos—, qué impresión.
Todo un caballero dedicándome su compañía.
Debería sentirme halagada. ¿Vas a ser un caballero toda la noche, jefe?
Es por saber a qué atenerme. Muchos se transforman en escuderos y otros, en caballos e incluso en ranas.
Al final me estrechó la mano, cuando ya estaba retirándola.
Con firmeza y sin ahogar. No como debería dar la mano un hombre, sino como debería dar la mano todo el mundo.
Sin jugar a romper los huesos y tampoco entregando un cacho de carne muerta.
Un segundo y fuera. Zas y zas, abajo y arriba. Y retirada.
No tenía las uñas pintadas. Estaban cuidadas pero recortadas al límite. Tenía unas manos muy bonitas.
Y eso era todo. Ya estaban los documentos firmados. Sabía lo que iba a ocurrir. Una vez que me desarmaban, quedaba a merced de quien fuera. Había abandonado mi línea recta y había entrado en órbita, de cabeza al perihelio. El resto era puro protocolo. Me querían y me iban a conseguir.
Dejé que fluyera.
Y, por otra parte, si realmente ella era una espía y tenía interés por acercarse a mí, me facilitaba las cosas. Yo también pretendía averiguar sus verdaderas intenciones. Era un juego doble. Triple, en realidad.
Sigmar se mostró divertida y refrescante durante esa copa y un poco más incoherente y risueña en la siguiente. Por momentos adorable, sin dejarme cambiar de opinión sobre la idea de que le interesaba y que una noche era una noche. Lo que tenía que pasar iba a pasar.
No me pareció significativo que reparara en Vesta, Enigma e Ignis, las tres deslumbrantes.
Las mujeres observaban con el mayor detalle la ropa de las demás, aprobando los conjuntos seductores o sintiéndose directamente atacadas por la envidia, del mismo modo que mortificaban o se compadecían de aquéllas que elegían conjuntos que no las favorecían.
Sigmar no hacía comentarios sobre su criterio al respecto, se limitaba a observarlas a todas, o a algunas, sin salirse de la conversación en ningún momento.
Entendí que era un comportamiento normal.
Luego comprendí la realidad.
—No puedo permitirme algo más serio que una relación superficial —confesé, cuando ya íbamos los dos por el tercer combinado y había que empezar a apalabrar lo inevitable para evitar confusiones al despertar el día siguiente.
—Lo comprendo. Yo estoy igual, Julek. Quiero lo que quiero porque me apetecen cosas, como a todo el mundo, sin tener que pagar peajes. Comerme el polo sin tener que comerme el palo. Ya sabes.
Me la imaginé metiéndose uno de esos sorbetes en la boca. Fue fatal para una parte de mi anatomía, que reaccionó enseguida al estímulo mental. Recé para que no se notara. Con esos trajes era complicado, pero la luz del local ayudaba.
Qué le iba a hacer, no era de piedra. Que me crucifiquen.
Sigmar bebía en pajita, uno de esos detalles que no me gustan, pero que estaba dispuesto a obviar.
—He oído que eres escultor —dijo, de repente.
Me quedé muy quieto. Muy poca gente en Facción Zero sabía de esa afición mía. En La Aguja jamás la había practicado. ¿Cómo estaba ella al corriente?
Se anticipó a cualquier sospecha intrigante.
—Le regalaste un rinoceronte a tu hermana. Crisis me prestó hace unos días…, bueno, el caso es que fui a sus dependencias y pude verlo en un puesto destacado en una estantería. Ella me lo contó.
—Ah, vale. Sí, se lo hice para su cumpleaños, creo. Los rinocerontes son fáciles de hacer con barro. Puedes hacerlos por piezas y luego juntarlos. Los elefantes también. Al menos, me salen bien. Con los caballos, la cosa cambia.
—Oh, no, adoro los caballos.
—Yo también, pero no me salen.
—¿Montas a caballo?
—Muy poco. No tengo tiempo.
—Es curioso. ¿No crees? Podemos volar, surcar el cielo a gran velocidad…, pero montar a caballo sigue siendo mágico.
—Lo tenemos muy arraigado a la genética de la especie —le expliqué, metido en mi rol habitual de profesor canallita que encandilaba a la alumna receptiva—.
Llevamos milenios desplazándonos por el mundo a lomos de caballos.
Puede que seis mil años. Los suprahumanos voladores no existían hasta hace unas décadas.
Menos de un siglo. Sólo está en el ADN de unos pocos. No es lo mismo.
Ella se apalancó sobre el mostrador y contempló algún paisaje que estaba más allá de las paredes de ese hangar.
—Volar… —dijo, ya empezaba a sonar un poco borracha—. Hace años que no vuelo por diversión. ¡Y me encantaba! Me relajaba como nada. Volar es un poder genial. El mejor de todos.
—Bueeeeeno.
Me dio un manotazo en el antebrazo. No muy fuerte.
—¡Oh, no me seas merluzo, jefe! ¿Qué puede haber mejor que volar? ¿Cuál es el mejor superpoder de todos?
La miré con lástima.
—La telepatía —zanjé, con pesar.
Ella arrugó el ceño y me miró por primera vez como si no fuera como ella esperaba.
—¿Qué?
—Da igual, Sig. Sigue con tu exposición, por favor. Así que te encanta volar.
—Desde hace unos años, sólo vuelo para ir a toda prisa adonde debo llegar, en misión supra.
No surco las nubes deleitándome en el espectáculo que hay debajo.
¿Sabes qué es lo que más me apasiona? Darme la vuelta.
Mirar hacia arriba. Flotar como en una piscina, allí en lo más alto, entre nubes.
Y ver el cielo, donde ya queda poco de él y el espacio asoma discreto. Y luego está el sonido del aire.
—¿El sonido del aire?
—Me refiero a cuando subo más arriba. En la mesosfera, donde ya cuesta respirar.
El aire no suena igual que en superficie.
—Se puso a mover los dedos delante del rostro, como si tocara un piano imaginario—.
Susurra. Los humanos no pueden oírlo viajando en el interior de naves, los vehículos que se pueden suspender no alcanzan esas alturas.
Las corrientes de aire quedan muy abajo y, por ello, todo suena diferente.
Todavía hay desplazamiento del sonido, lo que ocurre es que ningún sonido llega allí con fuerza y el que se produce a esa altura es como un susurro sibilante.
—En la mesosfera no hay oxígeno.