16. Algo grande se está cociendo #2
—Bueno, Ji-yoon —dijo, con tono formal de entrevista de trabajo—, no eres del todo nueva en estas lides.
Ya lo has hecho en misiones de infiltración anteriores.
Y supongo que ganarse la confianza de Decurión terminará por llevar más tiempo del que, según se ve, disponemos.
Las cosas se complican, cariño, y…, en fin…
, hay que utilizar las artimañas para las que tú estás sobradamente preparada.
—Hay que forzar un acercamiento —concluí.
—Lo siento, Ji-yoon, es lo que hay.
—Bien.
—El problema —intervino el superintendente— es que se nos cierran todas las ventanas de acción.
—No nos conviene precipitarnos —opiné—. Decurión podría sospechar que yo, de repente, me muestro demasiado receptiva.
Hasta ahora me he comportado de un modo bastante formal.
Ese tío no tiene ni un pelo de tonto y, si advierte cambios de actitud demasiado notorios en la novata, sabrá que algo raro está pasando.
Había sido elegida para ese trabajo porque era mujer.
Una mujer muy atractiva. Había un chico de diecinueve años en el Espolón con poderes muy semejantes a los míos que aspiraba a ser el nuevo Zero; no volaba tan bien como yo, pero tenía mayores niveles de potencia física.
Me eligieron a mí porque Decurión era heterosexual y había mostrado claros indicios de cesión a los instintos más primarios en situaciones de liberación laboral, por decirlo así.
En una fiesta de Fin de Año había tenido un tonteo con Predadora que no llegó a mayores, pero sí había llegado a todos los mayores del mundo con Ignis en el sonadísimo cumpleaños de Eón.
Fueron la comidilla de todo el panorama suprahumano durante semanas.
Además, se escuchaban chismes sobre una relación de perpetua follamistad con Mantis de Ultraguardianes y Apocalypsa, jefa de la Legión Final.
Y, si bien se le consideraba soltero y sin compromiso, Decurión manifestaba cierta flexibilidad para salirse de su rol de jefe de equipo aplicado y responsable si se daban ciertas circunstancias.
Yo había tenido la suerte de nacer con una nariz perfecta, unos ojos bien grandes pero rasgados y una sonrisa arrebatadora.
No es ego, sabía lo que tenía. Y lo que no tenía, me lo arreglé en quirófano para que…
, dicho pronto, pero no del todo mal, cumpliera con los arquetipos de la heroína suprahumana prototípica.
No me pasé con la silicona, no había nada más ridículo que ir por ahí con un pecho que te impidiera moverte en combate con desenvoltura.
Casi tan absurdo como esos monstruos hipermusculados que no podían ni rascarse la espalda.
Y yo era ese tipo de espía que requiere del mejor aspecto posible por si, como empezaba a ser el caso, tenía que sacarle partido.
Y debía desenvolverme como suprAdalid de la manera más eficiente. Debía ser bonita y letal.
Estaba mentalizada, así que no suponía el menor problema.
No había que pedirlo por favor ni era necesario que el superintendente se pasase por mi piso franco para hacer presión.
El sexo, en no pocas ocasiones, era la mejor de las armas.
Y, por lo que decían por ahí, a mí no se me daba nada mal.
Un buen espía debía estar capacitado para afrontar situaciones de extrema cercanía y desenvolverse con fluidez.
Me las daba de espía aplicada y, por otra parte, el jefe de Facción Zero no estaba mal.
Para ser hombre. Una traba importante, en mi caso.
Si había que acercarse, me acercaría. Supondría para mí el mismo fastidio que para un carnívoro comerse una hamburguesa de tofu. Todo mi cuerpo era una herramienta de trabajo. A veces se usaban los puños y otras, partes diferentes. No tenía problema con eso.
—Haré lo que pueda —aseguré—, la cuestión es que Decurión parece más concentrado que nunca y los asuntos interpersonales ahora se miran con lupa en el grupo.
