17. Pasajeros, huéspedes y amos #3
Réquiem vestía su sucio traje de cuero, el abrigo largo, las botas enormes... En fin, era la estrella de la noche y no entendía que eso significara acicalarse o siquiera presentar un aspecto que respetara los mínimos requisitos de higiene.
En el fondo, Réquiem no le importaba a nadie. Era una excusa para la diversión. Un hombre macguffin .
Como ya he dicho, al principio todo fue bien.
El ambiente era cálido, agradable y normal .
Cuando llegó la Legión Final, tragué saliva.
Allí estaba Apocalypsa, líder de su grupo, con su traje negro emitiendo destellos azulados.
Se trataba de una especie de tejido superligero de gran resistencia que se aferraba a la piel mediante partículas que actuaban individualmente, simulando el aspecto de un líquido denso, similar al petróleo, aunque más limpio.
Otorgaba a las curvas de su cuerpo la facultad de reflejar el entorno como lo harían unas gafas de espejo.
Estaba preciosa, como siempre. Una depredadora peligrosa.
Su mirada felina me cazó en cuanto entró en el hangar.
No tardó nada en localizarme, es así, y se puso a caminar hacia mí con una advertencia muda en sus ojos de que no se me ocurriera escabullirme.
Le di un buen trago a la copa que alguien me había colocado en la mano (ese alguien debía de conocerme muy bien) y me preparé para una conversación que había ensayado un centenar de veces.
Ella se deslizó entre los invitados como si por momentos los atravesara, con un caminar que no denotaba ninguna prisa. Con todo, llegó hasta mí con tal celeridad que me hizo pensar que una cinta transportadora invisible la trasladaba.
—Dec —dijo, colocándose justo delante de mí, asiendo la mano con la que yo sostenía mi copa y llevándose ésta a los labios para dar un trago corto, más para humedecerse los labios que otra cosa—.
Jameson con cola —adivinó, pasándose la lengua por el labio superior—. Sigue sin gustarte probar cosas nuevas.
—Lypsa —dije yo.
Imaginé que lo siguiente que me diría tendría que ver con mi empecinamiento en no llamarla.
—Te veo bien —fue lo que dijo, con escaso entusiasmo.
—Y yo a ti —contesté, mucho más sincero.
—Así que esta noche es la víspera.
—Sí.
—¿Y me tengo que enterar por Tabris? —Aquí aferró una copa de champán de una gran bandeja que una joven llevaba apoyada sobre un hombro. Bebió y su expresión mutó en un rictus de cólera—. ¿Ni siquiera para esto podías llamarme?
Sabía que el tema tenía que salir.
—El Coronel está tan metido en esto como yo. Somos los dos principales impulsores.
—¡Y una mierda! —Se acercó a mí como un felino a punto de lanzar una dentellada. Pensé que iba a hacerlo. Se detuvo a milímetros de mi rostro—. Esto es cosa tuya, Decurión —susurró—. Es cosa tuya.
Mi mirada alternó entre uno de sus ojos y el otro. Sin llegar a ser heterocromía, tenía dos tonalidades de azul en los iris: azul muy oscuro, marino, y azul algo más claro, añil. Sólo se podía comprobar si uno se acercaba muchísimo.
Cada vez que le sostenía la mirada tan de cerca, una parte de mí cedía. Habían sido ya muchas veces. Ese rostro podía ser mi perdición. Sería mi perdición, seguro.
Apocalypsa no se quitaba la máscara nunca. No ocultaba la nariz y la boca, sino que cubría su frente hasta el nacimiento del cabello, que se desbordaba hacia un lado como una cascada de ondulante obsidiana. Aquella máscara escondía su identidad tanto como lo haría una gorra.
Cuando digo que nunca se quitaba esa máscara delante de nadie, me refiero a… jamás, ni siquiera en las situaciones en que uno se lo quita todo. No se la quitaba ella ni me dejaba que yo me quitara la mía. Las identidades civiles no le interesaban.
En muy poco tiempo, mostró síntomas de desequilibrio. Era de esa clase de personas que pueden obsesionarse con algo o con alguien de modo maníaco. Su perspectiva de lo que era la posesión entraba en el terreno de la enfermedad.
Ojalá no hubiera descubierto esa faceta de su personalidad. Parecía una mujer dulce y entrañable. La habría amado todos los días de mi vida.
Lástima que estuviera medio loca.
Lo que en un principio se pactó como una relación esporádica de camaradería con roce, puros y simples escarceos típicos de supras , pasó a ser algo más en su cabeza.
—Ya lo hemos hablado, Lypsa —le dije, ensayando un tono muy muy tranquilo—. Tenemos responsabilidades. Ahora más que nunca. Espero que… lo nuestro no entorpezca lo que empieza mañana. Teniendo claro desde ya que lo nuestro no es una relación de pareja.
Ella dio un paso hacia atrás y se cruzó de brazos. La copa de champán que sostenía amenazaba con estallar en cualquier momento entre sus dedos.
—¿Y qué es?
Yo podía ver mi rostro en su oscuro uniforme reflectante. Un rostro sin emociones aparentes, frío y calculador. No podía permitirme otra cosa con ella.
—Somos buenos amigos —respondí—. Amigos que se gustan físicamente y que, por qué no, aprovechan para pasárselo bien juntos, sin compromisos. Creía que siempre había quedado claro.
