SuprAdalid 16. Algo grande se está cociendo
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16. Algo grande se está cociendo

Algo grande se está cociendo

Conducción de las entrevistas a cargo de la magistrada Sarah Largo.

—Agente Ji-yoon Kim, con respecto a… Discúlpeme, agente Kim Ji-yoon. Como decía, con respecto al panorama superheroico general, ¿puede decirnos qué es lo que está a punto de ocurrir? Usted debe de saber algo.

—No sabría decirle.

—Si el superintendente Grimaux la inoculó en Facción Zero como un virus es porque usted era realmente buena.

—No hay muchos agentes del Espolón con superpoderes. Digamos que tampoco tenía mucha opción. Era yo o nadie.

—Oh, vamos, se subestima usted. Seguro que los caló a todos rápidamente, ¿verdad?

—Una cosa no va con la otra. Yo era especialista en elaborar perfiles psicológicos.

—Lo sabemos. Pongamos a prueba esas aptitudes suyas. ¿Qué pensaba de Decurión?

—¿Decurión? No sé si era un buen líder, pero, desde luego, era un intrigante de primera categoría.

La gente le calificaba más por su poder suprahumano que por sus posibilidades intelectivas.

Era un manipulador excepcional. Nunca supe quién estaba engañando a quién.

Aquella era una partida de póker donde los dos jugadores que han quedado al final tienen mucho dinero que apostar, muy buenas cartas y, a pesar de eso, van de farol.

—Ahórrenos las descripciones demasiado largas y los símiles lúdicos. Defina al líder de Facción Zero en una sola palabra.

—¿Le aburren las descripciones demasiado largas, magistrada? Joder.

—Inténtelo, por favor.

—Ya se lo he dicho. Manipulador. Astuto.

—Esas son dos palabras.

—Y «que la follen» son tres, señora.

—No empecemos a faltar. No creo que el ejercicio que le propongo sea tan difícil. Es el gobierno eurotano el que se lo está pidiendo. El pueblo.

—Primero: no creo que el pueblo tenga nada que ver en esto.

Segundo: estoy colaborando, ¿no? Usted quiere información y yo le estoy dando información.

No me gusta que me aten en corto. Odio los interrogatorios en plan «elija entre papá o mamá» o del tipo «califique a una persona en una palabra».

Usted, por ejemplo, le garantizo que me haría falta una lista bien larga de calificativos para describirla.

—De acuerdo, lo capto. Vamos a relajarnos, por favor, agente Kim. Si necesita varios calificativos, adelante, use varios. Tengamos la fiesta en paz, se lo ruego.

—Manipulador y astuto. Insisto.

—Perfecto. ¿Y su hermana, Crisis?

—Idealista. Inexperta. Cándida.

—¿Predadora?

—Cortita. Vanidosa. Y útil si se sabía sacar partido a sus aptitudes. Tanto las buenas como las malas.

—¿Shuriken?

—El hombre del saco. Satanás o algo así. Ni idea. No he hablado aún con él.

—¿Púlsar?

—Niñato. Niñato. Y… ya.

—¿Réquiem?

—El hombretón sobreprotector, fiel, tontorrón, noblote, imparable. Un poco loco. Si no formara parte de un grupo importante estaría por ahí, por los callejones, drogándose y machacando a quien se le cruzara por el camino.

—Bueno, ¿y quién no estaba un poco loco?

—Supongo que tiene razón.

—Así que los tenía fichados a todos. ¿Se ha enterado de algún tipo de complot? ¿Y de quiénes podrían ser esos intrigantes?

—Por supuesto. Que les haya llegado el rumor a ustedes significa que es un asunto tan grave que no les ha sido posible mantenerlo oculto el tiempo necesario.

Sin embargo, no hable en plural, magistrada.

El plan es sólo de Decurión. Eso puedo decírselo.

Una idea enteramente suya. Todo sale de su cabeza, aunque esté conspirando con los demás líderes de los supergrupos oficiales y Gax lo haya terminado de redondear.

El principal obstáculo ahora mismo es tratar de averiguar qué se proponen, antes de que sea demasiado tarde.

Porque, cuando se encienda la mecha, no podremos pararlo.

—Confirma usted que Gax está implicado, ¿cierto?

—Sin duda.

—Se encuentra desaparecido, pero cursaremos una orden de arresto de inmediato. ¿No tiene ninguna teoría al respecto de cuál puede ser el objetivo de su plan?

—¿Teoría? No. Es algo grande. Algo muy muy grande está a punto de ocurrir.

Cuando regresé a mi piso sentía asco y agotamiento.

Ninguno de los Zeros estaba por la labor de confraternizar abiertamente con los demás.

Les daba todo igual. Aquella imagen de los suprahumanos unidos como uña y carne pertenecía a eras pasadas, cuando los primeros clásicos decidieron unirse para afrontar nuevas y mayores amenazas. Los supras modernos iban a lo suyo.

Réquiem era el perrito faldero de Decurión porque siempre tenía algún hueso que lanzarle para que lo royera y una mano amable con la que le acariciaba el lomo.

