17. Pasajeros, huéspedes y amos
Pasajeros, huéspedes y amos
Entrevista a Decurión para el pódcast Suprapod & Herocast .
Dirigida y conducida por el generador de contenido Shawn Labianca.
Edición y sonido a cargo de Ferdinand Cortés.
—¿Qué pasó en la fiesta de Réquiem?
—¿En serio eso le parece relevante ahora?
—No. Sólo quiero oírlo, igual que nuestros oyentes. Seguro que es un capítulo sin importancia en toda esta historia, pero ahora todo el mundo desea saber qué ocurrió. Lo demás se puede aparcar. ¡No me mires así, Ferdinand! ¡Quiero oírlo! No le haga caso, señor Diamandis. Cuénteme, se lo ruego.
—Fue… nuestro último acto como marionetas.
Por mucho que la idea me horrorizara, no podía negarme y menos en ese momento tan crucial, en el que todos los supergrupos oficiales atravesábamos tiempos de incertidumbre y en el que el estrés al que íbamos a someter a nuestros subordinados prometía ser extremo.
Un poco de diversión no podía traer nada malo.
El propio Coronel Tabris me recomendó que accediera.
La fiesta de cumpleaños de Réquiem debía celebrarse. Tras eso, podría pedirles cualquier cosa.
Como siempre, el gran obstáculo era que no me enfrentaba sólo a un poco de diversión, sino a un chorro exorbitante de desenfreno con sobredosis de depravación.
Los suprahumanos eran así, críos supervitaminados a los que la testosterona y los estrógenos se les salían por las orejas.
Los poderes ardían en su interior. No podían evitarlo.
Lo habían probado todo y querían más. Sus vicios debían de estar a la altura de sus potencialidades.
Si tirarse desde un balcón a una piscina podía ser un divertimento común entre personas normales (o estúpidas, más bien, pero sin poderes), para un suprahumano la gracia estaba en dejarse caer en bomba desde la estratosfera al mar para ver quién provocaba la ola más grande.
Sí, la mayoría de los suprAdalides eran gilipollas. En un patio de colegio llamado planeta Tierra. Lo que me convertía en su niñera.
Yo también me desmelenaba de vez en cuando, con cierto control, ya que mis desfases podían producir catástrofes históricas con miles de bajas humanas.
Por eso, sabía cuánto beber. Y no le daba a ninguna sustancia con mayor entidad que no fuera alcohol.
Vale, sí, el alcohol me tiraba, pero no me pasaba más que una vez cada lustro.
El inconveniente que le veía a todo aquello era que los demás no solían controlarse tanto.
Si acaso, Shuriken, que pasaba de todas esas fiestas, como cabía figurarse.
Yo no podía dejarme dominar por los vicios.
Ya se sabe lo que dijo Confucio al respecto: «Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos».
Con la clase de destino que me había impuesto a mí mismo, ya que no podía ejercer mi autoridad total sobre el mundo que me rodeaba, debía al menos ser un hombre con un autocontrol riguroso.
Vislav, Réquiem para todo el mundo, iba a cumplir cincuenta años, una cifra significativa.
Mis miedos no eran figurados. Por ello, insistí mucho en que la lista de invitados fuera lo más reducida posible.
Me costó dejarlo en poco menos de cincuenta personas, con quince suprahumanos únicamente.
No parecía tan terrible. Yo podría con eso.
Procuré buscar un edificio que se pudiera alquilar o comprar entero, lejos de toda población.
Encontré una nave inmensa que antaño había sido una fábrica de procesamiento de plásticos o algo parecido, que contaba con un almacén anexo.
Una fábrica gigantesca enterita para nosotros.
Y hasta podíamos cargárnosla, si queríamos, detalle que quise obviar para que no fuera tan evidente cuál sería el colofón de la fiesta.
De hecho, quería evitar tal colofón, a ser posible.
No lo fue, pero tampoco quiero adelantarme.
Durante las primeras tres horas la cosa fue de fábula.
Era obligatorio presentarse con el uniforme oficial o una versión de gala que respetara los colores.
La idea consistía en que todos pudiéramos identificarnos, impidiendo así que se colaran enmascarados sin invitación.
Ni que decir tiene que muchos llegaron con versiones alternativas, entiéndase no tácticas, para parecer más elegantes, llamativos, atractivos o lo que fuera.
Hubo un gran despliegue de imaginación en ese sentido.
No se puede subestimar el ego de un suprAdalid.
En poco tiempo aquello empezó a parecer un desfile de moda superheroica.
Había buena música, un equipo de calidad que se escuchaba a volúmenes aceptables sin estridencias, un mostrador de casi cien metros donde una veintena de camareros servían copas sin parar y dos docenas más moviéndose por ahí con bandejas que ofrecían diminutas porciones de comida.
Facción Zero tenía que ser el primer grupo en llegar, aunque mi hermana y yo nos desplazamos con un Skyzenith por nuestra cuenta.
Quería tener la oportunidad de hablar con ella acerca de Púlsar, el doctor Ottosson y mi plan personal.