—Eso fue al principio.
—Bueno, Apocalypsa, yo no creo que nada haya cambiado desde entonces.
Ella volvió a aproximarse a mí, con cautela. Me colocó una mano sobre el pectoral izquierdo y subió hasta el lateral del cuello.
Una copa debió de romperse a poca distancia de nosotros.
El estruendo hizo girar muchos rostros hacia el origen del ruido.
Sigmar estaba riéndose con naturalidad junto a Predadora y Púlsar.
Los míos, precisamente. Pronto empezaba el descontrol.
Además, las dos chicas habían venido con vestidos de noche, infringiendo el dress code . Exhibían sus máscaras, nada más.
Nadie respetaba nada. Era sólo el principio.
Apocalypsa reclamó rápidamente mi atención.
—Me hiciste creer cosas.
No era cierto. Sabía de hombres que eran capaces de prometer compromiso y fidelidad a cambio de sexo o de asegurar que la relación pasaría a mayores, sabiendo de antemano que no iban a tomarse en serio algo que ya podría denominarse noviazgo.
Todo con tal de seguir acostándose con la otra persona.
Yo no era de esos. Odiaba hacer promesas vacías.
—Eso fue cosa tuya, Lypsa. Te formaste ideas sobre nuestra amistad que ni te molestaste en compartir conmigo ni entraban dentro de lo razonable.
—¿Ah, no? ¿Y qué me dices de esos gestos melosos, cargados de cariño?
Aquellas sonrisas tuyas de caramelo. El modo en que me besabas en el lóbulo de la oreja.
—Se estremeció recordando momentos sobre los que yo no tenía conocimiento o había olvidado del todo.
¿Sonrisas de caramelo? ¡Qué cojones! La líder de la Legión Final me rodeó el cuello con sus brazos—. Tú me aprecias, no digas ahora que no.
La agarré de la cintura y la aparté de mí.
—Te aprecio.
Ella enseñó los dientes como una pantera a punto de atacar.
—¡No me refiero a eso!
Estaba loca de atar. Lo sentí mucho por ella. La conversación era un templo lleno de trampas. Respondiera lo que respondiera, iba a significar para ella lo que le diera la gana. Ya no sabía ni qué decirle.
La iluminación de todo el local cambió cuando una canción electrónica lenta, casi hipnótica, empezó a sonar.
La pista de baile recibió el bombardeo de mil haces de luz de varios colores.
En el centro de la pista, la chica nueva de Facción Zero, de la cual recordaba a duras penas su apellido, Kim, se movía con delicadeza, dejándose llevar por la música como si la canción fuera suya y bailara sola.
El vestido se le ceñía a su atlético cuerpo como un guante.
Llevaba el pelo suelto y… me miró. Un instante nada más y giró la cabeza para permitirme verle el cuello y el indicio de una sonrisa discreta.
Mientras Apocalypsa hablaba de mis comportamientos sutiles que ella interpretaba como señales (todo un lenguaje de seducción, al parecer, absolutamente inintencionado por mi parte), Sigmar se contoneaba en la pista.
Se llevaba las manos por detrás de la cabeza, luego las elevaba hacia el techo y volvía a bajarlas para acentuar un movimiento sensual, sin dejar de girar sobre sí misma con elegancia.
Tenía un modo de bailar élfico, si ese tipo de personajes hubiera conocido la música electrónica.
Fingiendo escuchar con atención aquellas locas elucubraciones sobre el lenguaje corporal del amor y otras lindezas, no podía quitarle el ojo a la recluta, por encima del hombro de mi interlocutora.
Vaya. Sigmar.
No la había visto hasta ese momento. De esa forma.
Alcé las manos y me libré de otra presa constrictora de Apocalypsa, ya empezaba a ponerse pegajosa.
—Mira —dije, con intención de zanjar aquello de una vez—, no he sugerido nada con mi cuerpo que no haya verbalizado conscientemente.
—Tus gestos decían que me querías. ¿Por qué sonreías así, si no era cierto? ¡Me llevaste a engaño!
—¿De qué estás hablando, Lypsa? Te juro por mi vida que no he lanzado ninguna señal subrepticia que significara algo de eso que estás diciendo.
—Puede que no seas consciente siquiera, Dec. Lo que puedo decirte es que tu cuerpo habla. No para de expresar sus sentimientos hacia mí. Clama al cielo. Estás obcecado en tu visión terrenal, bloqueado emocionalmente. Atrapado. Escucha a tu corazón.
—Lypsa, verás… Mi corazón no dice nada de eso que tú escuchas.
Eres una mujer maravillosa. —Quería evitar el típico argumento de «no eres tú, soy yo» porque estaba más claro que el agua que era ella, joder, pero no quería herirla ni ponerla en mi contra.
Menos que nunca en ese momento—. Así que debo decirte que estás imaginándote cosas.
No fue la mejor elección de palabras. Sigmar seguía bailando.
Ocasionalmente, algún otro enmascarado se ponía delante y trataba de bailar con ella, sin ser rechazado; de hecho, la mujer le seguía el juego durante algunos compases antes de retirarle su atención.
Y, de cuando en cuando, me observaba, con expresión misteriosa unas veces, traviesa otras.
Cómo no descentrarse.