17. Pasajeros, huéspedes y amos #2
Cargarse a un ministro no tenía nada de malo.
Si Shuriken había querido ajusticiarle, alguna cosa habría hecho ese ministro.
Si ella iba a tomarse cada uno de estos trabajos sucios como un drama griego, casi era mejor que colgase la máscara.
Sigmar, la nueva, sin ir más lejos, había encajado bastante mejor ese tipo de trabajitos.
No eran plato del gusto de nadie, pero si formaban parte del menú obligatorio, era mejor tragar y confiar en tu buen estómago. La vida era dura.
Por otra parte, no había usado la Voz de Mando desde que éramos adolescentes.
Era mi registro de hermano mayor y garantizaba tanto protección como comprensión.
Era como mezclar sentimientos del tipo «siempre podrás confiar en mí» y los que sonaban más bien a «conmigo estarás a salvo».
En nuestra infancia, ambas facetas eran igualmente necesarias.
Ninguno tenía poderes y vivíamos en una casa que muy pocas veces podíamos llamar hogar.
Nuestra madre se había enganchado a medicamentos fortísimos, por mucho que ella siempre dijera que tomaba aspirinas.
Nadie se enganchaba a las aspirinas, ese despojo de mujer encajaba de lleno en la descripción de yonqui.
Y luego estaba nuestro padre.
Cuando Inga cumplió doce años, su vida cambió.
Pasó de ser una carga, una de mis responsabilidades, poco más que una mascota, a ser un elemento de distracción.
Mi padre, de repente, empezó a mirarla de otro modo.
A iniciar acercamientos que incluían conversaciones en el dormitorio que se parecían mucho a las visitas a los confesionarios.
Inga tenía que contarle todo lo que hacía y, mucho más importante, lo que pensaba.
Muchas veces me acercaba a la puerta a pegar la oreja y escuchar un montón de cosas que no entendí bien en su momento, pero que luego comprendí perfectamente.
Al principio, la atención que le dispensaba mi padre pasó de ser excesivamente cariñosa a del todo improcedente.
Para el día que Inga me dijo que papá le había acariciado un seno y luego se lo había amasado y apretado, me volví loco.
Con mis orgullosos dieciséis años, fui a darle una lección y él me dio la paliza de mi vida, sólo que no fue la paliza de mi vida, ya que no me envió al hospital.
Cuando en respuesta le pinché las cuatro ruedas del coche, eché arena en el depósito y le rompí todos los discos de The Boswell Sisters, Mel Torme y Louis Armstrong (estos le dolieron de verdad), ahí me dio la paliza de mi vida de verdad. Y sí, fui directo al hospital.
Era otra época, los médicos veían las heridas de un niño y no cuestionaban la explicación de su padre cuando decía que su hijo se había caído por las escaleras. A nadie se le ocurría dudar de un padre que aparentaba ser responsable y atento. Y, al parecer, mi viejo era un actor cojonudo.
En el hospital, con una fisura en el fémur, dos costillas rotas y gran parte de mi cuerpo convertida en un hematoma, prometí a mi hermana que cuidaría de ella. Usé mi Voz de Mando por primera vez y la hice sentir mejor.
Mi mente debió de clamar con tal odio y resolución, a esas edades en las que la sintonía cerebral era tan pura y clara, que llamé la atención de Estela de Molay.
Fui… detectado. Así empezó mi historia con ella: me convertí en su proyecto personal a futuro.
Un candidato ideal para sus planes. A pesar de eso, en aquella época no me ayudó en ninguna ocasión en que habría necesitado que me echaran una mano, se limitó a observarme con detenimiento.
Cuando, meses después, traté de envenenar a mi padre y fracasé, lo que me obligó a huir de casa para que no me matara a golpes y a vivir durante casi una semana entre mendigos, Estela de Molay no me ayudó.
Cuando los servicios sociales me devolvieron a mi tutor legal y mi padre me azotó en las nalgas hasta sacarme la piel a tiras, ella tampoco me ayudó.
Y el día en que Inga cumplió trece años y mi padre parecía dispuesto a obligarla a que le practicara una felación en su dormitorio (y supongo que no habría quedado ahí la cosa), até un cuchillo cerámico a la punta de un palo de escoba, desenrosqué el cepillo y entré corriendo en la habitación a toda velocidad, sin darle al cabrón tiempo para que reaccionara, precipitándome contra su torso con toda la fuerza de mis músculos adolescentes y gritando hasta desgañitarme.
Mi padre estaba sentado a los pies de la cama, con mi hermana entre sus piernas, arrodillada como si fuera a rezar.
La lanza improvisada pasó a menos de un palmo de la cabeza de Inga.
Yo estaba furioso, cegado por el estrés y a un paso del colapso.
Ensarté el arma improvisada por encima del abdomen de mi padre con tal potencia que perdí el equilibrio y trastabillé, a punto estuve de caer sobre mi hermana. No fue así porque me agarré al palo, que se mantuvo firme. Me recompuse con rapidez.
El cuchillo había quedado encajado entre dos costillas de su lado derecho.