—Ya. —Ula se bebió el whisky del superintendente.
Si me estaba perdiendo algo, me lo estaba perdiendo del todo.
¿Qué pasaba allí? ¿Tenían Ula y Grimaux una historia que nadie me había contado?
Cuando mi supervisora apuró la copa, empleó un tono de voz jovial—.
Y más ahora que tiene que dar ejemplo. ¿Sabes lo de Crisis y Púlsar?
—Sí —afirmé—. No iba a durar mucho, en cualquier caso. Ahora el hermano ha precipitado el final. Por eso os digo que las relaciones entre Zeros están más complicadas que nunca.
—Bueno —dijo Ula enseñándome la pantalla de su móvil de última generación—, dentro de unos días es el cumpleaños de Vislav. Y toda esa presión que está soportando el jefe de Facción Zero podría ser liberada en esa fiesta.
Vislav era Réquiem. Yo no lo sabía como suprAdalid, conocía el dato únicamente por mi faceta de espía.
—Las malditas fiestas de cumpleaños.
Algunos suprahumanos apenas los celebraban. Otros, en cambio, convertían esas fechas en las más impúdicas y escandalosas despedidas de soltero. Como si fuera el último año que cumplían años. En muchos casos, era así.
Réquiem era un osito adorable, siempre que no fueras un criminal probado y estuviera aplastándote la caja torácica con una de aquellas horribles botas suyas.
Y, cuando se desmandaba…, había que llamar a los bomberos y a la infantería blindada.
Su fiesta de cumpleaños podía ser la última oportunidad de soltarse la melena para los suprAdalides conspiradores y poder así armar un barullo descomunal y divertido, antes de que montaran su barullo descomunal y comprometido.
—Si no logro nada, no pienso forzar la maquinaria —les advertí—. Haré lo posible por seducirle, dentro de unos parámetros de discreción. Si se me resiste, abandonaré en el primer asalto. No puedo arruinar mi posición. Y menos ahora.
—Si sólo vas a tener un asalto —bromeó Grimaux haciendo un rápido movimiento overhand seguido de un uppercut , típicos golpes de boxeo—, procura que bese la lona.
—¿La lona? —se indignó Ula—. No, la lona no, precisamente. —Llenó de nuevo el vaso con el licor más caro que teníamos en casa y me lo ofreció—. Venga, cielo, bébetelo. Te hará bien
No necesitaba eso para nada, pero me lo bebí de un trago.
—¿Mantuvo usted relaciones sexuales con el líder de Facción Zero?
—Parece usted muy interesada en ese tipo de cosas, señora Largo. Empiezo a pensar que es lo único que le importa.
—¿Puede responder a la pregunta?
—Entraba en mis planes, claro que sí. El superintendente Grimaux me lo había solicitado. Cuando uno de estos suprAdalides se echa novia, la suele incluir en sus planes, sean los que sean. Si se estaba cociendo algo gordo…, tenía que averiguar de qué se trataba.
—Conozco muchos casos, querida mía, donde las parejas o amantes son las últimas personas en enterarse.
—No iba a ser mi caso, magistrada.
—En cualquier caso, ¿lo consiguió? ¿Se tiró al jefe?
—Necesito un descanso.
—Aún no es la hora.
—Para mí, sí.
—¡Un momento! ¡Espere! Me estoy empezando a hartar de que me metan palos en las ruedas.
¡Siéntese ahora mismo! ¡Hablo en serio! ¿Quiénes se han creído que son todos ustedes?
¡No pueden poner tantos impedimentos, es la primera ministra quien ordena estos interrogatorios!
¡Están obligados a colaborar! Puedo expedientarlos.
A todos. Empezaré por usted si no se sienta de nuevo y responde a la pregunta.
¿Adónde va? ¡No le he dicho que salga de la habitación! ¡Oiga!
—Vuelvo en cinco minutos.