La cuestión era que no entregaba su confianza a nadie más.

Se creía una suerte de número dos, ignorante de que Decurión nunca le había tenido en tanta consideración.

Predadora no tenía capacidad de decidir nada por sí misma y se encontraba muy cómoda en su posición de subordinada afanosa.

Ganaba mucho dinero como Zero, así que haría cualquier cosa por mantenerse en el puesto.

El grupo era la principal fuente de ingresos para una vida, por lo que se podía deducir, muy exclusiva.

Se había acostado con todos y diría que no le haría ascos a Crisis, ni a mí.

Púlsar había tenido algún tipo de romance esporádico con Crisis y, con los demás miembros del equipo, hacía alarde de ser un colega entregado, defendiendo los ideales del compañerismo en cuanto se prestaba la oportunidad, pero lo que descubrieron mis indagaciones era que no le importaba nadie que no fuera él mismo.

Puede que incluso no supiera lo egoísta que era.

Hay muchos tipos así, que se engañan a sí mismos antes que a nadie.

Shuriken pasaría por encima de cualquiera con tal de defender sus códigos de justicia.

No era amigo de nadie. Su especie de tutela de Crisis me desconcertaba, ya que podía formar parte de alguna estrategia a largo plazo.

La idea de instruir a una compañera de cacería no me cuadraba nada con lo poco que sabía de él.

Debo decir que podría estar equivocada con respecto a esto.

Crisis aún no sabía mucho de la vida, así que no puedo garantizar que un perfil psicológico de ella perdurase mucho en el tiempo.

Decurión parecía el típico suprAdalid corrupto dispuesto a todo.

No obstante, por mucho que esto fuera así, advertía rasgos que no acababan de encajar.

Creo que era un hombre que vivía atormentado por demonios ocultos.

Había una tristeza profunda que se podía leer en su comportamiento y que asomaba en momentos muy puntuales.

Empezaba a intrigarme.

En mi piso me aguardaban Ula y el superintendente Grimaux.

Fue toda una sorpresa llegar y encontrarlos allí, en actitud casi familiar.

Como padre e hija. Y no eran padre e hija, eso lo tenía claro.

Asumí que Grimaux nos había hecho una visita para poder hablar sin recelos, ya que La Aguja era el lugar más monitorizado del mundo.

Si estaba allí era para informarme directamente o pedirme que le informara yo.

Nuestro piso, un piso normal y corriente del distrito Esmeralda, se consideraba zona segura.

—Hola, cielo —me saludó Ula, con una sonrisa preciosa—. El superintendente está aquí —dijo señalándole como si yo no fuera capaz de verle—. Si no lo paramos, se nos beberá todo el Dalmore 62.

El superintendente negó con la cabeza. Muy divertido. Algo inusual en él encontrarle tan relajado.

—No haga caso, Kim. Es la primera copa —aseguró antes de alzarla como si fuera a hacer un brindis—. Y tampoco es que sea un Macallan Rare Collection.

Ula se encogió de hombros.

—Que me jodan si sé qué es eso.

Yo me acerqué a ellos y me acomodé en mi sofá (lo habían dejado libre expresamente para mí). Tenía todavía el uniforme oficial de Sigmar, con sus colores violeta y plata un tanto manchados.

—¿Ocurre algo? —pregunté.

Gilbert Grimaux se llevó la copa a los labios y se los humedeció con el licor.

—Ya lo creo. ¿Ha podido usted enterarse de algo?

—No. Creo que Decurión planea algo con los jefes de campo de Ultraguardianes, la Legión Final y los Protectores.

Ignoro si los demás componentes de esos supergrupos están al tanto, ya que ningún Zero, salvo Shuriken, quizá, sabe nada de estas maquinaciones.

Parece más bien una intriga montada por los líderes.

Sea como fuere, Decurión debería informarnos de un momento a otro. Creo que necesita a todo el mundo.

—Para cuando os lo comunique a los Zeros, quizá carezcamos de capacidad de reacción. Tal vez el plan ya esté en marcha. —El superintendente dejó el vaso sobre la mesa, con la intención de no volver a tocarlo más—. Hay que averiguarlo ya, Ji-yoon. Ya.

Me eché mano a la cola de caballo y liberé el pelo de la presión de la goma.

Todo ese pelo negro que tanto me costaba mantener brillante se desbordó sobre mis hombros.

Supuse que había que llevar la misión al siguiente nivel.

De ahí la presencia del superintendente Grimaux.

Crucé las piernas y apoyé las manos en los brazos del sofá.

Si quería pedírmelo, que lo hiciera entonces. Yo no iba a ser quien lo propusiera.

Como si el superintendente pudiera seguir mi línea de pensamiento, sonrió. Una sonrisa de zorro. Sus ojos casi negros expresaban más que su lengua. Colocó la mano sobre una rodilla de Ula, en un gesto paternal que no me gustó mucho.

—Agente Adeyemi —dijo Grimaux—, haga el favor de expresarlo con las mejores palabras.

Mi supervisora y ocasional compañera de piso enarcó las cejas como una buena chica a la que le ha caído la responsabilidad de dar las malas noticias.