Mi padre miraba el mango del cuchillo sujeto con cinta americana al palo de escoba, sin dar crédito.
No parecía enfadado, sino asombrado, como un espectador que se encontrara un giro inesperado en una película.
En ese instante supe que, si le daba tiempo a reaccionar, me mataría.
Nada de visitar el hospital ni de ocasionarme lesiones temporales que, al final, no dejarían cicatrices muy aparatosas. Esa vez me quitaría la vida.
Agarré entonces con todas mis fuerzas el cuerpo central de la lanza y traté de sacarla, pero, al comprobar que la punta estaba encallada, la retorcí en una amplia espiral y giré el mango usando todo mi cuerpo, lo que hizo bramar de dolor a mi padre, que por fin tomó conciencia de la situación.
Luego me apoyé sobre el mango, cargando todo mi peso, hasta que se escuchó un sonido de rotura.
Un clac. Ese embate había roto la hoja de cerámica, blanca y afilada, y algo más de un palmo se había quedado dentro del cuerpo de mi padre, sólo unos centímetros asomaban por encima de la guarda del cuchillo.
Empezó a sangrar de verdad. El líquido arterial empañó el pelo de mi hermana.
Mi padre intentó sacarse la hoja, pero estaba muy resbaladiza por la sangre y la poca superficie sobresaliente le cortaba las yemas de los dedos.
Y, como su respiración empezaba a ser más fuerte y quiso ponerse en pie de un salto nervioso, lo poco de hoja que quedaba por fuera rebasó los límites de su piel y se perdió dentro mientras de la herida manaba sangre a borbotones.
Agarré a mi hermana de la mano y eché a correr, tirando al principio de ella, pero comenzó a esprintar bajando por las escaleras hacia la planta baja como si la casa estuviera en llamas.
Escuchamos los pasos de nuestro padre en el piso de arriba, pisadas lentas y pesadas, avanzando hacia el rellano, en un intento absurdo por perseguirnos, dedicándonos las peores maldiciones que he escuchado jamás, con promesas terrenales que tenían que ver con cabezas aplastadas a martillazos y luego con otras de tipo espiritual, con el Infierno como nuestro principal destino.
Recuerdo haber susurrado un «púdrete tú en el Infierno», más para mí que para nadie, pero con la certeza de que, de alguna manera extraña y artificiosa, él me escucharía.
Y así fue. Lo único que Estela de Molay hizo por mí fue llevar mi susurro hasta el interior de la mente de mi padre y alojarlo allí como una carta que se pasara bajo la puerta.
[Púdrete tú en el Infierno.]
Cuando mi padre se resbaló en los primeros peldaños, visiblemente mareado, cayó por las escaleras de cabeza, golpeándose con la mandíbula y la frente contra cada escalón hasta adquirir una velocidad tremenda y detenerse en la planta de abajo casi al momento hecho un guiñapo.
Una alfombra de oso vestido. Había perdido tanta sangre que no debió de sentir mucho dolor.
Tampoco se le rompió el cuello, no se puede decir que fuera una caída fatal, pero esa hoja de cerámica se le había clavado muy hondo y no habría forma de extraerla.
Aguantó vivo unos segundos más, ahí, desparramado en el suelo, con los pies todavía en los escalones, tiempo que empleó en observarnos a los dos.
Mi hermana se puso detrás de mí, abrazándome por la cintura, pendiente de nuestro progenitor, con miedo a que fuera a levantarse en cualquier momento y la emprendiera contra nosotros.
Yo lo miré como si se tratara de un penalti que un jugador de mi equipo estuviera a punto de lanzar.
Sentía rabia por los dos, euforia también.
Ya veía el gol. «Vamos, muérete ya», pensé.
Y, cuando dejó de moverse y sus pupilas se asemejaron a las de un pez, un alivio pleno me sobrevino, me invadió una paz que no había sentido en mi vida.
Era como estar flotando en una nave espacial.
Las lágrimas surcaron mis mejillas y no pude evitar reír con nervioso entusiasmo y, al abrazar a Inga con fuerza, le prometí que estaríamos bien.
Que no volverían a abusar de nosotros. Que eso se había acabado.
Y, si existe el Infierno, que ya no sé qué pensar, mi padre sigue ahí. Seguro.
Me parece bien.
Desde entonces, mi hermana sabe que, si empleo la Voz de Mando, estará a salvo a mi lado, tendrá siempre mi atención y, al mismo tiempo, acatará mis órdenes.
—Vaya historia, señor Diamandis. ¿La había contado alguna vez?
—No.
—¿Qué ocurrió luego?
—Ocho años después era un suprAdalid. Dos años más tarde, también mi hermana. El resto es historia.
—Fantástico. ¿Qué pasó en la fiesta de Réquiem? Perdone que insista, creo que estamos tardando en llegar al meollo del asunto.
Cuando llegamos a la fábrica, el resto de Facción Zero ya estaba allí. Bebían de sus copas e interactuaban con los invitados no suprahumanos escogidos de una lista de privilegiados.