Aproveché el trayecto para preguntarle por su estado de ánimo.
Parecía deprimida, no puedo negarlo. Más por una patrulla nocturna que había llevado a cabo con Shuriken que por otra cosa.
Cuando le pregunté qué habían hecho, no me lo quiso decir.
Por el momento, me bastaba con que su relación afectiva con Tip Lassard, Púlsar, se confirmara como pasajera. Lo demás ya iría llegando.
Todo lo relacionado con el doctor Ottosson tenía buena pinta.
De algún modo, fue Inga quien le descubrió y luego corrió la voz sobre el buen trato que dispensaba a los suprahumanos.
Yo mismo contribuí a que el éxito de sus consultas acabara por ser desmedido, pues lo tenía en el bolsillo desde el principio.
Y estaba seguro de que muy pronto, con el campo debidamente sembrado, podría empezar a recoger frutos.
En cuanto a mi hermana, llevaba algún tiempo sin sentarse en el diván de Ottosson, aunque ahora requería de una sesión con urgencia. Por un momento me preocupé. ¿Qué le había obligado a hacer ese maldito ninja?
—Julek —me dijo Inga, llegado cierto punto de la conversación—, ¿alguna vez has hecho algo ilegal?
Menuda preguntita.
—Siempre he hecho lo que había que hacer —respondí—. El sistema no es perfecto. La verdadera justicia también existe más allá de las actas firmadas y los documentos oficiales.
—Lo preguntaré de otro modo: ¿alguna vez, me cago en todo, has hecho algo ilegal?
—Si se considera ilegal un acto necesario y beneficioso para el mundo, pese a no estar recogido en la Constitución Federal, debo decir que sí. En repetidas ocasiones. Todo lo demás que pueda considerarse ilegal, no. ¿Por qué lo dices, Inga? ¿Qué has hecho?
Ella recogió las piernas en el asiento y se las abrazó, apoyando la barbilla en las rodillas.
—¿Y si resultase que he matado a alguien que no debiera?
—¿A quién?
—Un ministro.
—¿Un ministro? ¿De verdad? Vaya, eso es… apuntar muy alto.
—Y un caudillo de un país remoto.
Mi sangre bajó varios grados de temperatura de golpe.
Tras nuestra aventurita no oficial para la primera ministra en territorio aljalizhistaní, el general Wahid, a quien habíamos mantenido en el gobierno de aquel escupitajo de país en Oriente Medio, había desaparecido.
Hasta esa noche, habría apostado que el muy bastardo andaba por ahí, celebrándolo a lo grande. Era un hombre de ese estilo.
—¿Qué les hicisteis?
Inga cerró los párpados con fuerza. Como si ciertas imágenes la torturaran y no fuera capaz de mantenerlas alejadas.
—No hay pruebas de que estuvieran allí —dijo, con pesar—. O’Driscoll pagó el hotel con fondos públicos y no existen registros oficiales. Así que, al no dejar nada de ellos, tampoco se puede hacer una investigación de primera línea.
Me mantuve en silencio. O’Driscoll, nada menos. Christopher O’Driscoll, ministro de Guerra. Un buen alfil de casillas negras. Fuera lo que fuera que mereciera el máximo castigo, estoy seguro de que no era la primera vez ni habría sido la última.
—Tranquila —susurré, mostrándome todo lo relajado que podía—, no pasará nada. Yo me encargo.
—¿Y si…?
—No hay nada que temer, Inga. ¿Me oyes? Muy pronto, nada de eso importará mucho.
—¿Dices que no importará? ¡Me he cargado a un ministro, Julek! ¿Cómo puedes decir que no hay nada que temer?
—Porque muy pronto —si se lo iba a decir más tarde o más temprano, por qué no empezar a soltárselo poco a poco—, las cosas cambiarán. Y nosotros, me refiero a los Zeros y otros supras…, vamos a ocupar el lugar que nos corresponde.
—¿De qué estás hablando?
Ante una inminente sesión de alcohol, baile y quién sabe qué más, determinadas informaciones guardadas bajo llave se las apañarían para salir de las más férreas cajas fuertes. Y, por otra parte, no es que me fiara mucho de mi hermana.
—Tú disfruta de la fiesta, Inga. Disfruta, pero tampoco te pases. Mañana comenzarán los preparativos y te pondré al corriente de todo.
—Yo lo único que quiero saber es…
—No. Ya está. Deja ese tono de mojigata y recompónte, ¿quieres?
¡Siéntate bien, mujer, no estamos ni en el diván de Ottosson ni en una limusina descapotable desfasando por Mónaco!
Sé lo que se espera que seas. Muy pronto, voy a necesitar que des el todo por el todo.
—Entonces usé mi Voz de Mando—: Te necesito centrada.
No quería que la conversación se desviara hacia terreno peliagudo tan pronto. Esa era la noche de liberar tensiones que precedía al primer día del resto de nuestra vida. Prefería que guardáramos silencio antes que seguir echando balones fuera o consolar a mi hermana por sus sentimientos heridos.